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El sobrecogedor relato de los policías apedreados en Cataluña que señalan a Puigdemont por terrorismo

En plena polémica por la posible amnistía del Gobierno a los delitos de terrorismo, dos agentes de la Policía Nacional que resultaron gravemente heridos en los disturbios auspiciados por Tsunami Democratic el 18 de octubre de 2019 en Cataluña han solicitado esta semana personarse en las actuaciones que se siguen en el Tribunal Supremo para dirimir la posible imputación de Carles Puigdemont. Se trata de Ángel y Álvaro, dos agentes que tuvieron que ser jubilados anticipadamente por las terribles secuelas que sufren a raíz de las violentas protestas convocadas con motivo de la primera sentencia condenatoria a los golpistas del 1-0.

Aunque ambos prefieren mantenerse al margen de todo este asunto hasta que la Justicia adopte las decisiones que correspondan, su sobrecogedor relato está perfectamente detallado en el escrito de personación presentado por el despacho de abogados Fuster-Fabra, que califica abiertamente lo ocurrido de «terrorismo callejero«.

Los ataques, minuto a minuto

Según explica su defensa, aquel día de huelga general, a ambos se les encomendó la protección de la Jefatura Superior de Policía, a tan solo unos metros de la Plaza de Urquinaona. «Sobre las 12:00 horas, la actitud de los asistentes a ese evento comenzó a tornarse muy violenta, estando completamente organizada contra los agentes del orden público, incluyendo el lanzamiento de todo tipo de objetos contundentes (botellas de cristal llenas, piedras, tornillería, rodamientos metálicos, latas de cerveza, etc.) y la difusión de consignas como ‘fuera las fuerzas de ocupación’ o ‘si tienes un hijo subnormal que sea Policía Nacional’, todo ello en un contexto de creciente hostilidad».

De acuerdo con su relato, sobre las 14:00 horas, llegó un grupo de «personas encapuchadas y embozadas» que fueron ganando posiciones hasta situarse en primera línea y que «usando técnicas de combate similares al terrorismo callejero practicado en comunidades autónomas como el País Vasco, comenzaron a lanzar de nuevo todo tipo de objetos contundentes con una indudable capacidad lesiva, incluyendo botellas y latas en cuyo interior había líquido corrosivo». En ese momento, uno de agentes fue alcanzado en su mano derecha por el impacto de una botella rota, «cayendo al suelo y notando un fuerte dolor fruto de esa lesión».

Lo peor, sin embargo, aún estaría por llegar. A las 20:00 horas, los policías quedaron atrapados en la Plaza de Urquinona «ante la imposibilidad de avance por la intensidad de los ataques de estilo terrorismo urbano o kale borroka». Los lanzamientos incluían «adoquines, piedras, bolas metálicas de petanca, bengalas, cócteles molotov, ácido» y hasta «material metálico de bricolaje», por lo que los agentes fueron conscientes de inmediato de que el objetivo no era otro que «producir el mayor número de bajas» entre las Fuerzas de Seguridad.

En medio de los crecientes ataques, el policía que ya había resultado herido por la mañana «recibió un impacto muy fuerte de un objeto lanzado por los manifestantes que golpeó sobre el lado derecho de su casco, cayendo al suelo desplomado y perdiendo el conocimiento por completo«. Su compañero también recibió un fuerte impacto en su mano derecha «sufriendo una grave fractura abierta en el radio de su brazo derecho», que requirió «varias intervenciones quirúrgicas». Además, «como consecuencia de la gravedad de la lesión, al no reunir las condiciones físicas necesarias para seguir ejerciendo como policía, ha sido jubilado a la edad de 45 años«, reza el escrito redactado por el despacho Fuster-Fabra.

Los partes médicos

Los partes de lesiones e informes médicos presentados tanto en la Audiencia Nacional como en el Tribunal Supremo corroboran la gravedad de los hechos. Ángel llegó con una fractura abierta de grado 1 en el radio del brazo derecho. Cuando sus compañeros acudieron a socorrerle y comprobaron que el hueso sobresalía de la carne se temieron lo peor. Y no se equivocaron. Le tuvieron que colocar una placa metálica y seis tornillos, y tiempo después tuvo que volver a pasar por quirófano. Hoy, tiene una cicatriz de 15 centímetros y cero sensibilidad en la zona. Desde hace más de cuatro años, le acompaña una sensación continua de hormigueo.

Álvaro llegó al hospital con traumatismo cranoencefálico, conmoción cerebral, cefalea parietal derecha y cervicalgia secundaria. Estuvo cinco días ingresado y tuvo que ser tratado psicológicamente después de lo ocurrido aquel día. Las pesadillas han sido una constante durante todo este tiempo.

Junto a ellos también resultó herido Iván, otro agente hoy jubilado por incapacidad permanente al que un adoquín lanzado desde las alturas le partió el caso y le abrió la cabeza. Hechos de fibra de aramida, los cascos de los antidisturbios son capaces de neutralizar una bala del calibre 22 disparada a cinco metros, lo que da buena cuenta del terrible impacto que tuvo que recibir para que se partiera y el agente quedara en coma durante cinco días.