El tamaño sí importa

Las mujeres también se sientan. ¿Perogrullada? Sí, en el siglo XXI, pero no en el XVI. Por entonces las sillas no eran símbolo de confort sino de autoridad. Las ocupaban quienes tenían poder, y este no recaía, o raramente recaía, sobre las mujeres. Obvio. Las féminas ocupaban un segundo plano en la sociedad, siempre detrás de un hombre. Así que sin mando en plaza, no había silla. Literal. Y cuando por fin las hubo, se jibarizaron. Vamos, que en cuestión de sillas, en los siglos XVI y XVII el tamaño sí importaba. La de la mujer era más baja. ¿Consecuencia? Había que levantar la mirada para dirigirse al sexo masculino en una actitud de humildad y respeto. También podía pasar que la mujer se sentara directamente en el suelo, herencia de la cultura árabe. E incluso, con el tiempo, en una silla como Dios manda pero con diferencias, por supuesto. La del hombre, con brazos; la de la mujer, sin. Y es que las sillas, por forma y altura, situaban a cada cual en el lugar que le correspondía, socialmente hablando.

El Monestir de Pedralbes recorre las costumbres y la jerarquía de antaño a la hora de sentarse

“Eran un símbolo de autoridad. Se sentaba en una silla quien podía. La mayoría de la gente utilizaba bancos, igualaban. Sentarse en una silla individual significaba ser diferente del resto. Y sentarse en una con brazos era como estar en el trono”. Palabra de Mónica Piera, una de las grandes expertas en muebles del país y comisaria de la exposición ‘Las mujeres también se sientan’. Un título que a razón de lo contado hasta ahora tiene un punto reivindicativo: “En esa sociedad que relegaba a las mujeres a un segundo plano, en algún ámbito ellas también tenían poder”. Sin ir más lejos, en el Monestir de Pedralbes. A la abadesa no le tosía nadie. Ni siquiera los ‘consellers’. En sus visitas anuales, el trono, la silla con brazos, era para la superiora; los bancos, para los prohombres de la ciudad. La escena ocurría en la Sala Capitular del cenobio, la que cierra la muestra.

Antes, Piera repasa qué significaba nacer mujer en los siglos XVI y XVII a partir del mobiliario femenino de la época conservado en el monasterio, no en vano allí llegaban muchas hijas de las grandes familias con el ajuar a cuestas. Sillas bajas, arquillas, espejos y bufetillos. Todo pequeño y a la medida del estrado, la sala rica y lujosa donde las mujeres de casa bien se reunían o recibían. A veces recostadas en el suelo, otras sentadas en esas sillas propias de Lilliput. Eso era en la vida civil, pero la existencia de lujosas celdas de día (increíble la cúpula renacentista de casetones de la recién restaurada Celda de la Virgen de las Nieves), llevan a pensar a Piera que había una trasposición de los estrados a la vida claustral.

Exotismo indio

En el cenobio estos muebles continúan aún en uso. Aunque no todos. Nadie osa sentarse ya en la joya de la exposición y de la colección de las clarisas: La silla de la Reina. Pieza rara donde las haya. Y única. No sé sabe cómo llegó al monasterio ni qué manos la llevaron. Pero siempre ha estado ahí. Durante años se catalogó como pieza italiana o catalana, y se relacionó con Elisenda de Montcada. Pero no. La silla es india y del siglo XVI, dos centurias después de que la reina mandara construir el monasterio para ganarse el cielo. Y está realizada con ratán y laca oriental, materiales que no se conocían por entonces en Europa. Así que Piera lanza una teoría: “Una cosa exótica de la India tiene que estar ligada con la monarquía”. De manera que lo más lógico es pensar que la silla llegó con alguna novicia emparentada con la realeza, que las había, o de manos de alguna reina: por el monasterio pasaron de visita la emperatriz María de Austria, en 1582, y Margarita de Austria, esposa de Felipe III, en 1599.

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