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El terrible experimento alemán que entregó a niños sin recursos a pedófilos con el apoyo del Estado

Desde los años 70 se llevó a cabo un terrible experimento en Berlín. Entregar a niños desfavorecidos a pederastas. Un proyecto pedagógico que tuvo como cómplice al Estado ya que financió esas casas de acogida.

Un hombre alemán que ahora tiene 39 años, Marco, encontró por casualidad un artículo en un periódico con una fotografía de un profesor al que reconoció al instante. Esos labios finos, casi inexistentes, eran inconfundibles. Su repulsión al verlos también. Se trataba de Helmut Kentler, uno de los sexólogos más influyentes en la Alemania de los años 70, al que recordaba por las visitas que hacía a su casa junto a su padre de acogida.

Kentler fue el artífice de un proyecto que con beneplácito de las autoridades, entregaba a niños huérfanos o con problemas, a adultos pedófilos. Un informe de la Universidad de Hildesheim la define como una “red que iba desde las instituciones académicas y pedagógicas, sobre todo de los años 60 y 70, hasta a algunas oficinas juveniles del Estado de Berlín, y en la que se aceptaban, se apoyaban y se defendían posiciones pedófilas” y que se prolongó, al menos, 30 años.

En 1980 en una charla con Der Spiegel, Kentler habló de los pedófilos como benefactores. Era “una posibilidad de terapia” para esos niños sin recursos. Llegó a asegurar que no había que preocuparse por el contacto sexual con los cuidadores, llegando a aseverar que las consecuencias “pueden ser muy positivas, especialmente cuando la relación sexual pueda ser considerada amor mutuo”.

Marco llegó con cinco años a la casa de Henkel

Cuando tenía cinco años, los servicios sociales alemanes consideraron que la madre de Marco era incapaz de brindarle la atención emocional necesaria. Es por ese motivo por lo que fue entregado a una casa de acogida, la de Fritz Henkel, un hombre soltero de 47 años. Marco fue el octavo hijo adoptivo de Henkel en dieciséis años.

La primera impresión fue inmejorable. Una gran casa con cinco dormitorios, en Friedenau, un exclusivo barrio en el que solían vivir personalidades. A su llegada, Marco coincidió con otros dos hijos adoptivos de dieciséis y veinticuatro años. No eran muy amigables con él, algo que chocó a Marco aunque no le dio mucha importancia.

No pensé que lo que pasaba fuera bueno, pero pensaba que era normal”

Al año y medio de estancia con Henkel, Marco era consciente de lo que allí pasaba. “No pensé que lo que pasaba fuera bueno, pero pensaba que era normal”, confiesa. Evidentemente no lo era. Golpes, abusos sexuales, grabaciones sin consentimiento, violaciones, vejaciones…

Justo en ese momento, llegó a la casa Sven, un niño de siete años. Marco recuerda en su memoria ver la puerta del cuarto de Sven abierta por las noches. “Ya sabía lo que eso significaba”. Sin embargo, nunca jamás hablaban de eso los hijos adoptivos. Era un tema absolutamente tabú.

El ‘experimento Kentler’ se basaba en otro pilar. Alejar a los hijos adoptivos de su familia original. A la madre y hermano de Marco, les cancelaban las visitas en el último momento. Convencían a los hijos adoptivos para que renegaran de su familia biológica. Tanto es así que en una audiencia con un juez en 1992, Marco declaró que prefería que su madre no le visitara “a menudo”. Kentler aprovechó la situación para pedir al juez una suspensión completa de contacto con la familia biológica.

A los once años, Marco experimentó por primera vez, según confiesa, el amar a alguien. Llegó un nuevo hijo adoptivo, Marcel Kramer.

Le cuidaba y le alimentaba ya que tenía una cuadriplejia que le impedía valerse por sí mismo. Mientras tanto, algo estaba cambiando.

En su pubertad, Marco empezó a sentir odio por Henkel. Comenzó a entrenar con pesas para poder enfrentarse a él. Una noche, Henkel comenzó a acariciar a Marco. El joven le golpeó por primera vez. El padre adoptivo, no dijo nada, simplemente se dio la vuelta. Sin embargo, esa reacción se tradujo en castigos. Prohibición de comer, sornas y burlas, alguna agresión.

Un día, su hemano Kramer enfermó con una gripe. Henkel no hizo nada. Solo tras las súplicas de sus hermanos de acogida accedió a llamar a un médico. Pero era tarde. Kramer murió, “ocurrió frente a mis ojos”, recuerda Marco. Cuando Marco cumplió la mayoría de edad era libre para dejar la casa de acogida. Pero no lo hizo. Con la perspectiva del tiempo reflexiona. “Nunca me criaron para pensar críticamente sobre nada, por eso no me fui”.

“Me estaba convirtiendo en un monstruo”

En 2003, Henkel cerró su hogar de acogida que había funcionado desde 1976. Marco se vio en la calle. Dormía en un parque hasta que una organización de ayuda a jóvenes sin hogar le asignó una vivienda. Pero no sabía moverse en el mundo. Robaba para subsistir y lo peor de todo, confiesa que se sentía como si estuviera convirtiéndose un monstruo. Recuerda que una vez con 26 años viajaba en un tren y tres hombres le miraron. Sin mediar palabra empezó a golpearles, “quería matarles”, confiesa. Y ahí es cuando se dio cuenta que “era un producto de lo que me había hecho Henkel”.

Por suerte, Marco conoció a Emma, una fotógrafa que le paró por la calle. “En la vida probablemente solo hay una persona que venga y realmente pelee por ti. Gracias a ella conseguí reprogramarme, por así decirlo”.

Tras dejar la casa de Henkel, Marco solo tuvo contacto dos veces con él. Una llamada que le hizo en la que ya empezaba a mostrar cierta demencia, y el día antes de la muerte de Henkel. En 2015 Marco condujo hasta una clínica en Brandeburgo donde se enteró de que Henkel estaba muriendo de cáncer. Le vio acostado en la cama, gimiendo de dolor. Tenía una barba larga, parecida a la de un mago y miraba a Marco como si estuviera poseído. Marco lo miró durante menos de cinco segundos, el tiempo suficiente para confirmar que en realidad se estaba muriendo. Luego se dio la vuelta, cerró la puerta y salió del hospital. Al llegar a casa encontró la radio encendida. Sonaba una canción que repetía ‘lo siento’. Pensó que era el fantasma de Henkel disculpándose.

Tras la muerte de Henkel empezó a deshacerse de su bloqueo. La sensación de estar atormentado desaparecía. Y comprendió por qué no dejó la casa a los 18. Estaba ligado a ella por su hermano fallecido, Marcel Kramer al que nunca hubiera dejado atrás. La liberación fue tal que por primera vez lloró por la muerte de Kramer. Y Marco se dio cuenta que tenía por delante una vida con “mil millones de posibilidades”.

El Senado de Berlín comprometido a aclarar los crímenes del ‘experimento Kentler’

El Senado de Berlín dio un paso al frente en el asunto y prometió aclarar los crímenes del ‘experimento Kentler’ e indemnizar a las víctimas. Marco y Sven, son dos de las tres víctimas reconocidas hasta el momento pero la sospecha es que el asunto fue mucho más lejos y no se limitó solo a la ciudad de Berlín.

Marco y Sven son los nombres ficticios. Ambos han reunido fuerzas para denunciar el infame ‘Experimento Kentler’. Son dos víctimas de un sistema que permitió un abuso continuado sobre ellos y también sobre multitud de otros niños que no han dado a conocer sus casos. Han demandado al estado de Berlín como responsable de todo su sufrimiento y toda la pesadilla a la que tuvieron que enfrentarse. Pero no solo por ellos. Saben que fue una práctica sistemática. Berlín permitió y auspició la entrega de niños desfavorecidos a pedófilos.

El Senado de Berlín ya anunció que encargaría a académicos de la Universidad de Hildesheim, que habían publicado el informe preliminar en 2020, que hicieran un informe de seguimiento sobre los hogares de acogida gestionados por pedófilos en otras partes de Alemania. Sandra Scheeres, la senadora de educación, se había disculpado con Marco y Sven, y el Senado les ofreció más de cincuenta mil euros. Marco se avergüenza al hablar de la indemnización porque no lo hace por el dinero. Pero con él, asegurará los estudios de los dos hijos que tiene con Emma, la mujer que le hizo reprogramarse.

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