El tiempo de los jerséis

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Lo mejor de esta campaña electoral es el pedazo de puente con que nos la estamos ahorrando. Por lo menos, su principio. La propaganda ya no es lo que era, hoy los eslóganes podrían intercambiarse entre los partidos y no se iba a ver la diferencia. De los carteles de antaño, cuando los muros eran de ladrillos rojos, acaso el lema que más impactó fue aquel del PSUC que decía: “Mis manos, mi capital”. Contenía mucho significado esa frase, por ejemplo aunaba intelectualidad y trabajo, pues todo el mundo sabía que ‘El Capital’ era ese libro duro de roer y que aquellas manos eran las de un currante duro de pelar. Si la cara es el espejo del alma, las manos son el espejo de la cartera. Nada representa mejor la honradez que las manos de una persona. De esto se dieron cuenta enseguida los primeros cristianos, y por tal razón los Evangelios están llenos de manos lo mismo que el poeta Jean Cocteau en la famosa foto que le hizo Philippe Halsman para la revista ‘Life’. Parece que en esta imagen Halsman quería mostrar lo polifacético que era Cocteau: poeta, dramaturgo, cineasta, viajero, esnob…; pero lo cierto es que le salió una divinidad hindú de esas que tienen muchos brazos. Entre la profusión de manos que aquí envuelven a Cocteau remolinea como la bola de un malabarista aquella frase suya: “Soy un mentiroso que siempre dice la verdad”.

Si la cara es el espejo del alma, elas manos son el espejo de la cartera

En tiempos del Antiguo Testamento no había otras manos sino las divinas, tal vez porque todo estaba en manos de Dios. Era una manera de cerrar los ojos, un intento de olvidar que el primer hombre nacido en este mundo había matado a su hermano con sus propias manos. Las mismas manos que nos habían hecho humanos, fabricantes de herramientas, pintores de figuras, también nos hicieron criminales. Quizá por ello irrumpen estampadas a mogollón, con esa fuerza, con esa rabia, sobre las paredes de las cavernas como anunciando ya que la cultura iba a darnos el retrato de Cocteau. En nuestra literatura, Jean Cocteau contó con grandes admiradores, como Ramón Gómez de la Serna, que lo comprendió y señaló los ángeles que lo acompañaban a todas partes (ahora caigo en que a lo mejor las manos de aquella fotografía no eran más que la representación de su mundo angelical); y también tuvo Cocteau grandes imitadores, como González Ruano, que tomó del poeta la paradoja contemporánea, el traje y la manera de aguantar el pitillo.

Cuando le hicieron la foto con las manos abiertas, el militante comunista Luis Romero tenía 54 años, es decir que, en líneas generales, ahora mismo mi generación tiene su edad. Sus manos sirvieron para que las nuestras no fueran como las suyas. En aquellos días, las suyas también habían empezado a ser manos de votar. Por eso las enseñaba en el cartel. No se vota lo mismo con las manos llenas de callos que con la manicura hecha, aunque se vote al mismo partido. En las manos cuarteadas de un trabajador, de una trabajadora, hay una herida humana, y ese estigma es lo que las aleja de las manos del destino, lo que nos las hace más próximas que las del Antiguo Testamento. Al principio de ‘Gilda’, cuando están lanzando los dados, a Glenn Ford le dicen que tiene suerte, y él contesta que cada cual se crea su propia suerte. Al final del Evangelio de Lucas, en el pasaje en que Jesús resucita, se aparece a sus discípulos y les pide que miren sus manos para que comprueben que no es un espíritu, “pues un espíritu no tiene ni carne ni huesos como veis que yo tengo”. Lo que el resucitado lleva en sus manos son las heridas de la cruz. Ser humano es eso: la herida en la mano. Incluso podría pensarse que, antes de morir, Jesús era menos humano ya que entonces las manos las usaba para sanar maravillosamente, para obrar milagros. Con Glenn Ford se aprende que la gente lleva su suerte en las manos, y con Lucas también se ve que en ellas llevamos nuestra humanidad como una herida. Todo lo que uno puede hacer al respecto oscila entre el Quijote aquella noche junto a la hoguera y un viejo cartel político que pedía el voto obrero, entre mirarse las manos para pensar y enseñarlas a todo el que pasa. (En Mateo se dice que si tu mano te va a traer problemas, mejor que te la cortes, ahí sale el miedo a ser humano.)

No se vota lo mismo con las manos llenas de callos que con la manicura hecha, aunque se vote al mismo partido

De toda aquella época en que las manos eran definitivas, lo único real que conservo son los jerséis de lana que cada invierno me iba haciendo mi madre. Siempre era el mismo jerséi, todo negro con dos franjas rojas. Variaba el tipo de lana, que compraba en una mercería del barrio donde la dueña enseñaba a hacer punto a las clientas. Cada jerséi requería unos cinco ovillos y los tejía a ratos perdidos, igual le llevaba toda una semana. Los colores los eligió ella inspirada en lo que suponía que yo pensaba entonces de las cosas, y quizá hasta alguna vez yo creí que pensaba algo. Ahora, o pienso o existo, pero a las dos cosas a la vez no doy abasto. Cada vez que vuelve el frío me pongo estos jerséis como si fuesen mi verdadera piel. Ahí tenía razón Almodóvar, más que la piel que tiene, uno es la piel que habita.