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El xenófobo plan chino para cerrarse al mundo

En la imagen (Kevin Frayer/Getty Images), Xi aparece en la gran pantalla de una multitudinaria cena de gala conmemorativa del 100 aniversario del Partido Comunista chino celebrada el pasado 28 de junio en Pekín.

Por Gordon G. Chang.- El pasado día 11, el Comité Central del Partido Comunista y el Consejo de Estado chinos difundieron lo que la agencia oficial Xinhua denominó “unas líneas maestras para el desarrollo de un Gobierno basado en el imperio de la ley para el periodo 2021-2025, sobre la base de la exitosa ejecución del plan quinquenal anterior”.

El anuncio del partido-Estado chino comprendía la promesa de la adopción de una serie de leyes relativas a la seguridad nacional, la innovación tecnológica, los monopolios, la educación, la sanidad y las cuarentenas, los alimentos, los medicamentos y los extranjeros.

“El anuncio”, reportó Reuters, “muestra que las medidas enérgicas en el mundo de la industria relativas a asuntos como la privacidad, la gestión de datos y la concentración empresarial se mantendrán a lo largo del año”.

¿Sólo “a lo largo del año”? Según sus propios términos, el anuncio deja claro que se mantendrán al menos hasta el final del 14º plan quinquenal, en 2025.

Por lo demás, en la China de Xi Jinping la mano dura es una realidad permanente. No estamos ante meros “contoneos”, como el célebre gestor de fondos Ray Dalio los denominó el 30 de julio en LinkedIn, a la hora de explicar las medidas de Pekín contra el mundo de los negocios.

Todo parece que los asaltos anticapitalistas se seguirán produciendo mientras Xi retenga el poder. Y podrían ser décadas, pues claramente busca romper la pauta de dos mandatos establecida por sus dos últimos predecesores en la Secretaría General del partido.

Los más recientes ataques de Xi al sector privado son indudablemente algo más que una circunstancia pasajera. La República Popular no se replegaba tan rápidamente sobre sí misma, cerrándose al mundo exterior, desde sus primeros días de existencia. El anuncio del día 11 confirma que la maniobra de aislamiento se verá institucionalizada con la adopción de nuevas leyes.

Todo esto se produce tras una serie de sorprendentes ataques contra el sector privado. El asalto empezó con el inaudito parón a la oferta pública de acciones (OPA) del Grupo Ant a principios del pasado noviembre, sólo 36 horas antes de la prevista salida a bolsa de lo que habría sido la mayor OPA de la historia. De igual modo, el 2 de julio Pekín lanzó una andanada regulatoria contra DiDi Global, que había salido a bolsa en Nueva York apenas dos días antes.

Desde entonces, los ataques se han extendido desde el tecnológico a otros sectores, sobre todo al de las clases particulares. Así, el mes pasado Pekín prohibió a las compañías del ramo operar con ánimo de lucro en el ámbito de las materias curriculares.

Las decisiones que está tomando Xi han supuesto ya a las compañías chinas participadas pérdidas por valor de más de 1,2 billones de dólares, pero la masacre está lejos de haber concluido. Las leyes a las que se hizo referencia en el anuncio del día 11 limitarán severamente la capacidad china para innovar y crear riqueza en el futuro. Xi, me dijo un amigo que sigue la actualidad china, está administrando una gran dosis de formaldehído a la sociedad y acabando con el dinamismo extramuros del Partido Comunista.

A Xi parece no importarle el daño que causará. Y es que las nuevas medidas le facilitarán algo que desea vehementemente: un control aún mayor por parte del Partido Comunista.

Ahí hay que enmarcar su ataque de amplio espectro contra los extranjeros. Así, como consecuencia de las presiones que reciben de Pekín, las compañías de enseñanza particular han dejado de ofrecer clases impartidas por extranjeros radicados fuera de China. VIPKid, respaldada por Tencent, acabó enseguida con el tutoriaje foráneo, y GoGoKid, de ByteDance, acabó con la asistencia en inglés.

La xenofobia también ha llegado al pujante sector del gaming. El Economic Information Daily de Xinhua lo tachó el pasado día 3 de “opio espiritual” y de “droga electrónica”, vinculándolo así con la explotación británica del s. XIX. Ese lenguaje incendiario hizo que las acciones de Tencent cayeran un 11% en un día.

Al mismo tiempo, Xi está obligando a las compañías chinas a dejar de estar en mercados bursátiles extranjeros, especialmente en el de Nueva York. Están siendo discretamente empujadas a trasladarse a Hong Kong, una de las dos regiones administrativas especiales de la República Popular. El territorio, al que se prometió un “alto grado de autonomía” hasta 2047, está siendo puesto cada vez más bajo el control directo de Pekín.

Las maniobras de Xi para forzar a las compañías chinas a abandonar los mercados bursátiles extranjeros podría ser el anticipo de una expropiación de acciones extranjeras en compañías chinas.

Xi quiere materializar en el futuro próximo su versión idealizada del pasado chino. Un pasado en el que los gobernantes periódicamente cerraban sus dominios al resto del mundo, sobre todo cuando creían que las influencias foráneas amenazaban el sistema.

Xi dice que quiere hacer de China una “nación poderosa”, pero sus decisiones acabarán produciendo lo contrario. Está tratando de recuperar el control sobre la economía y la sociedad potenciando el sector estatal, sofocando las voces disidentes en el Partido Comunista y en la propia sociedad y promoviendo la cultura china como remedio ante el influjo occidental.

Xi busca recrear lo que Fei Ling Wang, de Georgia Tech, denomina el “Orden Chino”. In The China Order: Centralia, World Empire, and the Nature of Chinese Power (“El Orden Chino: Centralia, el Imperio mundial y la naturaleza del poder chino”), Wang dice que la República Popular es “una tenaz dictadura de la controlocracia y un totalitarismo sofisticado que en realidad exhibe un pobre desempeño”.

Se avecina el desastre. Como escribe Wang, “el Orden Chino tiene un bagaje de desempeño subóptimo caracterizado por una gobernanza despótica, un prolongado estancamiento económico, la asfixia de la ciencia y la tecnología, el diferimiento de la búsqueda espiritual, una asignación de los recursos insensata, una gran depreciación de la dignidad y la vida humanas, un lento declive del nivel de vida de las masas y la recurrencia de la muerte y la destrucción masivas”.

Para los extranjeros, el futuro en China se presenta extremadamente lúgubre. Las maniobras xenófobas de Xi Jinping van a tener consecuencias, sobre todo porque los gobernantes chinos, cuando deciden clausurar el país, van a por los extranjeros y su influencia. Históricamente, los gobernantes no han sido capaces de excitar los sentimientos xenófobos y a la vez controlar los tumultos y el racismo.

La dinastía Qing, por ejemplo, trató de excitar el sentimiento xenófobo en el paso del s. XIX al XX. La consecuencia fue la sangrienta Rebelión de los Bóxers, en la que miles de extranjeros y de chinos cristianos fueron asesinados por elementos nacionalistas. China es en estos momentos una sociedad volátil, y su actual mandatario está agitando emociones que pueden conducir a un nuevo gran levantamiento.

China está en peligro, así como todos los que siguen allí.

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