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Elogio de la seguridad, por Manuel Valls

¿Acaso es necesario elogiar la seguridad? Sí lo es, si este elogio se hace desde una idea progresista. Ser progresista hoy y defender una política efectiva de seguridad obliga a hacer pedagogía, porque el empeño de cierta izquierda radical por vincular la defensa de la seguridad a las posiciones conservadoras ha dado lugar a unos programas que la desatienden de manera sistemática. El resultado son unas sociedades crecientemente inseguras que, por añadidura, abonan el terreno al surgimiento de respuestas populistas.

Creo necesario desmontar esta peligrosa dinámica. Al elogiar la seguridad, lo primero que hay que resaltar es que este valor crea las condiciones para otros grandes valores. Por muy alto concepto que tengamos de la libertad, la igualdad o la fraternidad, no podemos olvidar que solo pueden prosperar en el seno de una comunidad política previamente establecida, mientras que el valor de la seguridad precede a la existencia de esa misma comunidad, pues de hecho justifica su nacimiento. Sea cual fuere la idea de estado de naturaleza que tuviesen los tratadistas clásicos, todos coinciden en que es la seguridad, o mejor dicho su ausencia, la que justifica el contrato social y con él la instauración del poder político, y son las normas que emanan de este poder las que delimitan y garantizan la libertad.

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Un segundo argumento, crucial, es que la falta de seguridad afecta gravemente a la sociedad en general, pero muy particularmente a las clases menos pudientes, así como a los sectores más vulnerables y frágiles, a los niños y ancianos, a las mujeres maltratadas, a los jóvenes sometidos a las drogas. Así es: quienes más protección necesitan son precisamente las principales víctimas de los políticos populistas, que no alcanzan a entender que la inseguridad es otra de las injusticias que padecen los más vulnerables.

Debemos tener muy presente que la seguridad es, además, un derecho fundamental. «Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona», reza el artículo 3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, y la mayoría de los ordenamientos jurídicos nacionales incorporan párrafos similares. Los ciudadanos tenemos derecho a la seguridad, al orden democrático, porque tales son las condiciones básicas para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas.

Desde mis inicios en Argenteuil, donde conocí la dura realidad de la violencia en las calles, más tarde como alcalde de Évry, hasta mi desempeño como ministro del Interior y luego primer ministro de Francia, cuando viví la dramática experiencia del terrorismo internacional, el respeto hacia la seguridad ha inspirado siempre mi labor política. Ahora que soy candidato a la alcaldía de mi ciudad, el azar ha querido que la falta de seguridad vuelva a ser uno de los principales asuntos de la agenda. En Barcelona los delitos crecen, y son cada vez más violentos; la inseguridad está echando a perder el horizonte de esperanza que dio impulso a barrios como el Raval, la Barceloneta o el Besós; los okupas están organizados e institucionalizados; el top manta prospera; las reyertas callejeras y los narcopisos dibujan una Barcelona desconocida…

Mi candidatura está en marcha y en breve lanzaré mis propuestas, pero hoy deseo hacer una reflexión como punto de partida. La situación descrita no es solo fruto de la conocida ineficacia gestora de Ada Colau; es algo más profundo, inherente a su manera de entender la política. El problema de la inseguridad que padece Barcelona es estructural porque responde a un error de base propio del populismo buenista que le lleva a considerar la política de seguridad y la defensa del orden democrático como algo que no es de su incumbencia. Cuando un programa electoral como el de Barcelona en Comú no presenta otra propuesta de política de seguridad que la de mantener controlada y vigilada con videocámaras a la Guardia Urbana, además de desmantelar alguna de sus unidades, no cabe extrañarse de sus pésimos resultados.

Reforzar la Guardia Urbana

La pasividad ante la inseguridad es algo que yo no contemplo. En mi proyecto para Barcelona, la seguridad va a recibir la atención que merece. Tenemos que revertir la situación haciendo cumplir la ley y con el apoyo de otras políticas como las sociales, el urbanismo, la participación o el turismo. Para tener más presencia en la calle, para que el espacio público vuelva a ser de todos e impere el civismo, aumentaré los efectivos de la Guardia Urbana -entre 1000 y 1500 nuevos agentes- y le daré los medios para que pueda hacer un trabajo efectivo.

Nuestra ciudad sufre hoy un efecto llamada de determinadas actividades ilegales en todo el Mediterráneo. Hay que pararlo. Quiero acabar con los fenómenos top manta y okupa, y no dejar tranquilos ni un minuto más a los traficantes de droga. El liderazgo de Barcelona debe ejercerse en otros ámbitos (cultura, comercio y restauración, etcétera), que puedan prosperar en una ciudad limpia y pujante, bien iluminada, con una normativa mejorada de ocupación del espacio público y, por supuesto, con una buena gestión del turismo. Eso es lo que tenemos que hacer, por ejemplo, en la Rambla y la entrañable Boqueria. Lo conseguiremos gracias a la profesionalidad de la Guardia Urbana y cooperando con las otras fuerzas de seguridad, con la Justicia y también con las escuelas y las asociaciones de vecinos. Entre todos vamos a construir una Barcelona segura.