Entrevista a Josep Maria Blanco, el último del ‘TBO’

28

Cuántas sonrisas se habrían perdido varias generaciones de chavales -y de adultos- lectores del ‘TBO’ si aquel adolescente que con 17 años, en la década de los 30, jugaba en el Barça, con un no menos joven Ramallets en la portería, no hubiera colgado el balón por su novia, a la que conoció a los 10 y que aún hoy sigue siendo su mujer. El histórico dibujante barcelonés Josep Maria Blanco Ibarz nutrió con su humor cotidiano, y tan amable como su mirada, durante tres décadas -de 1951 a 1981- a la centenaria revista que dio nombre a los tebeos con, según sus propios cálculos, 3.155 historietas, 31.762 viñetas sueltas y 537 historias de ‘La Familia Ulises’ (relevando a Benejam). Ahora, a sus 91 lúcidos años, mantiene su ingenio intacto: “El chiste está en cada esquina. Ahora, mientras los fotógrafos me tomaban fotos en la terraza –cuenta refiriéndose a momentos antes de la entrevista- se me ha ocurrido algún gag. Pensaba en dibujarlos conmigo encima volando con un paraguas… Al hacer un dibujo siempre le doy un contenido, no hago un dibujo sin más, sino un chiste”. 

Blanco, que en el 2016 recibió el Gran Premio en reconocimiento a toda una carrera del Salón del Cómic de Barcelona, que en la pasada edición le dedicó una exposición, es el único superviviente de las antiguas generaciones del ‘TBO’, con nombres como Opisso, Tínez, Urda, Donaz, Muntañola o sus amigos Ayné, Sabatés y Coll, quien fue el que le animó a llevar sus dibujos a la revista. Pero ahora tiene en las manos la nueva edición, con 13 inéditos, de una obra que nada tiene que ver con la legendaria revista, ‘Barcelona, de Blanco’ (Ediciones B), una colección de 41 impagables láminas de emblemáticos escenarios de la ciudad con decenas de “pequeños actores” en múltiples gags. “Estaba cansado de hacer 32 pequeñas viñetas para llegar a una conclusión y me dije ‘voy a hacer un dibujo bien grande y meteré todas las historietas dentro’. No pensaba en publicarlo, lo hice porque me apetecía”. 

Obligado es hacer el ejercicio en cada lámina de emular aquel ‘¿Dónde está Wally?’ buscando al propio Blanco, autorretratado con su tablón de dibujo en rincones de las Ramblas, la plaza de Catalunya, el Tibidabo, el Mercat de Sant Antoni, un Carnaval en el Paral·lel, en la Fira de Santa Llúcia ante la Catedral o en escenarios hoy desaparecidos, como els Encants Vells. “Yo era un personaje más y me hacía un poco regordete para llenar más”, bromea tras señalar detalles como en el Parc Güell, donde “un niño hace pipí arriba mientras debajo otros se sorprenden de las goteras…”, o el cameo en el TNC de un Flotats con coleta, “porque aprovechaba algo de la actualidad”.  

La ‘picabaralla’ entre Pujol y Maragall

Y ahí estaba la Barcelona Olímpica, con una plaza de Catalunya con el entonces alcalde Maragall en el balcón del Ayuntamiento, “que podía presumir de JJOO, y Pujol en el de enfrente, que solo podía participar en la gloria del otro”. “Jugué con la ‘picabaralla’ entre políticos. Siempre han estado igual, es un gran vicio que tenemos aquí –sonríe con ironía-. Maragall se enteró de que se exponía en el Salón del Cómic y llamó el día que cerraban pidiendo que le esperaran para verla. Y me pidió una litografía. Y luego me pidió otra porque quería regalársela a Pujol, aunque este nunca me dijo nada. Igual no le gustó”.    

La idea de este álbum surgió tras jubilarse del trabajo en un banco, que compaginó toda la vida con el dibujo. El libro original es de 1993 y era a tamaño Din-A3; la nueva edición es a Din-A4 (aunque se ha lanzado una tirada de coleccionista limitada en gran formato). Los textos son del crítico de arte Josep Maria Cadena y de Antoni Guiral, experto en tebeos y autor del reciente volumen conmemorativo ‘100 años de TBO’ (Ediciones B).

Sin terroristas y con “políticos”

Entre las nuevas láminas figuran la reconstrucción del Liceu, varias del Camp Nou, del aeropuerto del Prat, el Port Olímpic o el Macba. Pero en las Ramblas de Blanco, que entonces trazó desde el tramo de la Boqueria, a la de les Flors o la dels Estudis (con los ya desaparecidos quioscos de animales) tiene claro el dibujante que ahora “no saldría ningún coche arrollando a gente”, en alusión al atentado ‘yihadista’ del pasado agosto, pero quizá sí “unos cuantos políticos”, sonríe. En el paseo escasean los turistas (“entonces venían solo en verano”) y, como en toda su Barcelona y en sus historietas del ‘TBO’, abundan los ciudadanos de a pie en escenas cotidianas y humorísticas.

Esas imágenes las sacaba de lo que observaba. Siempre llevaba pequeños papeles en el bolsillo y cuando se le ocurría una idea, ya fuera en el metro, en el autobús, en cualquier parte, la apuntaba y la esbozaba. “No podía fiarme de la memoria”. Los conserva todos, como los que hizo, confiesa, en la parte de atrás de los impresos del banco, de la serie antibelicista ‘Otto el Cañón’, que creó en 1966 pero no encajó en el ‘TBO’ y guardó en un cajón hasta que en 2014 la publicó Amaníaco, con historietas nuevas y coloreadas por él mismo.

El “trabajo” de ‘La familia Ulises’

Cuando dibujaba para la revista, recuerda el autor de series como ‘Los Kakikus’ (1963), iba cada lunes al desaparecido café El oro del Rhin, en Rambla Catalunya con Gran Via, cuyos habituales eran escritores y artistas. Allí se inspiraba en los transeúntes y hacía los guiones de la semana. En el currículo de Blanco se le recuerda siempre como quien en 1968 (y hasta 1979) relevó a Benejam, cuando este fue perdiendo la vista, en el dibujo de ‘La familia Ulises’, buque insignia del ‘TBO’. Pero para el dibujante, aquello “era un trabajo”. “Lo hice porque la editorial lo necesitaba. Y no lo firmé por respeto a Benejam y porque era su estilo y no era una creación mía. Pero significó dejar de lado todo lo mío hasta que al cabo de un año le cogí la habilidad a los Ulises y pude compaginarlo con mis otras historietas”. Tiene solo buenos recuerdos para Benejam. “Era una bellísima persona. Cuando llegué de joven a la editorial, con tantas vacas sagradas del dibujo (Opisso, Urda…) él me ayudó y se interesó por mi trabajo”. 

Blanco, que llegó a número dos del banco, evoca la anécdota de cuando un día paró frente a la sucursal un Rolls Royce. “El director pensó que sería un nuevo buen cliente pero era el director de entonces del ‘TBO’, Emilio Viña, que le traía unos encargos para dibujar”. Nunca quiso dejar el banco para depender solo de la revista, asegura, “porque así tenía la paella por el mango con los dos”.   

Nadal, la República y Raf

También cita Blanco cómo el dibujante Nadal, amigo de su padre, le influyó con los lápices. Y, apunta uno de sus tres hijos, que le acompaña durante la entrevista, cómo en 1936, a los 10 años, iba a una escuela de la República, el colegio Luis Bello, donde se aficionó porque le gustaban mucho los deberes de dibujo para el fin de semana que les encargaban. Allí estuvo propuesto, cuenta, para ser reclutado para ir a estudiar a Rusia por sus aptitudes. Ya tenía los papeles a punto, pero era 1939 ya y con la situación del final de la guerra su padre frenó el viaje.  

Y si en Blanco el dibujo, y su novia, ganaron al fútbol, una última anécdota revela cómo este hoy venerable anciano pudo recuperar para bien de la historia tebeística del país a Raf (Joan Rafart), el creador de Sir Tim O’Theo. “Era un gran dibujante, lo llevaba en la sangre. Iba conmigo a la escuela y me lo encontré un día en la calle cuando yo ya estaba en el ‘TBO’. Me dijo que ya no dibujaba, que trabajaba en una oficina con su tío, y le dije que eso no podía ser, que estaba perdiendo el tiempo y debía volver a hacerlo”. Y le hizo caso, pues al poco se presentó en la revista ‘La risa’ y se convirtió en uno de los mejores dibujantes de la época. Con permiso de Blanco.