Entrevista | “Hasta aquí llegó la riada”

Es luminoso Raimon. La historia no le hace justicia, porque lo ven en los escenarios: ahí es medido, hasta meditado, su camisa roja, o blanca, o negra; alguna vez baila (“bien, ¿a que bailo bien?, jajaja”), y hace algunas coñas. Pero allá arriba es la poesía, una guitarra, la orquesta. El flequillo, blanco ya, guarda el corte que le besaba la madre cuando volvía al carrer Blanc de Xátiva. Desde 1964, cuando conoció a Analissa, que venía “de aquel país de Italia”, es ella la que da vida a ese flequillo. El flequillo del muchacho que con Al vent revolucionó, con sencillez y grito, la esperanza de miles de jóvenes que querían, en aquel año 1961, comerse el mundo a base de bocados de música.
Raimon, 77 años. Se retiró en mayo, un mes muy simbólico para él, y lo hizo en el Palau de la Música de Barcelona. La primera noche, después del concierto, concilió el sueño a las tres de la madrugada. Y hasta el último concierto (que será el último, “no habrá más tu tía”) aguantó así el tipo, bailando, cantando sus antiguas canciones, sus canciones actuales, la música de los poetas, su propia música. Detrás de su inspiración, aparte de la lírica de su lengua, Analissa. Y aquí, en Xàbia, donde lo vemos este verano, ella siempre está. Analissa es la otra parte de la risa de Raimon. La gente cree que es un tipo serio, seco y espiritual, como Salvador Espriu.
Pero Raimon es un cachondo. A mediados del mes de agosto se encontró por teléfono con un amigo de los tiempos del TEU (el Teatro Español Universitario), Emili Balançó, escritor, que vive en Menorca. Recordaron anécdotas. Simulaban en las calles de Zaragoza la conquista de Valencia, el Cid y sus conmilitones. Reían como si fuera ahora. Y por ellos habían pasado cerca de sesenta años.
Cuando era parte de la movida de Barcelona (Serrat, Pi de la Serra, Ovidi, Guillermina) iba con Pi inventándose risas para poner de manifiesto que tampoco era para tanto. Estaban de gira, en un hotel: “Y salíamos al pasillo en pelotas, con corbata y zapatos ¡y le pegábamos la bronca a Serrat por llegar tarde!”.
La foto de este Raimon que posa al sol ante el mar de Xàbia debe ser riendo. Aquellos días de mayo fueron difíciles de montar (“resumir décadas, abandonarlas”). Intentó quitarle hierro, dice, “me impuse que no fuera ni emotivo ni sentimental”. Pero no negó la broma, que como la dice tan serio la gente no la capta. Después de una larga introducción, el cantante de Xátiva dijo: “El concierto estará compuesto por tres canciones y algunos bises”. “La procesión iba por dentro la noche del adiós”, reconoce.
Músico sin adjetivo, desde que escribió (y cantó, rasgando la guitarra) Al vent lo metieron en la canción protesta. Escribió (y cantó) Diguem no, cuando metieron en la cárcel a compañeros suyos, pero no era un himno, era una letra extraída de El hombre rebelde de Albert Camus. Y ahora se canta en las alboradas como si Raimon hubiera adivinado cada época sucesiva.
Y esa noche del adiós, claro, su mente se pobló de pasado. Sus padres, Joan Fuster, Manuel Vázquez Montalbán (“estuvo Anna Sellés, su esposa”)… Fue, dice Raimon ahora, “una presencia de ausencias”, pero a él no se le notó el reflejo de ese oleaje. “Ahí soy muy exigente conmigo mismo, porque soy de los que se pega una hostia si se equivoca”. Físicamente, una hostia, y se la da ante nosotros para que el ejemplo no sea una pantomima.
Le preguntamos:
—¿Va a tener usted nostalgia de Raimon?
—Todavía no, pero quizá dentro de dos o tres meses. ¡Todavía estamos en la digestión de todo!
Cuando acabó el último concierto, durmieron al fin tranquilos Analissa y Raimon. Conscientes de que “”se acabó lo que se daba”, el cantante dijo a los amigos, y nos repitió a nosotros en Xàbia, lo que se dice en Valencia cuando el agua deja marcas en las casas: “Hasta aquí llegó la riada”.
Y ya está. Hasta aquí llegó la riada. Pero nada detiene el viento de Raimon.

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