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Érese una vez

Érese una vez, una región española convertida en la dictadura perfecta del régimen clientelar. La única en toda Europa donde nunca se había materializado una alternancia de siglas en el poder -desde su acceso a la preautonomía en 1979- y en la que una formación política se perpetuaba como dueña y señora de un fastuoso cortijo institucional con fondos públicos desviados a discreción, si bien no con la suficiente para evitar que se sentasen en el banquillo los máximos responsables de una ecuación plagada de millones de euros. Mil doscientos, sin exagerar. Érase Andalucía el reflejo perfecto de la peor España. La de la pandereta, la vagantería y el sigüanismo institucional donde todos trincaban por costumbre y con una lasciva sensación de impunidad. La de las cloacas laberínticas que conectaban en el océano fecal de la mamandurria a política, sindicalismo y mundillo empresarial.

Muchos años de país miserablemente preocupado por los desmanes de una clase política monopolizada por sus partidos facilitadores. Más de un cuarto de siglo impregnado del tufo a mediocridad y desvergüenza – donde la capacidad de penetración del soborno es exponencial– de los que se habían apropiado del dinero de los contribuyentes sin pestañear. Un ejemplo, nada ejemplar, de las más altas cotas de la avaricia surgidas en una organización de expertos en socializar la corrupción. Vergüenza ajena de quienes deben responder por su modus operandi al frente de la Junta, institución degradada a la sórdida prueba de hasta dónde llega el nivel de ponzoña y descomposición de la picaresca patria convertida en negocio.

¡Que no cunda el pánico! Uno de los presuntos muñidores de la trama, José Antonio Griñán, tiene todos sus títulos universitarios en orden y no ha falsificado ningún máster. Gracias a Dios. El ex presidente sólo está acusado de prevaricación y malversación de caudales por (presuntamente) diseñar y mantener un sistema opaco de financiación a empresas en plena crisis. Docenas de informes sobre el asunto de los interventores a su cargo no fueron suficientes advertencias para quien en defensa propia –en un intento tan infantil como absurdo por querer colectivizar culpas- puso en marcha el ventilador y salpicó a sus subordinados por no haberle advertido a tiempo-. Ni un ápice de sentido de responsabilidad por el mal causado – como mínimo, el in vigilando exigible a un inspector de trabajo reconvertido en consejero de economía – ni un piadoso propósito de enmienda de entre todo el rosario de autoridades y altos cargos a los que toca procesionar, amortizada la última Semana Santa, en sede judicial. Continuar estafando a los españoles a base de faltar a la verdad.

Silencio mediático mayoritario ante un escándalo mayúsculo y sin precedentes en democracia. Los ERE atestiguan – por si fuese necesario abundar en ello- que la corrupción no es una deformación del sistema, sino el sistema en sí mismo. Sin ánimo de exagerar y aún a riesgo de resultar impopular, conviene dar a cada uno lo suyo y ponderar cómo el PSOE adolece del vicio en privado mientras pregona virtudes en lo público. Baste una ojeada de soslayo para acreditar cómo lo más duro nunca es la lucha contra la corrupción ajena, sino ventilar la propia. Ésa es siempre más difícil de reconocer y de limpiar.