¿Es nueva, esta Catalunya?

La foto tras el 21-D muestra que hay una parte del país partidaria de la independencia pase lo que pase (a pesar de las amenazas y la represión) y una parte del país (votantes de Cs y del PP) que quiere continuar en España y que, además, se coloca explícitamente y de manera frontal contra los grandes consensos catalanistas y se articula en torno a un españolismo desacomplejado. Fuera de estos dos grandes sectores, los votantes de los comunes y los votantes socialistas (la mayoría de estos) comparten el marco de referencias catalanista, no quieren la independencia y observan con inquietud el discurso de Cs.

Vayamos más allá de la resaca electoral y de las cábalas sobre el futuro Govern. Pongamos las luces largas. Hay que hacerse muchas preguntas. La primera: ¿es nueva, esta Catalunya? ¿Esta Catalunya de dos caras y media existía durante los largos años del pujolismo o es un hecho de los últimos tiempos? ¿Quizás existía y no la queríamos ver? ¿El españolismo que da sentido a Cs estaba dormido, escondido o se había disfrazado con otras etiquetas? ¿Este españolismo es una respuesta circunstancial o un fenómeno de más entidad? ¿Los votos a Cs que provienen del PSC, de los comunes y de la desaparecida Unió son españolistas o responden a otra motivación?

Soy partidario de analizar el crecimiento de Cs sin caer en el error de menospreciar a sus votantes. Algunos periodistas de Madrid califican de xenófobos, fanáticos, idiotas y adoctrinados a los más de 2.063.000 votantes de las tres formaciones independentistas. No quiero hacer nada parecido con los votantes de Cs (más de 1.102.000) ni con los del PP (unos 184.000). Aunque me duela que muchos votantes de Cs, del PP y del PSC justifiquen los porrazos y la prisión para los Jordis y los miembros del Govern, no puedo someterlos a un juicio moral ni demonizarlos. Estoy obligado a averiguar qué les mueve a votar lo que han votado.

(EFE)

Si me hago estas preguntas es porque me preocupa saber si todavía es vigente la idea de “Catalunya, un sol poble”, formulada por Josep Benet (aprovecho para recomendar la excelente biografía que de esta figura ha escrito Jordi Amat), concretada por Candel, y aplicada por el PSUC, Pujol, el PSC, los sindicatos, la Iglesia y la escuela catalana, entre otros. El catalanismo –que todos los estudiosos internacionales consideran un ejemplo de nacionalismo cívico y no étnico– llega a la transición con la obsesión de la unidad civil y la integración de la inmigración. Contra la visión franquista del inmigrante como herramienta de colonización, el catalanismo adopta una idea constructiva: el inmigrante es un catalán más, porque “es catalán quien vive y trabaja en Catalunya, y quiere serlo”, síntesis pujoliana que nos habla de una identidad inclusiva y abierta. El nuevo independentismo mantiene esta idea. Paradójicamente, Arrimadas ha hecho campaña pidiendo el voto por razones identitarias a los catalanes con raíces en Andalucía y otros territorios.

¿Se ha roto el ideal de “Catalunya, un sol poble” tras el 21-D? Desde el unionismo, se afirma que ha sido el independentismo quien ha fracturado la sociedad. Desde el ­independentismo, se replica que un pro- yecto político expresado democráticamente no rompe la sociedad, sólo la muestra tal como es, de lo contrario sería imposible plantear ninguna transformación del statu quo. Más preguntas: ¿Un españolismo catalán organizado es incompatible con la visión de un solo pueblo? ¿De qué españolismo ­hablamos? ¿Tiene detrás un proyecto nue- vo de España o no? ¿Qué concepto de españolidad y de catalanidad inspira la doctrina de Cs? ¿Los votantes de Cs relacionan la cata­lanidad exclusivamente con una vecindad administrativa, ven en ella una identidad de segundo rango o no piensan en ello? ¿Qué significa el cántico “yo soy español, español, español” que entonan los simpatizantes de Cs? ¿Por qué la noche electoral Arrimadas y Rivera –abanderados de un supuesto bilingüismo– sólo se dirigieron en castellano a sus partidarios? Algo sí sabemos: para Cs, Catalunya no es una nación, porque Cs afir- ma que nación sólo hay una: la española.

Cs nació en Catalunya mucho antes del proceso, hace más de una década, con el objetivo de combatir los consensos catalanistas de manera agresiva. Los más identitarios se definían como “no nacionalistas”. En el surgimiento de este artefacto, hay dos motores: el desengaño y resentimiento de ciertos entornos con el maragallismo a raíz del tripartito, y una imitación forzada del españolismo vasco que se enfrentaba a ETA. La batalla contra la inmersión lingüística fue, durante años, el monotema de Cs, con ganas de crear conflicto donde no lo había. En la última campaña, Cs ha sido el partido que ha expresado con más claridad el “¡a por ellos!”. No es un detalle menor cuando se piensa que ahora tocaría bajar la tensión.

Y un gran misterio: Cs articula la respuesta españolista con un gran resultado el 21-D y, a la vez, es un partido sin ninguna alcal- día y con una implantación marginal en muchas localidades. Las próximas municipales responderán quizás algunas de las cuestiones apuntadas.




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