España afónica

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Desde siempre, los amigos de fuera de nuestras fronteras contestan a quienes les han querido entrometer en la cuestión catalana con la afirmación concluyente de que se trata de un asunto interno de España. Sin embargo son muchos los ingenuos españoles que esperaban que fuesen interpretaciones exteriores las que viniesen a sacarles las castañas del fuego. Tanto en el caso relevante de Puigdemont como el de otros compañeros de fuga dispersos por distintos países, da la impresión de que aquí había quienes esperaban o confiaban que juristas o gobernantes extranjeros adoptasen gestos o interpretaciones políticas o judiciales de mayor contundencia y efectividad que las de nuestras propias autoridades y que pusiesen más celo en la persecución del golpismo separatista que el desplegado por nuestros gobernantes al aplicar con tibieza el Artículo 155 de la Constitución.

Es así como interpretaciones distintas de lo que significa rebelión o sedición o distintos grados entre la prisión preventiva y la libertad bajo fianza causan desolación y hasta indignación dentro de casa por el simple hecho de que, fuera de casa, se actúa con escrúpulos o condicionamientos no muy diferentes a los tratamientos con los que, en nuestro foco interior de discordia se han tratado las negligencias culposas de los Mossos d’Esquadra, la propaganda subvencionada de la televisión oficial catalana o la mediatización política de la enseñanza. Es decir, procurando no levantar la voz y esperando que, con el paso de los días, no llegue la sangre al río y se produzcan conversiones o renuncias espontáneas que faciliten el regreso a la normalidad sin alteración alguna de la imagen beatífica de los gobernantes españoles, dedicados a sus másteres y convenciones. O sea, que aquí se puede retar al Estado sin gran riesgo pero vale lamentar que, en otros Estados extranjeros, no se actúe más enérgicamente para escarmiento de separatistas o de funcionarios autonómicos desleales.

Los planes fallidos basados en reacciones exteriores relativas a los intentos de desintegración nacional de España son tan ilusorios como los planes independentistas basados en la internacionalización del problema. Lo que sucede fuera, para bien o para mal, no es sino el reflejo distante de un serio problema que solo puede afrontarse con la decisión y la fortaleza interna del propio Estado. Es decir, dentro de casa. Es nuestro Estado el que debe rearmarse para afrontar sus problemas internos y no una ministra social demócrata alemana. Es nuestro Estado el que necesita una voz más clara y potente para ser escuchado dentro y fuera de nuestra geografía.

La protección mundial o continental de las soberanías nacionales es un propósito deseable pero aun débilmente esbozado. Las competencias internacionales se ejercen con informaciones incompletas y prejuicios buenistas y sin fe en que su eficacia sea superior al poder de los propios Estados para garantizar su supervivencia. Los impulsos independentistas que se agitan en Cataluña no son diferentes de los que puedan agitarse en Baviera, en Escocia, en Córcega o en el Tirol, pero cada uno tiene su réplica doctrinal y ejecutiva para contrarrestarlo y anularlo en el propio territorio. Quizá en ninguna parte del mundo democrático se ha llegado a que los nacionalistas hayan ocupado alevosamente el control de los recursos del Estado para malversarlos en beneficio de un conjunto de facciones separatistas mal avenidas entre sí. Pero en ninguna parte se confía que un clima supranacional o post estatal sea el capaz de activar o desactivar eficazmente los conflictos internos de cualquier nación históricamente consolidada.

La cuestión de Cataluña es, como dicen, un asunto interno español y hay que resolverlo como tal con la fuerza de la razón y la razón de la fuerza de un Estado que merezca tal nombre. No es un problema internacional sino un asunto localizado frente al cual es abrumadora la opinión general del pueblo español. Tampoco es un problema total de Cataluña donde solo una parte considerable pero minoritaria de la población está afectada por la pasión separatista. Basta contemplar la normalidad con que se desarrolla la vida cotidiana en Cataluña sin que se ejerza espectacularmente ninguna presencia autoritaria y con un endeble instrumento de orden público a cargo de una policía autonómica de dudosa formación y disciplina, para comprender que el conflicto no pasa de los círculos políticos interesados en mantener viva su razón de subsistencia. Es verdad que unos Comités de Defensa de la República consiguen mantener abiertas unas ridículas barricadas que dividen la epidermis de una sociedad regional sin afectar a sus órganos vitales. Es verdad que, frente a esta psicosis de división hay una ausencia de discurso y la renuncia a una estrategia de contraataque organizado que permite que voces tan vacuas como la de Puigdemont resuenen como los cohetes de una feria en la cúpula de un cielo sereno.

Lo cierto es que el problema está concentrado en unos dirigentes mal avenidos y con ligero arraigo popular y una Cámara Parlamentaria obstruccionista e incapaz de promover soluciones realistas de Gobierno. Este es el problema local abanderado por el presidente parlamentario Roger Torrent cuya única táctica consiste en promover candidatos inviables físicamente y prolongar durante semanas y meses la vigencia del Articulo 155 de la Constitución, retardando los deseos de normalización del Gobierno y complicando el debate presupuestario o cualquier otra operación de mayor envergadura. La incapacidad para entenderse constructivamente entre los partidos independentistas es la monótona melodía que escuchan los oídos de los catalanes, convertidos en una especie de habitantes de la casa deshabitada. España afónica no canta como debiera su música sinfónica. No es fácil vaticinar cuanto tiempo vamos a seguir así. Vamos hacia un semestre de aplicación tibia del Artículo 155 y sin sacar partido del poder democrático conferido al Gobierno. Es como una plaga bíblica que nos ha tocado padecer sin el consuelo de que desde el exterior vengan a facilitarnos la tarea de unidad interna. Como parafraseaba Ganivet: “In interiore hispaniae hábitat veritas” pero esa verdad permanece recóndita en el arca cerrada con las llaves de los tres muditos: Sánchez, Rivera y Rajoy. Es el trío responsable de haber desperdiciado la ocasión democrática conferida por la mayoría absolutísima de los senadores del Reino con grave desperfecto de la reputación exterior de esta España que solo se hace presente en Cataluña gracias al Rey y a los jueces. El acto de entrega de despachos a una nueva promoción de jueces en Barcelona presidido por Felipe VI suena mejor que la afonía de los partidos incapaces de cantar a coro en Cataluña la unidad de las tierras de España.