Estado Islámico: Califato sin tierra

Tomás, de doce años, es uno de los miles de niños kurdos que fueron secuestrados por los hombres del Estado Islámico (EI) hace tres años y medio. Era una de las crías de los yihadistas. Vio como sus padres y parte de sus hermanos eran degollados y esclavizados. En un principio, Tomás –que tenía aún ocho años– fue entrenado para convertirse en un soldado del grupo extremista y aprendió a degollar animales y seres humanos.

Finalmente, resultó herido en combate y se reconvirtió en esclavo trabajando como cocinero. En dos ocasiones fue rescatado bajo los escombros en la ciudad de Raqa, la entonces capital siria del califato. En la última ocasión, se le rompieron ambas piernas, y tras dos días enterrado bajo los edificios en ruinas, fue trasladado al hospital de la ciudad, donde se reencontró con su hermana de catorce años.

La caída de Raqa en Siria se considera un símbolo del final de la era califal

Cuando Tomás le contó a su hermana que había conseguido hablar por teléfono con su madre y que pretendía intentar huir hacia un campo de refugiados en el norte de Irak, donde ésta se encontraba, la hermana le contestó: “Estás loco. Nuestra madre es una infiel a la que hay que matar, el mundo ya está prácticamente bajo control del califato islámico”.

Ella no sabía que el Estado Islámico de principios del siglo XXI, que llegó a controlar media Siria y la mitad de Irak y que gobernó a cerca de nueve millones de personas, duró menos de cuatro años. El EI, que controló decenas de miles de kilómetros cuadrados y ciudades estratégicas como Mosul –la segunda más importante de Irak– y Raqa en Siria, así como campos de petróleo que le aportaron cientos de millones de dólares, no logró sobrevivir como Estado. El movimiento, que fue definido en un principio por el entonces presidente de EE.UU. Barack Obama como “la selección juvenil del terror islámico”, se convirtió en la principal amenaza para el mundo, según numerosas encuestas realizadas en Occidente y el mundo árabe.

La caída de Raqa a manos de la fuerza siria-kurda con apoyo militar de EE.UU. se considera como el símbolo del final de la era del califato. Especialmente por la ocupación de la plaza central, en la que los yihadistas, vestidos de negro, obligaban a la población a ver los degollamientos de todo aquel que bajo sus criterios ponía en cuestión su interpretación de la ley islámica de la charia. Algunos de sus hombres fueron hechos prisioneros –especialmente miles de europeos que se unieron a sus filas en los últimos años–, mientras que otros lograron huir hacia la frontera entre Siria e Irak o hacia la zona de Deir Ezzor, en territorio sirio todavía controlada por los yihadistas.

Miles y miles de habitantes de Raqa, así como en los últimos meses los de Mosul, abandonan su ciudad huyendo del drama humano que sufrieron en los últimos años. Pero las huellas de su tragedia son notablemente visibles en su delgadez, en su palidez, en su ropa desgastada y, sobre todo, en sus miradas aterrorizadas. Los servicios secretos de las fuerzas invasoras intentan localizar a los milicianos del EI que se afeitaron la barba y se camuflan entre los civiles. Algunos, cuando son detectados, afirman que eran simplemente cocineros al servicio del EI.

Un general norteamericano consultado por La Vanguardia, que lleva dos años dirigiendo la coalición de 70 países que ayudó a doblegar al Estado Islámico, afirmó a este corresponsal bajo condición de anonimato que “el Estado Islámico ha perdido prácticamente su dimensión territorial, pero no desaparece como organización terrorista. Ellos son como una ameba que se adapta nuevamente a las nuevas circunstancias, por lo que pasarán a ser una organización terrorista yihadista tradicional, al estilo de Al Qaeda”. Pero aclara: “Eso no significa que el Estado Islámico haya pasado a la historia”. La organización cuenta con bases en lugares alejados, como Libia, Yemen, el desierto del Sinaí egipcio, y otras zonas en las que el vacío de poder les proporciona el cobijo idóneo para expandirse.

En el Sinaí, el ejército egipcio continúa su guerra abierta contra los islamistas del Estado Islámico especialmente en la zona norte, con un discreto apoyo militar de Israel, que les aporta sobre todo información de inteligencia, ya que en los últimos tiempos ha seguido de cerca los pasos de los islamistas. Precisamente este viernes un ataque de la insurgencia islamista en Egipto, esta vez en la zona desértica al oeste de El Cairo, provocó la muerte de 54 policías y militares egipcios, según se supo ayer, aunque no está claro si se trata de un grupo adscrito al Estado Islámico.

El temor es que los milicianos del EI asentados en el Sinaí amenacen a los barcos que cruzan por el canal de Suez. El periodista israelí Zur Shezaf, que recientemente visitó tribus beduinas en el Sinaí, explicó a La Vanguardia que los jeques de las tribus empiezan a organizarse para luchar contra el Estado Islámico, ya que entendieron que las tornas están cambiando y son conscientes del profundo daño económico que han causado en la región por la enorme pérdida del turismo internacional. Lo que está claro es que ante los cambios geopolíticos y la derrota territorial del califato, miles y miles de combatientes del Estado Islámico se están dispersando por distintas zonas de Oriente Medio y del Magreb, y algunos están volviendo también a sus países de origen en Europa.

Con la ayuda de la gran cantidad de material de propaganda producido para las redes sociales y medios de comunicación, el califato intentará seguir reclutando jóvenes defraudados que no lograron llegar a Siria e Irak a tiempo para combatir. Quienes acepten declarar su fidelidad al Estado Islámico y a su califa, Abu Bakr al Bagdadi, online o en una grabación en video antes de partir hacia un atentado suicida, será considerado un soldado yihadista.

Según los servicios de inteligencia occidentales, objetivos no les faltarán en eventos multitudinarios próximos, como por ejemplo el Mundial de fútbol de Rusia en verano del 2018.

El día después del fin del califato habrá que considerar que la coalición internacional encabezada por EE.UU., con la participación de varios países europeos y diez estados árabes, concentró todos sus esfuerzos en el Estado Islámico, pero olvidó en parte a Al Qaeda –encabezada por el médico egipcio Ayman al Zawahiri–, que tiene solamente en Siria entre 15 y 20.000 milicianos desplegados. El general estadounidense afirma que mientras la propaganda yihadista fue siempre online, la de Al Qaeda se aleja todo lo posible de los ordenadores y se podría definir como offline, o como él dice, “a la antigua”. Sus hombres acuden a encuentros cara a cara en las mezquitas y a cualquier institución organizada que aún funcione en Siria.

El coronel israelí en la reserva Aviv Oreg, que lleva casi dos décadas investigando a Al Qaeda y en los últimos años también al Estado Islámico, afirma que Occidente debe prestar atención también al primer grupo –autor del mayor atentado terrorista de la historia el 11 de septiembre del 2001 en EE.UU.– , que lleva años preparándose para un nuevo golpe.

Volviendo a la historia de Tomás, que ha logrado regresar con lo que quedó de sus familia, la pregunta ahora es qué pasará con la generación de niños que crecieron bajo el yugo del Estado Islámico y que probablemente llevarán grabadas en su ADN las cicatrices de uno de los estados más crueles de la historia.

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