Estupidez Natural

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Jamás le digas a una máquina que tú puedes apagarla. La frase la pronunció un gurú informático en su reciente visita a Madrid y se me quedó bailando en el entrecejo. Porque no lo dijo como una amenaza, sino como llamada de socorro. Una botella lanzada con mensaje para la humanidad.

Otro experto en el tema me contaba hace poco que si la revolución industrial supuso que por primera vez el hombre creaba máquinas cuya fuerza bruta superaba a cualquier animal sobre la faz de la tierra, en esta nueva etapa está ocurriendo lo mismo, pero con la inteligencia. La llaman artificial aunque sea tan artefacto como la mismísima máquina de vapor. Imagino que Inteligencia Mecánica sonaba demasiado retro. Con lo que habría molado.

El caso es que hasta ahora las máquinas sólo resolvían aquellos problemas que nosotros les habíamos planteado. Y eso tenía un mérito relativo. Precisamente porque la mitad de la respuesta siempre está en el planteamiento de la pregunta. Pero sobre todo, porque llegaba siempre tarde, cuando el problema ya era tan evidente que hasta nuestros 1.500 cm3 eran capaces de haberlo visto. Vamos, que lo que hemos andado fabricando han sido avanzadas calculadoras, cada vez más rápidas y pequeñas, poco más. 

Pero qué ocurrirá cuando las máquinas se nos adelanten a lo que nosotros les preguntaríamos. Qué ocurrirá cuando incluso se anticipen a nuestros deseos. Qué ocurrirá cuando sepan más que nosotros sobre nosotros mismos. Ni ciencia ficción ni leches. Estamos hablando de hoy.

Más gurús. Martin Hilbert, profesor de la Universidad de California y asesor tecnológico de la Biblioteca del Congreso: si ya has dado 250 likes, Facebook sabe más de ti que tú mismo. Coño, pues por qué no me ha escrito Facebook este artículo. Eso sí, cobrarlo, ya sé yo.

“En casa, cada vez más
nos gusta cenar castigando a los móviles. Contra la mesa y en silencio”

Para mí, que odio escribir pero adoro haberlo escrito, todo esto es una excelente noticia. Se acerca el día en que no tenga que dedicarme a pensar el tema, ni sentarme a redactarlo, ni nada de eso. La máquina, la nube o como quieras llamarlo, por fin sabrá lo que me apetece escribir e incluso lo plasmará en un texto que pase como mío. Lo difícil será haberse labrado un estilo, una voz, una manera de contar las cosas. Pero una vez eso esté aprendido y aprehendido por la máquina, ya estará. Podré seguir publicando por los siglos de los siglos. Enter.

Sí, negaré que lo he escrito, pero me dan pereza muchas cosas, lo reconozco. Si no es porque tengo que trabajar para mantenerme, estaría todo el día cual concursante de ‘Gran Hermano’, pero leyendo y en mi casa.

Por eso, creo que una de las primeras cosas que delegaré serán los comicios. Sí, las elecciones. Esos domingos (o jueves, da igual) en los que nos obligan a hipotecar un rato de nuestro escaso tiempo libre si es que queremos ejercer nuestro derecho constitucional ganado con sangre, sudor y lágrimas por nuestros predecesores. Más Hilbert: la democracia no está preparada para la era digital y está siendo destruida. Hay que ver cómo se ponen de intensos los gurús con los grandes temas. Pero tiene razón, qué sentido tiene hoy por hoy preguntarle a la gente qué quiere votar, si seguramente ya hay un algoritmo que lo sabe mejor que el propio interesado.

Otras cosas que están clamando un algoritmo. Las cartas de los restaurantes. Ese tedioso proceso en el que tienes que contarle a alguien que no te conoce lo que realmente no sabes si te apetece entre una lista de cosas que no tienes ni idea de si te van a gustar, por no hablar de las que no te convienen.

Al final, todo se reducirá a un proceso de identidad. Sí, de quiénes somos. La gran pregunta que todo ser humano se ha tenido que hacer en algún momento de su existencia. Si una máquina puede predecir tus gustos, tus expectativas y tus elecciones, puede predecir tu vida. Y si puede predecir tu vida, puede decirte si serás feliz o desgraciado. Y cuándo. Y de qué manera. Y con quién. Así que podrá vivirlo todo por ti incluso antes que tú, dejando el inmenso y metafísico interrogante de quién de los dos lo estará viviendo. Vamos que en vez de acercarnos a la gran pregunta, nos estaremos alejando de ella. Una vez más.

De todos modos, lo que más me preocupa de la Inteligencia Artificial es que deja en evidencia que su antónimo, la Estupidez Natural, es la que ostentamos los seres humanos. La que nos lleva a los padres a depender del Santo Google para responder a nuestros hijos. La que se está cargando las librerías de barrio. La que «incendia las redes sociales» cada vez con paridas más inmensas. La que nos ha llevado a un mundo gobernado por gente como Donald Trump. La que ha fabricado seres como Kim Jong-un o il o como sea, da igual. Dos gallitos de corral como líderes mundiales, esto sólo puede acabar como empezó. O esperemos que no tan mal.

Tengo la sensación de que mientras nosotros nos divertimos haciendo y diciendo gilipolleces con la tecnología, la máquina aprende que somos unos progenitores de lo más absurdos, predecibles y decepcionantes. Me la imagino perdonándonos… o no.

En casa, cada vez más nos gusta cenar castigando a los móviles. Contra la mesa y en silencio. Es nuestra forma de vengarnos de la tecnología, tan perfecta y determinista ella, y disfrutar de nuestra condición de seres humanos e irrepetibles, todavía. Si aún no lo han hecho, pruébenlo, y verán la cantidad de cosas que se habrían perdido y lo maravillosa que puede llegar a ser la Estupidez Natural.