Europa deseable, Europa posible, por Antonio Argandoña

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“Lo siento, pero no tenemos en el almacén la Europa que usted desea, y me parece que no podremos suministrársela durante una larga temporada. ¿Le podemos ofrecer otra?”. Esta es la respuesta que me dieron en Amazon hace unos días. Yo ya sabía que no la tenían, pero esperaba, con eso de las impresoras 3-D y otras innovaciones, la podría conseguir, no diré que en el acto, pero sí en unos pocos… ¿años?

Hagamos un poco de historia. Lo que ahora llamamos Europa, es decir, la Unión Europea, se empezó a gestar en los años 50, como un remedio para los horrores de las varias guerras que habían asolado el continente durante siglos, los regímenes comunistas, fascistas y nazis, y el riesgo de que algo de aquello podría volver a pasar. Era un proyecto elitista, de arriba abajo; inventado por pensadores y políticos, y puesto en marcha sin apenas contar con el pueblo; era antipopulista y antinacionalista. Empezó por lo más fácil: ponerse de acuerdo para reducir los aranceles y facilitar el comercio, haciendo caso a aquello de que si los países crean lazos comerciales intensos, es más difícil que recurran a los tanques para dirimir sus discrepancias –algo que hoy ya no vemos tan claro.

Un proyecto antidemocrático y anticultural, me dirá el lector. De acuerdo. Pero hace medio siglo no parecía posible que los franceses fuesen alegrementa a las urnas a votar a candidatos alemanes, ni que en las escuelas se enseñasen canciones irlandesas a los niños húngaros. Y hoy en día no hemos avanzado mucho. Los problemas de los polacos son problemas de los polacos, y los ciudadanos de Barcelona pasamos olímpicamente de ellos. Por tanto, que ellos resuelvan sus problemas y nosotros los nuestros. Ahí no funciona la democracia de las elecciones generales, ni parece conveniente tener libros de historia comunes, aprobados por Bruselas. ¿Valores compartidos? Los tenían, bastante, los europeos de los años 50; no los tenemos ahora ni siquiera dentro de un país pequeño, ni siquiera en una ciudad como Barcelona.

Entretodos

Pero, cuando nos dicen cómo habrá que prever las futuras crisis financieras, anuncian que necesitamos un único mecanismo de solución de crisis, una único supervisor, un mecanismo común de tratamiento de bancos en dificultades… Lógico. Pero esto exige un respaldo financiero único, que significa, en definitiva, un ministerio de Hacienda único, un presupuesto único… Y, si es verdad aquello de “no hay imposición sin representación”, esto exige una unidad fiscal, que se suma a la monetaria, a la del mercado de capitales, a la comercial… Y, claro, acaba en unidad política. A largo plazo, claro. Pero… vamos hacia ahí.

Ahora bien: cuando salimos a la calle, nos encontramos con partidos nacionalistas y populistas, que dicen maldiciones de la moneda única y de la Unión Europea, que echan la culpa de todo a los burócratas de Bruselas… Se han roto muchos de los consensos políticos forjados en este último medio siglo. El ‘modelo europeo’, medio liberal, medio socialdemócrata, de libre mercado, paz social, salarios altos, estado del bienestar para todos… ya no es admitido. Pero lo malo es que, si queremos dar marcha atrás a esta Europa de comerciantes, nos sale un futuro muy poco prometedor: vuelta a las guerras comerciales, pérdida de las ventajas del mercado único y de la moneda única, fronteras cerradas, ‘sálvese quien pueda’…

Colaboración entre países

Decididamente, volveré a escribir a Amazon. Sí, ya sé que no me pueden servir la Europa elitista, multilateralista, abierta, democrática, solidaria, unida, que yo les pedía. Pero, lo siento, nuestros problemas ya no son locales, ni siquiera comarcales. Necesitamos colaborar con todos, para la movilidad de la mano de obra, para la comunicación de las ideas, para poder comercial libremente, para preocuparnos unos de otros, en lugar de pensar cada uno solo en sí mismo… No diré que para ser una potencia mundial: eso ya no lo veremos. Pero sí para ocupar nuestro lugar con dignidad.

Por favor, miren a ver, si encuentran en su almacén una Europa que sea una entidad supranacional, no un superpaís, que se encargue de orientar las políticas nacionales para que no nos hagamos daño unos a otros; que ofrezca seguridad de movimientos de personas e ideas y, sobre todo, seguridad para cuando lleguen las crisis financieras o cuando hagamos daño al medioambiente del vecino. Sí, por favor: digan a fábrica que no queremos una Europa utópica, sino una Europa útil. ¿Pueden procesar mi pedido, a ver qué les dicen? Gracias.