Inicio Actualidad Evangélicos y Bolsonaro, por Lucía Etxebarria

Evangélicos y Bolsonaro, por Lucía Etxebarria

En el 2016 leí una interesantísima tesis del doctor Marcelo Mendes sobre el avance del pentecostalismo brasileño y su “guerra santa” en Brasil. El profesor Mendes advertía de que los evangélicos o pentecostalistas estaban organizándose para tener su propio presidente.

Pues ya lo tienen: Jair Messías Bolsonaro.

“Nuestro Mesías”, como ellos lo llaman.

Todo comienza a finales de los 60. El Concilio Vaticano II había sido claro en su compromiso. La Teología de la Liberación en América Latina se posiciona a favor de los desfavorecidos y los indígenas, y contra el capitalismo y el colonialismo que los oprime.

La primera crítica a la Teología de la Liberación procede del ‘Informe Rockefeller’.

Iglesias afines a EEUU

Esto sucede en 1969, un año después de la gira del vicepresidente de Nixon por Latinoamérica. Este informe advierte de que la Iglesia católica es revolucionaria y aconseja contrarrestar su peligrosa influencia con la de otro tipo de iglesias protestantes más afines con los intereses de EEUU.

Una década después, en mayo de 1980, se redactan los documentos secretos de Santa Fe. Atención al título: ‘Una nueva política interamericana para la década de 1980’. Los documentos piden “combatir por todos los medios a la Teología de la Liberación”, a la que llaman “arma política contra la propiedad privada y el capitalismo productivo”, y exhortan a “controlar los medios de comunicación de masas”.

Con esta intención, el Gobierno de Reagan crea, en abril de 1981, el Instituto de Democracia y Religión para integrar a todas las iglesias evangélicas y financiarlas en Latinoamérica. Los evangélicos se extienden porque Estados Unidos les paga. Así de simple y sencillo.

El mundo evangélico -muy heterogéneo en términos de tipos de iglesias y adscripciones teológicas- se extiende como un gran entramado de pequeños templos barriales. La ‘Teología de la Prosperidad’ se contrapone a la Teología de la Liberación. 

En Brasil en particular, los evangélicos van recuperando a drogadictos y alcohólicos aplicando una particular versión de la terapia cognitiva conductual en la que el acompañante terapéutico es un miembro de la iglesia, y en la que la recuperación (perfectamente explicable desde una explicación psicológica) se presenta al acólito inculto como un milagro. Por otra parte, al miembro de la Iglesia se le ofrece un sentido de pertenencia y una comunidad de apoyo, importantísima en un país en el que los subsidios dan lo justo para sobrevivir, en el que los pagos que reciben en caso de enfermedad o desempleo no son suficientes y en el que la seguridad social está al borde del colapso. Si un acólito sufre un accidente, sabe que la comunidad cuidará de su familia. Todos ponen dinero en una caja común.

Brasil tiene 12 millones de analfabetos. Y esta cifra aumenta si tenemos en cuenta a los analfabetos virtuales, los que en teoría pueden leer y escribir, pero en realidad no tienen comprensión lectora. Esta gente, la más desfavorecida, es precisamente la que cae en las redes evangélicas.

Entretodos

El auge del evangelismo político aparece en América Latina como la contracara de los avances de los movimientos feministas y de las minorías sexuales. Los candidatos y partidos propiamente evangélicos forman parte de una reacción conservadora contra las vanguardias que han llegado a una región que ya habla de matrimonio gay, poliamor, feminismo, aborto o nuevas leyes de género.

En Brasil, el corazón del poder evangélico reside en el Congreso. En forma de un frente evangélico que reúne a todos los parlamentarios ‘hermanos de fe’, más allá del partido al que pertenezcan. Todos los miércoles por la mañana se reúnen en una sala plenaria del Congreso para rezar juntos.  Esta bancada es muy pragmática, tal como lo muestra el eficiente intercambio de favores con otros bloques, como la poderosa bancada ruralista. Los evangélicos se organizan para estar presentes en muchas comisiones claves, como las de familia, derechos humanos o telecomunicaciones. Pero no se puede hablar de un voto unido, no hay una lógica, un programa evangélico. Son más bien acuerdos de conveniencia, del tipo: “yo te voto los agrotóxicos y tú votas las concesiones de las radios religiosas”.

Bolsonaro es, oficialmente, católico, pero ha encontrado en los evangélicos a sus valedores y ha participado en numerosos eventos religiosos.

Quedan por verse los efectos sobre las democracias de quienes piensan la política en términos de guerra espiritual.

O, como piensa Bolsonaro, en términos de guerra civil.