Félix Millet, un pícaro en el país de los sonámbulos

Apellidarse Millet no es cualquier cosa en Catalunya. No lo era antes, y tampoco lo es ahora, aunque por razones bien distintas. En otros tiempos, a Félix el apellido le servía para tener asiento en cualquier cenáculo o reunión social de importancia. Le abría todas las puertas. En la actualidad se las cierra: sólo le ha garantizado la primera fila en el auditorio donde se ha celebrado el juicio por el expolio del Palau de la Música, que concluyó el pasado viernes.

Hay dos vidas en Félix Millet. Una duró hasta el registro de la entidad cultural el 23 de julio de 2009. La otra vino a continuación. ¿Cuál fue el tránsito de prohombre de Barcelona a villano oficial de Catalunya? Es la historia de un pícaro que se aprovechó de un entorno sordo, mudo y ciego; prácticamente sonámbulo; un truhán, pero que gozó de complicidades. Esta biografía tiene ya un desenlace demodelor: el banquillo de los acusados por saquear el Palau y la ignominia para él y su familia.

Félix Millet pertenece a una de las familias emblemáticas de la burguesía barcelonesa

Félix Millet i Tusell nació en Barcelona el 8 de diciembre de 1935. Tiene, pues, 83 años. Procede de una familia que hizo su fortuna en el sector textil, aunque en ella se aunaban los negocios con las inquietudes sociales y culturales. Su tío abuelo, Lluís Millet i Pagès, fue uno de los fundadores del Orfeó Català. Su padre, Félix Millet i Maristany, se decantó por el mundo de los seguros. Durante la República dirigió el diario democristiano El Matí, y cuando llegó la Guerra Civil pasó a Burgos, a la España de Franco.

Concluida la contienda fue presidente del consejo de administración del Banco Popular, ahora también de actualidad, vendiéndose la mayoría de las acciones en 1957. En 1961 fue uno de los fundadores de Òmnium Cultural, y su primer presidente. Félix es el cuarto de cinco hermanos, uno de los cuales, Xavier, fue consejero de Banca Catalana y candidato a la alcaldía de Barcelona por CiU en 1979, siendo derrotado por el PSC de Narcís Serra.

Desde joven, Félix Millet se dedicó a los negocios. A finales de los sesenta del pasado siglo le encontramos en Guinea, entonces colonia española, como gerente de Caifer (Compañía Agrícola e Industrial de Fernando Poo), empresa de su padre dedicada al cacao. Con la independencia regresó a Barcelona, y en 1978 ya estaba vinculado al Orfeó Català, cuya gestión le ha llevado al banquillo.

Su ascensión en la pirámide social fue imparable, y acumuló cargos en empresas como Agrupación Mutua, La Caixa, el Liceu, Bankpime, Hábitat o el FC Barcelona. Para complementar su buena estrella contrajo matrimonio con Marta Vallés, que aportó un nada desdeñable patrimonio a la familia: heredera de los propietarios de los papeles Guarro, recibió un gran legado derivado de la venta de la firma, casi dos millones de euros, según detalló durante la vista; herencia que ambos invirtieron principalmente en propiedades inmobiliarias, como en L’Ametlla del Vallés o en Menorca.

A pesar de la magnitud del desfalco, nadie, ni público ni privado, pareció darse cuenta de nada

Lo que ocurrió en el Palau de la Música dejó sobrecogida a la ciudad. Tras el registro ocurrido el 23 de julio de 2009 se descubrió un enorme desfalco, con distintas valoraciones: 24 millones de euros según la Agencia Tributaria; 35 contaron los auditores de la nueva dirección. Responsables: el anterior presidente, Félix Millet, y su mano derecha, Jordi Montull, al que conoció en un una operación inmobiliaria y se llevó a la institución.

Una estupefacción que incluso alcanzó a sus hijas, Clara y Laia, que vieron como se ponía en tela de juicio incluso la forma en que se pagaron sus bodas; una situación muy desagradable. Ambas contaron al tribunal que se enteraron de lo ocurrido por la prensa, y que jamás pensaron que pudiera ocurrir nada raro.

Laila Millet, junto a su padre, Fèlix Millet el día de su boda, en Santa María del mar Laila Millet, junto a su padre, Fèlix Millet el día de su boda, en Santa María del mar (Pedro Madueño)

Laia fue muy sincera ante los magistrados: “Es un espejo roto. No me extrañaba el nivel de vida que teníamos. Era la realidad que yo viví”. ¿Cómo plantearse que tu padre, un personaje de relieve, pudiera haber hecho eso? Nunca tuvieron dificultades y se daba por hecho que el dinero fluía hacia can Millet sin problemas ni límites. Dijo la verdad, esa era su cotidianidad.

Pero es evidente la pregunta, que se ha formulado hasta la saciedad en el juicio: ¿nadie se dio cuenta de lo que ocurría? Pues nadie ha hecho un mea culpa, pero algún aviso hubo. En 1983, Millet impulsó el Consorci del Palau de la Música, formado por la Generalitat, el Ayuntamiento y la Diputació de Barcelona, a fin de canalizar subvenciones públicas hacia la institución.

Ese mismo año fue acusado de apropiación indebida y estafa por su gestión al frente de una compañía llamada Renta Catalana, que captaba fondos para inversiones y que acabó quebrando en medio del primer gran escándalo financiero de la Catalunya democrática. Estuvo dos meses en la recién desaparecida Modelo por ello. Tras un largo y accidentado proceso con hasta cuatro sentencias fue primero condenado y luego absuelto por el Tribunal Supremo, pero eso ya ocurrió en 1991. No deja de ser paradójico que ninguna autoridad se planteara si era la persona adecuada para gestionar fondos públicos. Difícilmente eso hubiera ocurrido en otro país de Europa occidental.

Pero hubo más. En 2003, Montserrat de Vehí alertó en su informe de la Sindicatura de Comptes al Parlament de Catalunya que alguien estaba desafinando en el Palau de la Música, sin que los representantes en la Cámara se estudiaran esta partitura. Y un año antes, en 2002, la Delegación de Hacienda, donde a la postre se descubrió el pastel, comenzó a recibir cartas anónimas en las que se hablaba abiertamente de irregularidades.

Millet dirigía el Palau de la Música como un autócrata: nadie le chistaba

Aún así, nadie alzó la mano para preguntar. No lo hicieron los trabajadores del Palau, que han descrito en el juicio como Millet gobernaba en el edificio modernista con mano de hierro: como un señor feudal en su masía. No hubo quien se atreviera a cuestionar nada. Es más, se han acumulado las frases de que todo era estupendo, todo ganancias, todo beneficios y reparto de cargos. ¿Pero cómo pueden volatilizarse esos millones de euros sin que nadie se apercibiera? Pues porque la aprobación de las cuentas era un simple trámite. Aprobación a mano alzada y ya está. “¿Qué complicación podía haber?”, se preguntaba en el juicio Mariona Carulla, actual presidenta y entonces vicepresidenta.

De lo visto en la sala se deduce que ni los miembros de las comisiones ni los casi 200 patronos se miraron los dossiers que se les daban. Las reuniones eran cortas: una exposición, votaciones a la búlgara y todos para casa hasta el próximo concierto. Especialmente relevante son los testimonios de los dos tesoreros que se han podido oír en la sala. Enric Álvarez fue secretario del Orfeó 40 años y tesorero de la Fundació durante 19. Ya fallecido, se pasó su testimonio en el juzgado, donde decía que los números “se aprobaban con mucha satisfacción de los asistentes”. No se dio cuenta de nada, aseguró. Tampoco Joan Segura, que acumuló cargos en el Palau y que constituyó las sociedades a donde Millet desviaba sus bonus. “El Palau funcionaba de maravilla, había beneficios cada año”, dijo; “todo eran éxitos”, añadió. Luego acumuló “ni idea”, “no se” o “sobre esto estoy confuso” a preguntas del fiscal sobre facturas y pago de sobresueldos, para despedirse de la sala guiñando el ojo a Millet.

En cuanto al control del dinero público, tampoco es para echar cohetes. Desde 2002, fecha en que hay un cambio en el Consorci al ser sustituida la Diputació por el Ministerio de Cultura, la responsabilidad de esta función recayó en la Intervenció de la Generalitat, que hasta el escándalo no puso ni un reparo, a pesar de que desaparecieron más de tres millones de euros de subvenciones. El argumento ante el tribunal: que sólo miraban los recibos y las facturas de los pagos, sin más comprobaciones. Luego trascendió que uno de los verificadores mantenía una relación personal con una responsable del Palau. El fiscal Emilio Sánchez Ulled, en su informe final, vertió duros reproches contra Segura y los interventores, y los defensores de otros acusados le afearon que procediera contra actores secundarios pero dejara escapar a estos.

En un día, Félix Millet pasó de acumular títulos honoríficos a caer en la ignominia

Hay una línea divisora clara que marca la vida de Félix Millet i Tusell. Es una fecha: 23 de julio de 2009, cuando la Fiscalía Anticorrupción registró el Palau de la Música. Hasta ese momento, Millet acaparaba títulos y honores, algunos de nombre tan curioso como Corbata de Isabel la Católica o Cofrade de la Cofradía del Cava; u otros que parecen hoy una broma, como Conciutadà que ens Honora.

La frontera es tan perceptible que el 24 de julio de 2009, esto es, al día siguiente del registro, Jordi Hereu, alcalde de Barcelona, le tenía que dar la llave de Barcelona. Pero ya no había cerrojo lo suficientemente amplio para albergar tanta infamia. Antes, Millet era buscado por todo el mundo y recibía honores y peloteos. Ahora sólo insultos: vive recluido en l’Ametlla y viene poco a Barcelona, porque la gente le increpa en sus tiendas favoritas, en sus cafeterías habituales y hasta en los taxis.

Félix Millet en un coche frente a su casa el 5 de octubre de 2009 Félix Millet en un coche frente a su casa el 5 de octubre de 2009 (Xavier Gómez)

Mermado de salud, Félix Millet sólo ha tenido algo garantizado desde el pasado 1 de marzo: un lugar en primera fila del banquillo de los acusados por el caso Palau. En unas horas su biografía cambió para siempre: paso de prócer a un truhán, aunque en el juicio se ha visto que se le dieron muchas facilidades para ello un entorno sordo, ciego y mudo. Esta la historia del prohombre de Barcelona que se convirtió en el villano oficial de Catalunya.

Fèlix Millet a su llegada a la Ciudad de la Justicia para asistir al juicio por el expolio del Palau de la Música Fèlix Millet a su llegada a la Ciudad de la Justicia para asistir al juicio por el expolio del Palau de la Música (Andreu Dalmau / EFE)
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