Feria de Valladolid: Enrique Ponce, un océano de sabiduría

Los dos toreros salen a hombros en su mano a mano

Los dos toreros salen a hombros en su mano a mano

Conocemos una gota de agua e ignoramos el océano. La sentencia de Isaac Newton se hace carne y hueso cada vez que Enrique Ponce entra en acción en el ruedo. Da igual si el toro es bueno, malo o regular. No hay animal que no se rinda al mar de su sabiduría, aunque desde el tendido alguna voz impaciente gritase: «¡Espérate al quinto!» No hizo falta, el maestro de Chiva sacó hasta lo que no tenía del tercero, manso y deslucido. Al son de «Suspiros de España», lo metió en vereda por el izquierdo, sin atosigarlo mucho y sin demasiadas apreturas en los inicios, para ir conjuntando, poco a poco, series que parecían imposibles. Hecho para sí mismo con la mano del tenedor, lo saboreó luego con la de la cuchara y dibujó varios cambios de mano sensacionales, con este «Ermita» cada vez más rajado. Se ganó una oreja que le abría la puerta grande, pues ya había cortado otra del mejor primero. Cuando apareció aquel toro, algunos se frotaron los ojos para ver si la de ayer era la tarde de rejones… Su escasa presencia se olvidaría pronto ante el toreo mayúsculo de Ponce, que brindó su obra a Manolo Sánchez, en una agridulce reaparición para conmemorar sus bodas de plata.

Torerísimo el prólogo genuflexo, con un cambio de mano para paladares exquisitos. Dos series en redondo aunaron elegancia y son, con pases de pecho a la hombrera contraria. Se recreó en dos molinetes parsimoniosos, hilvanados a otro cambio de mano a cámara superlenta para enseñorear su zurda. Soplaba Eolo y Ponce se plantó otra vez a derechas en mitad de las rayas. Puso en escena entonces unas poncinas y uno de pecho colosal, con algún guiño a la galería, aunque falta no hacía. Mandó parar la música en el epílogo, que no pudo resultar limpio por la condición cabeceante de «Berberisco» y el viento. Y el artista se buscó por bajo de nuevo, con el público enloquecido. Cómo se viviría aquello que hasta desde un noveno piso una señora pedía las orejas con una sábana blanca. El acero le privó de un premio mayor que un solitario trofeo.

No se aburrió tampoco con el acobardado quinto, manejable y bajo de raza, tónica general del conjunto de Miranda y Moreno. El genio de Valencia se inventó una nueva faena, con muletazos de técnica, originalidad y torería, distinguida con dos peludas tras un fulminante espadazo.

Seis años después, Manolo Sánchez volvía por un día para celebrar sus 25 años de alternativa. No acusó el tiempo apartado de los ruedos y causó una grata impresión, a pesar del amargor de escuchar los tres avisos en el cuarto por su desatino con el descabello. Más allá de la parte agria, el veterano matador entendió bien a su lote, con pasajes muy elegantes, despaciosos y con gusto, en medio de un viento infernal y arropado por el cariño de sus paisanos. Tras oír los tres recados presidenciales después de una labor con su aquel, quiso resarcirse frente al sexto, que se dejó. Compuso una bonita faena, premiada con las dos orejas que le aupaban a hombros junto a Ponce. Y todos felices, salvo en la taquilla, que no ha remontado el vuelo esta feria…

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