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Fútbol a brazo partido

Si se da por buena la premisa nada inverosímil de que un Messi manco sigue siendo mejor que el 99% de los futbolistas que militan en las grandes ligas europeas, no resultaría nada extraño que alguien tuviera la tentación de hacer jugar al rosarino con el brazo en cabestrillo en los exigentes duelos que aguardan al Barça a la vuelta de la esquina. No sería el primer caso. La imagen de Franz Beckenbauer disputando 30 minutos de la semifinal del Mundial de 1970 que enfrentó a Alemania e Italia con la clavícula rota tras recibir una dura entrada de Fachetti es quizá la representación más célebre de una vieja tradición: la de los jugadores pundonorosos que no abandonaron el campo pese a arrastrar una fractura en sus miembros superiores. El fútbol a brazo partido.

En España no ha habido probablemente un mejor exponente de esa corajuda estirpe que el ceutí José Martínez Sánchez, Pirri para el fútbol; una leyenda del madridismo que en 1970 se rompió el cúbito en la final de la Recopa que los blancos disputaron con el Chelsea. Aquel partido terminó en tablas, de modo que hubo que jugar un desempate 48 horas después. Pirri inisitió en formar parte del once inicial y aguantó en el campo los 90 minutos, pero el Madrid acabó sucumbiendo (2-1). También había perdido tres años antes en la final de la Copa del Generalísimo, esta vez frente al FC Barcelona, en un encuentro que Pirri jugó con 40 de fiebre y la clavícula rota. Como se ve, el camino del martirio no siempre conduce a la victoria.

En recompensa a tanto sacrificio, Santiago Bernabeu concedió al ceutí la primera Laureada, la máxima distinción que entrega el Real Madrid. Solo otro futbolista ha sido distinguido con ese honor en toda la historia del club blanco: se trata del defensa Goyo Benito, un hombre mucho más acostumbrado a provocar fracturas que a sufrirlas (“no me pegue usted más, señor Benito”, dicen que le suplicaba en un partido el gambiano Biri Biri, entonces en el Sevilla).

La escayola de Leal

Todo ello sucedía en los años 70, década en la que al otro lado del Manzanares despuntaba el toledano Eugenio Leal, un bigotudo centrocampista que captó la atención de los niños de la época porque lucía en todos los partidos una pequeña escayola en la muñeca derecha. Aunque existen distintas versiones sobre el porqué de ese hábito, la más acreditada apunta a una fractura del escafoides que el jugador atlético sufrió en el Trofeo Colombino. Como Leal quería ganarse el puesto en la pretemporada, renunció a pasar por el quirófano y siguió jugando con un fuerte vendaje resguardado por una férula. Una protección que ya lo acompañaría durante toda su carrera, pese a las quejas de los equipos que aseguraban que utilizaba la parte rígida para golpear a los jugadores rivales.

Eso mismo fue lo que alegó el capitán de la selección argentina, Daniel Pasarella, cuando solicitó al árbitro italiano Sergio Gonella que impidiera jugar al holandés René van der Kerkhof la final del Mundial de 1978. Van der Kerkhof se había roto la muñeca en el encuentro inaugural frente a Perú y había disputado toda la competición utilizando un vendaje compresor y una férula. No hubo ningún problema hasta que los argentinos plantearon que o se quitaba la protección o no jugaba el partido. Al final, el jugador holandés pudo saltar al campo con una venda nueva, pero la discusión retrasó el inicio de la final una buena media hora.

Beckenbauer, Pirri, Leal, Van der Kerkhof… Bravos futbolistas cuyas gestas palidecen, sin embargo, al lado de la carrera del uruguayo Héctor Castro, ‘el divino manco’, que formó parte del equipo que se proclamó campeón olímpico en Amsterdam 1928 y fue el primer jugador de la selección charrúa que marcó un gol en un Mundial, en 1930 (competición que ganó, precisamente, Uruguay). Y todo eso sin el brazo izquierdo, que se seccionó a la altura del codo por accidente con una sierra eléctrica cuando tenía 13 años. Un héroe con todas las letras.