Habla uno de los dos jueces ciegos del mundo: «La discapacidad está en la sociedad que impone barreras»

Ricardo Tadeu Fonseca aprendió la abogacía defendiendo causas pobres y se abrió paso pese a su ceguera

En 2009, Ricardo Tadeu se convirtió en el primer juez invidente de Brasil y segundo del mundo. Ahora, dice, hay alguno más. Pero si dejar de ver las letras es para, algunos, una tortura, para un estudiante de Derecho que pierde esa capacidad de forma progresiva se convierten en una auténtica condena. Tadeu no lo vio así. «Creé un método que me permite trabajar con todos mis colegas en la Corte. Trabajo con asistentes que me leen los procesos, lo que me permite dictar oralmente las sentencias. Después, ellos las redactan. De este modo consigo mantener ágil a todo mi gabinete», dice con un punto irónico.

Tadeu asistió recientemente en Madrid y Barcelona a un foro iberoamericano que versaba sobre la juventud y a ellos les ha dado ejemplo, sin obviar que tardó «veinte años en demostrar que podía ser juez a pesar de no poder leer la documentación». Llegó a ser descalificado. Y eso que había aprobado sus oposiciones con la mejor nota.

«No pude concluir mi oposición en 1990 porque decían que un ciego no podía ser juez»

Tadeu recuerda cómo superaba la primera fase de los procesos de selección, y «caía» cuando conocían que era ciego. Hoy, dicta 400 resoluciones al mes y trabaja como uno más en el Tribunal Regional de Trabajo de Curitiba, al sur del país. Este magistrado participó en la redacción de la Convención Internacional sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de las Naciones Unidas y hace alarde en su propia carne de la máxima que acuñó el autor Antoine de Saint-Exupéry: «Lo esencial es invisible a los ojos».

¿Qué es lo que echa más de menos de su etapa anterior a perder la visión?

Nací después de seis meses de gestación, por eso tuve una gran afectación en los ojos. Tuve baja visión hasta que cumplí los 13 años. También tengo dificultad para caminar porque tuve parálisis a causa del nacimiento prematuro, la dificultad visual y la física han estado presentes siempre en mi vida. Inicialmente había mucha distancia entre mí y el resto de las personas porque los niños no entendían por qué era tan diferente a ellos, pero a partir de los 8 o 9 años empecé a hacer muchos amigos. Jugué al fútbol y estudié en una escuela normal en lugar de en una escuela especial para personas ciegas, porque en realidad yo no era ciego. Mi familia prefería que yo estudiase en una escuela normal. Eso fue muy importante porque me ha permitido superar los desafíos que se han presentado a lo largo de mi vida.

¿Y después, en la Universidad?

Cuando ingresé en la Universidad no había un método para examinar a las personas ciegas. Me refiero a los exámenes gesticulares. En Brasil los exámenes son muy rigurosos. Hay una gran competitividad. Fue entonces cuando decidí dirigirme a la entidad que dirigía las pruebas para que las cuestiones me fueran leídas en voz alta y que yo pudiera escribir las respuestas. Así logré estudiar en la Universidad de Sao Paulo, la mejor de Brasil. Cuando estaba en el tercer año de la carrera de Derecho perdí completamente la visión, pero conté con el apoyo de mis colegas que me leían los libros y los apuntes. Yo los grababa y después los escuchaba. Así pude hacer los exámenes y concluir la carrera.

¿Con qué dificultades añadidas se topa un letrado ciego?

«A los jóvenes que se sienten perdidos les digo que estudien, estudien y estudien. Que no se desvíen de sus caminos»

Tuve muchas dificultades para trabajar. Aprendí la abogacía asistiendo a personas pobres. Después estuve dos años en un bufete jurídico de un amigo de mi padre. Concluí el primer curso de posgraduado y eso me permitió trabajar con un juez del que fui asesor. Después, intenté ser juez yo mismo. Me inscribí en la oposición, pero no pude concluirla porque en 1990 se decía que una persona ciega no podía ser juez.Fue duro para mí, pero continué trabajando y me inscribí en otra oposición para el Ministerio Público. Conseguí aprobarla porque me posibilitaron hacer los exámenes oralmente. Fueron cinco, muy difíciles, y quedé en sexto lugar de 4.500 candidatos. Solo aprobaron el 50%. Después trabajé en el Ministerio Público ocho años. Allí pude colaborar en cuestiones importantes para mí, como la redacción de la Convención de las personas con discapacidad de la Organización Internacional de las Naciones Unidas. También trabajé en la ley de aprendizaje para jóvenes con problemas en 1999. Hoy tiene 17 años, y cerca de 400.000 jóvenes han encontrado tra bajo gracias a ella. Es una ley muy interesante porque posibilita que los jóvenes enseñen a otros jóvenes cómo se trabaja. Hay una acción combinada entre las empresas, las ONG y el Estado que fiscaliza la corrección del contrato especial de los jóvenes aprendices.

¿Qué recuerda de su inmersión en el mercado laboral, en la judicatura?

Tenía muchas preocupaciones porque las personas no estaban acostumbradas a trabajar con un joven ciego. Yo fui el primer miembro del Ministerio Público de Brasil ciego, uno de los primeros abogados ciegos del país y el primer juez ciego. Hoy hay más; entonces no. No sabía cómo iba a superar los desafíos y las barreras que se me presentaban. Pero los fui superando. Aprendí a caminar, caminando.

¿Cree que ha tenido que esforzarse el doble que cualquier persona que no tiene una discapacidad?

Sí, pero cuando se tiene el método correcto el esfuerzo es igual que el de todos. Lo difícil es encontrar el método. Una vez que se encuentra todo empieza a prosperar.

¿Dónde está el truco de su método?

Cuando yo me quedé ciego no había ordenadores. Lo que hice fue contratar a personas que leyeran para mí. También otras me ayudaron de forma altruista. Esto fue muy importante porque estudiaba y trabajaba diez, once y hasta doce horas al día con la ayuda de un asistente lector. Hoy sigo trabajando así. Es mi metodología particular. Hoy en día los jóvenes ciegos utilizan ordenadores que hablan. Yo no lo hago porque trabajo mejor con mis asistentes. Llevo 34 años con mi método y me es más fácil trabajar con personas que con ordenadores.

¿Qué le diría a esos jóvenes que se sienten perdidos hoy?

Que jamás se desvíen de sus caminos, que no desaprovechen las oportunidades. A muchos les escucho decir: «No lo conseguirás. No será posible». Que no crean en eso, que crean en ellos mismos y que avancen. Cuando se tiene la juventud en el corazón no hay límites. Lo que parece imposible no lo es. Que estudien, estudien y estudien.

Hablando de vencer barreras, ¿cuáles quedan por superar para quienes sufren alguna discapacidad?

La principal revolución de la Convención de las Naciones Unidas sobre Discapacidad es que no contempla que la discapacidad esté en las personas, sino en las barreras que la sociedad les impone. Parte de un concepto político de discapacidad, no por ello más clínico, que consiste en decir que las barreras son impuestas por la sociedad, y que las discapacidades están en la sociedad. Debemos luchar para que las barreras arquitectónicas sean superadas, aunque en España no hay muchas. También hay que eliminar barreras en el transporte. Aunque la mayor barrera que se pone a las personas con discapacidad son los prejuicios. Las personas sin discapacidad no conocen el potencial de las que sí la tienen.

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