Inicio Actualidad Hablemos de odio, ilustrísima fiscal Verdugo

Hablemos de odio, ilustrísima fiscal Verdugo

La mayor parte de las conductas reprobables en la sociedad humana se pueden catalogar como pecados, pues son merecedoras del juicio divino, aparte de que también caen dentro del campo de la jurisdicción humana, cuando afectan al prójimo.

Mas estamos hablando de conductas, no de sentimientos, ya que, en la intimidad de la conciencia humana, solamente tiene cabida el juicio de Dios, que es el único capaz de ver nuestra subjetividad. Desde este punto de vista, no se puede juzgar la soberbia, ni la gula, ni la avaricia, ni la envidia… a no ser que estos pecados capitales se expresen en conductas que dañen a los demás, o que inciten a hacer daño a nuestro prójimo.

El odio no es un pecado capital, pero eso no le exime de su condición pecaminosa ante el tribunal divino. Como un sentimiento que es, el odio nunca lo puede juzgar nadie, excepto Dios, que nos manda amar a nuestros semejantes, incluso a los enemigos. Tiene concomitancias con la ira, con la diferencia de que ésta es mucho más propensa a manifestarse como violencia.

Juzgar un presunto odio manifestado solamente como sentimiento es, por lo tanto, manifiestamente ilegal, a no ser que éste se exprese en llamamientos explícitos a la violencia, en justificaciones de actos violentos, en enaltecimientos inequívocos de actos terroristas o de vulneración de los derechos humanos.

Abel Azcona exponiendo la obra blasfema robando hostias consagradas, con alevosía y descaro, día tras día. La “obra” consistía simplemente en la palabra “PEDOFILIA”, habiendo por otra parte hecho constancia de su blasfemia planificada.

Su ilegalidad también recae sobre el hecho de que la interpretación de una sentimiento como odio es muy subjetiva, y con mucha frecuencia depende de la ideología del que juzga ese sentimiento, que pertenece a la esfera de la intimidad, hasta el punto de que nadie puede saber qué se esconde tras unas palabras que no por el hecho de criticar una realidad implica que se la odie.

Las burlas blasfemas contra los cristianos nunca son perseguidas de oficio.

La izquierda siempre ha sido propensa al odio, ya que el propósito revolucionario mediante el que busca la destrucción de los sistemas establecidos incurre casi siempre en una violencia subversiva generada por el odio. Así es como se producen sus «gulags», sus checas, sus matanzas, sus genocidios, sus más de 100 millones de muertos.

El odio a la Cruz es el que preside toda su inquina, la furia mortal contra los católicos, pero ahora ―en sus versiones más extremas― este odio se ha diversificado, y odian la carne ―detesta que mueran los cerdos―, la familia, la heterosexualidad, la raza blanca, la Patria, las banderas nacionales, los coches…

Sus manifestaciones de odio suelen verter su cúmulo de inmundicias en las redes sociales, convertidas en cloacas infectas donde igual le desean la muerte a un niño enfermo de cáncer porque quería ser torero, que se lamentan de que no violaran y mataran a más monjas durante el terror frentepopulista; que igual berrean que les gustaría poner una bomba en un tendido taurino, que bromean diciendo que a las monjas torturadas por los rojos les gustaban los milicianos sudorosos; que lo mismo blasfeman con procesiones de coños insumisos, que te amenazan en una capilla cuando con las tetas al aire te dicen eso de que arderemos como en el 36.

La particularidad de estos exabruptos de odio es que prácticamente nunca acaban en condena judicial, aunque algunos pasen por el juzgado; otra particularidad es que prácticamente nunca se presentan cargos contra estos odiadores por parte de las fiscalías, que hacen la vista gorda; y otra característica es que los escasos ejemplos que son penalizados con condenas acaban siendo absueltos por el Supremo o por el Constitucional, siempre bajo la excusa de que son manifestaciones del derecho a la libertad de expresión.

Esta libertad de expresión es la que no se reconoce a los ciudadanos que se atreven a criticar las medidas políticas de los gobiernos de izquierda, hasta el punto de que cualquier pensamiento que no esté de acuerdo con la ideología globalista es tachado con frecuencia de «delito de odio». Aquí ya no se invoca el derecho a la libertad de expresión, todavía más flagrante si tenemos en cuenta que estos presuntos delitos se aplican a opiniones que nada tienen que ver con llamamientos a la violencia ni enaltecimiento del terrorismo.

Veamos algunos ejemplos de delitos de odio perpetrados por izquierdistas que acabaron en la impunidad:

En 2017, «Drag Sethlas» es elegida «reina» de [email protected] «drags» con una performance grotescamente blasfema donde se burla de la Virgen y de Jesús crucificado. La asociación «Abogados cristianos» presentó una denuncia, que, por supuesto, es archivada por la fiscalía, argumentando que, aunque la actuación del «Drag» puede ser «objetivamente irrespetuosa», «no constituye un delito contra los sentimientos religiosos», pues «se hizo sin ánimo de ofender» (¡¿)

Imágenes de Rita Maestre durante su protesta en el interior de la capilla de la Complutense

Rita «la quemaora», sacerdotisa contrapoderiana, la hierofante vestálica, llegó a decir que entrar en ropa interior en una capilla amenazando con piromanía desatada a los católicos no es ofensivo.

Feministas en Sevilla celebran una procesión blasfema.

Bondad graciosa. Tampoco atenta contra el derecho constitucional a la libertad religiosa que un «artista» componga la palabra «pederastia» con Hostias consagradas, ni pasear coños insumisos por parte de luciferinas cofradías cuya intención era blasfemar contra la Virgen María; ni presentar imágenes de dos Vírgenes besándose, como sucedió en Valencia.

Este horror dantesco, merecedor de juzgado de guardia y de fiscalía contra el odio, es especialmente virulento cada vez que pierden unas elecciones, y se mostró con especial saña tras las que perdieron en junio de 2016, pues atacaron con verdadero sadismo a la población jubilada, a la que culpaban de su fracaso electoral por haber votado mayoritariamente al PP:

– “Los putos viejos que no salen de casa”, “cuándo se mueren los viejos que votan al PP”, “putos viejos, votan al PP”, “podemos echar al PP cuando todos los putos viejos fachas se mueran”, “me cago en la puta vida de todas las putas viejas y viejos que votan al PP.

– Los putos viejos que no salen de casa no ven lo que hay y no saben lo mal que lo hace el PP, que puta rabia.

– Cuando se muere los viejos que votan al PP.

– Qué ganas de que pasen 20 años y se mueran los putos viejos que siguen votando al PP la verdad.

– Lo mismo en 20 años podemos echar al PP cuando todos lo putos viejos fachas se mueran.

– Ojalá se mueran todo lo putos viejos de mierda y los putos pijos fachitas que votan al PP.

César Strawberry

Estas frases, ¿no muestran un odio cerval a la Tercera Edad? ¿Por qué no se ejerció contra estos energúmenos la fiscalía del odio?

María Teresa Verdugo, en un acto contra los delitos de odio (sic)

Entre los personajes protagonistas de mensajes susceptibles de ser constitutivos de presuntos delitos de odio tenemos a César Strawberry, cantante del grupo rapero «Def con Dos», que dijo cosas como:

«El fascismo sin complejos de Aguirre me hace añorar hasta los GRAPO»

«A Ortega Lara habría que secuestrarle ahora»

«Franco, Serrano Suñer, Arias Navarro, Fraga, Blas Piñar… Si no les das lo que a Carrero Blanco, la longevidad se pone siempre de su lado».

La Audiencia nacional le absolvió, el Supremo le condenó, y el Constitucional le absolvió, justificándolo con lo de la «libertad de expresión», libertad que tienen algunos ―todos de izquierda―, y se niega a otros, cuyas declaraciones se limitan a ser en la mayoría de los casos opiniones críticas sobre las políticas gubernamentales.

Almudena Grandes

Y, ¿qué decir de la escritora Almudena Grandes? La escritora lo veía así la víspera de un Día Internacional contra la Violencia de Género: «Un tribunal ha constatado la muerte de Franco. Qué risa, dicen algunos. Yo prefiero reírme de otras cosas. «Déjate mandar. Déjate sujetar y despreciar.

Y serás perfecta». Parece un contrato sadomasoquista, pero es un consejo de la madre Maravillas. ¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y -¡mmm!- sudorosos?».

¿Por qué tanto odio de la izquierda al orden establecido, a los valores tradicionales, a los principios morales que han guiado nuestra civilización? En primer lugar, porque la izquierda es atea, no cree en ningún juicio ni castigo divino y, por tanto, no tiene ningún freno moral para reprimir sus conductas negativas; y, en segundo lugar, porque, como decía Víctor Hugo, «cuanto más pequeño es el corazón, más odio alberga».

*Teólogo