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Hágale caso al señor ministro: no se fíe de los «periódicos de derechas»

El cronista parlamentario pertenece a la tribu de Masoch. La vergüenza ajena le estrangula, en plan boa constrictor, cuando escucha a Nadia Calviño despreciar, gastando las mismas ínfulas que aquel señorito Iván de la gran novela de Delibes, a Inés Arrimadas cuando la líder de las ruinas de Cs pregunta por las hipotecas. O se muere de ganas de llenarse los oídos de cera hirviendo cuando la portavoz de Vox, Inés Cañizares, más tosca que una zapatilla de esparto, se refiere a los franceses como «gabachos» –la que liarían, madre mía, en las filas del partido de Abascal si un diputado de la Asamblea Nacional dijera aquello de «parler français comme une vache espagnole«–. Sin embargo, las groserías, las barrabasadas y los tics de verdadera gentuza que se exhiben en el hemiciclo tienen algo como hipnótico y adictivo. El Congreso engancha. Algunas intervenciones empujan al suicidio, sí, pero tras la pertinente y necesaria desintoxicación, el yonqui de la Cámara Baja quiere más, y más, y cada vez más.

Inauguró el turno de preguntas en la sesión de control de este miércoles Jaime de Olano, quien interpeló a la vicepresidenta primera por el flamante/flagrante nuevo consejero de la CNMV, Mariano Bacigalupo, jurista de prestigio y blablablá y, sobre todo, marido de Teresa Ribera. Calviño reprochó al diputado popular que leyera su intervención. Éste le replicó: «Mejor leer que mentir sin papeles». Pumba. Denunció la «descomposición institucional» del Estado y profetizó que el final de Sánchez será escrito por «los más poderosos: los 47 millones de españoles». La ministra de Asuntos Económicos: «Si algo caracteriza a este Gobierno es el nombramiento de reconocido prestigio». Los diputados del PP corearon un irónico «síiiiii» aliñado con una burlesca ovación.

Espinosa de los Monteros dijo que, en los vagones de metro en los que no se habla otra cosa que de la renovación del CGPJ, los ciudadanos le piden que le dé «las gracias a Pedro y a la vicepresidenta, autores del milagro económico español». Calviño, avinagrada: «No entiendo por qué hace chistes y chascarrillos con un tema tan serio». Arrimadas preguntó si el Gobierno ayudará a las familias con el pago de las hipotecas tras la subida de los tipos. A la vicepresidenta le extrañó, y lo manifestó con un desdén despreciable, que la líder de Cs hiciera este interrogante. Alegó que esta materia sería abordada, de nuevo, en el turno de interpelaciones urgentes: «Parece que hoy su grupo quiere salir en la tele». «Le voy a hablar muchísimo de las hipotecas, porque es lo que quita el sueño a los españoles y parece mentira que sea usted sea vicepresidenta del Gobierno», le respondió su interlocutora.

Inés Cañizares preguntó por la reforma laboral calificando a Yolanda Díaz de «Caperucita Roja low cost» y criticándole su negociación «con los gabachos». Su sobreactuación no se la creyó ni ella misma. La vicepresidenta segunda se la ventiló con la demagogia de siempre y con una facilidad pasmosa. Lógico. Iñaki Ruiz, de EH Bildu, preguntó a José Luis Escrivá por los «pequeños ajustes» que prevé hacer en el cómputo de las pensiones. El ministro de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones de España, «tan blando por fuera, que se diría todo de algodón», supongo que por un lapsus, arrancó su contestación con un «seré clara». Suplicó a su socio de Gobierno que «no haga casos a titulares interesados que vienen de periódicos de derechas». En fin, de sobra es sabido que al emperador nunca le gustó que le contaran que iba desnudo –mientras no se líe a decapitar a los discrepantes, todo bien–. Después, creyéndose Laporta, habló de activar unas «palancas» para conseguir «un sistema más justo y mucho más sólido». Igual Piqué cambia el banquillo del Camp Nou por un escaño en el Palacio de las Cortes.

Carlos Rojas preguntó a Llop si el Ejecutivo indultará a Chaves y Griñán y la ministra de Justicia respondió a la gallega, aunque le faltó un «depende». La también popular Margarita Prohens se interesó por el aumento de pateras en «Balears», haciendo alarde del «catalanismo constitucionalista» del nuevo patrón genovés. Antonio Salvá, de Vox, padre de Diego Salvá, un guardia civil asesinado por la banda terrorista ETA en 2009, puso la nota de dignidad lamentando que las víctimas «nos pudrimos en el olvido»: «Dicen que ETA no existe: pues, para no existir, los homenajes son más frecuentes. Y, es más, las víctimas seguimos existiendo». Recogió los aplausos de sus compañeros de partido y de algunos diputados del PP. Marlaska se limitó a señalar que el Gobierno cumplía la ley. Y a otra cosa.

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