“Hay que ser muy ciego para no darse cuenta de que el consenso bienintencionado de la transición ha quebrado”

La fiesta de la Hispanidad fue uno de tantos peajes que las fuerzas democráticas pagaron al franquismo para conseguir la libertad, que la transición hizo posible. Con el paso de los años, la fiesta podría haberse deconstruido. Depurando los malos olores de la Fiesta de la Raza, podía haberse reconvertido en un símbolo de hermandad hispanoamericana. Algo se ha hecho en este sentido, pero superficial: sigue siendo una celebración castiza que sólo hace vibrar a una parte de españoles.

El hecho es que, ciertamente, la comunidad hispanohablante es una de las más dinámicas del mundo y que España está en condiciones de coliderar las enormes oportunidades que en sociedad global, dominada por las redes de comunicación, ofrece la lengua española. Barcelona, capital histórica de la edición en castellano, estaría objetivamente interesada en esta empresa. Una empresa que podría promover el hermanamiento del mundo hispanoamericano, no alrededor de una retórica ultramontana, sino de los intereses compartidos y de un serio replanteamiento de la historia. Los mimbres para construir una visión modernizada del mito de la hispanidad existen; pero ha sucedido lo contrario: con los años, la fiesta se ha convertido en un motivo más de discordia. La mayoría de los catalanes no sienten hacia ella apego alguno (los que la defienden en las calles de Barcelona lo hacen con desacomplejada simbología fascista). Y este año hemos visto que también se desentiende de ella un partido importante (Podemos), seguramente el que mejor representa el cambio generacional.

(Raúl)

Hay que ser muy ciego para no darse cuenta de que el consenso bienintencionado de la transición ha quebrado: lo demuestra simbólicamente el 12 de Octubre. La transición reunió (porque no había más salida) a los españoles de hablas y de colores diversos en torno a la idea de reconciliación y de la colaboración leal. Pero este barniz desapareció por el sumidero de la historia en la década de los noventa cuando Aznar desacomplejó a los herederos sociales, económicos y políticos del franquismo gracias a una operación política excepcional: la galvanización del centroderecha español con el metal de la extrema derecha.

Aquella operación, que enterraba el ciclo del consenso de la transición, fue tan magistral que aún hoy, veinte años después, es dominante. Mientras la izquierda sigue dividida en virtud de viejas y renovadas tradiciones ideológicas, la derecha española es una aleación de tres metales galvanizados (liberal-conservador; nacionalismo; extrema derecha). El PP no puede prescindir de la extrema derecha, puesto que esta, escindida, le haría perder la mayoría. De ahí el inmovilismo popular en tantos temas que en España se podrían resolver racionalmente pero que el zinc de la extrema derecha no deja ni tocar. Y de aquí que, en las tertulias televisivas españolas, las posiciones favorables al PP tiendan al acento irredentista.

La violencia etarra dio una cobertura ética a la aleación de la derecha española, que pudo encarnar la lucha por la libertad. Pero ahora la influencia de la extrema derecha sobre la vida política española es descarnada. Tensó hasta extremos intolerables el difícil y ambiguo equilibrio territorial que el título VIII de la Constitución amparaba, con lo que se crearon las condiciones objetivas del pleito a cara o cruz con Catalunya. Y con el tema de la memoria histórica ha impedido completar el ciclo virtuoso de la transición. Por ello, un sector creciente de españoles (jóvenes, mayormente) rechaza la transición mientras se plantea la necesidad de una ruptura y de un nuevo proceso constituyente. En realidad, se trata de otro proceso, paralelo al catalán, que apenas ha dado los pasos preliminares. Ciertamente, tanto desde el nacionalismo catalán como desde la izquierda se han cometido muchos errores. Errores colosales que a menudo son usados para equilibrar y repartir las culpas. Pero una cosa es indiscutible. Tanto la izquierda antifranquista como el catalanismo hicieron, en el pacto de la transición, muchas concesiones que, en un momento dado, fueron traicionadas. Este es el nudo de la cuestión. O aparece en la derecha una corriente con voluntad de rehacer el pacto de la transición (el ministro García-Margallo, a pesar de sus contradicciones, parece desearlo), o bien el proceso de ruptura cuajará de manera inevitable; y no sólo en Catalunya.

Puesto que ambos procesos de ruptura no tienen fuerza para imponerse, está claro que hemos entrado en una larga, muy larga fase de hostilidad entre las dos Españas (o tres, si distinguimos Catalunya). No será belicosa, parece. Pero desangrará igualmente las posibilidades de crecimiento económico e impedirá que España obtenga un estatus internacional digno de sus posibilidades. La derecha va a seguir mandando, pero mientras esté galvanizada por la extrema derecha, lo hará a costa, no ya de la desafección de muchos catalanes y de un número creciente de españoles, sino también a costa del futuro de España. El unamuniano “venceréis, pero no convenceréis” se versiona hoy así: “Ganaréis, pero negando el fu­turo”.




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