“Hay síntomas alarmantes de que el país está enfermo y no ha buscado ni siquiera un diagnóstico”

Si se da rienda suelta a las emociones despreciando los hechos, si no se establece un filtro entre lo que uno piensa y lo que dice, la convivencia puede llegar a ser insoportable. Hay síntomas de que el país está enfermo y no lo sabe.

La repentina muerte de Rita Barberá en una habitación de hotel en Madrid ha puesto de relieve el habitual cinismo de la política, pero también la desfachatez para cambiar de discurso sobre la marcha aunque se esté ante una figura política de cuerpo presente hasta ayer denostada.

Isaías Lafuente decía ayer por la mañana en un tuit que “no es un buen día para medir bien el humor, la expresión del dolor y el elogio. Me temo lo peor”. Yo también, contesté en las redes sociales que se convirtieron en un campo de batalla de odios, rencores y acusaciones cruzadas de todo tipo.

Parece como si la memoria hubiera borrado palabras pronunciadas hace dos meses. El presidente Rajoy, entonces en funciones, dijo en la cumbre de Bratislava del 18 de septiembre que Rita Barberá había abandonado el Partido Popular y el presidente ya no tiene ninguna autoridad sobre ella. Nosotros le pedimos que renunciara a la militancia y ella lo ha hecho, añadió.

En esos mismos días Soraya Sáenz de Santamaría dijo: “Ya no es una de las nuestras”. Desmesura y fariseísmo en los elogios póstumos de muchos de los suyos y ramplonería estúpida por parte de quienes, como los de Unidos Podemos de Pablo Iglesias, se ausentaron de la cámara para no guardar un minuto de silencio en el interior del hemiciclo.

Confundieron el pésame con un homenaje. Eso sí, Pablo Iglesias buscó los micrófonos en los pasillos para proclamar que no participaron del “homenaje político en un espacio como es el Congreso para una persona cuya trayectoria está marcada por la corrupción”. Ni siquiera aquello de que “la tierra te sea leve”, que decían los romanos. Estuvieron Joan Baldoví, de Compromís, y Gabriel Rufián y Aitor Esteban, de ERC y PNV respectivamente. No es cuestión de coherencia, señor Iglesias, sino de buena educación. Tiene todo el tiempo que quiera para destripar la labor política de la exalcaldesa de Valencia, pero ayer sobraba el espectáculo mezquino.

Salió José María Aznar para decir una verdad que dolerá mucho a Rajoy y a buena parte del Gobierno: “Ha muerto excluida del partido al que dedicó su vida”. Esta es la cruda realidad aunque ahora se pretenda situar a la senadora fallecida en lo alto de una peana.

Uno de los rasgos constantes de la política de todos los tiempos es la ingratitud ante quienes han perdido el favor popular o hayan sido apartados de sus cargos por jueces o vencedores. En la Valencia del PP ha habido corrupción a espuertas. Pero no sólo de la que fue alcaldesa durante 24 años. La corrupción ha sido estructural allí y en muchas partes de España. En la derecha y en la izquierda, si la memoria no me falla. Quizás sea nuestra más grave enfermedad, de la que no tenemos diagnóstico.




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