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Historia de dos botellas

Sr. García

Benjamín Lana

El pasado no es un tiempo estático ni siquiera acabado, como podría pensarse a vuelapluma. Bien lo saben las gramáticas que se esfuerzan en que distingamos entre el pretérito imperfecto y el pluscuamperfecto. En la vida nos encontramos a menudo con pasados-pasados y pasados-presentes, los que ya no cuentan y los que siguen latiendo en las pinturas de una cueva paleolítica, un cuadro, un viejo incunable, un vídeo digital de altísima resolución o… una botella.

Nuestro poeta de cabecera, T. S. Eliot, tenía razón cuando afirmaba que «el tiempo presente y el tiempo pasado están quizás presentes en el tiempo futuro y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado». Les parecerá que me he equivocado de suplemento con estas disquisiciones a caballo entre lo filosófico y lo poético o que he bebido en exceso antes de sentarme a escribir. Y sí, voy a hablarles de bebidas, por llamarlas de alguna manera, aunque bien podría decir tesoros o joyas, historia viva, pero no de ingestas excesivas.

De todos los contenedores creados por el hombre para encerrar el tiempo quizás el más singular sea la botella, objeto cotidiano donde los haya. No ha gozado del prestigio de su primo el cuadro ni del respeto de su tío lejano el libro, aunque siempre estuvo cerca de ellos porque acompañó en su proceso creativo a las musas y sus artistas. Solo en poquísimos casos unas pocas botellas elegidas entre millones han recibido misiones trascendentes en la vida. Veamos dos.

Decano Napoleón, 1730

Reinaba Felipe V, el animoso, el primer Borbón en hacerlo en España, cuando el bodeguero Pedro Domecq fundó en Jerez de la Frontera la bodega que llevaba su nombre, probablemente la más importante de cuantas han existido en el marco. En 1730 se llenaba la primera bota con vino, un oloroso con vitalidad para recorrer los siglos y la historia, capaz de conquistar el tiempo a base de tiempo y que ha llegado a nuestros días, casi 300 años después, no como un protovino o una momia semilíquida de valor histórico, sino como un vino de acidez punzante y emboque acerado, con notas a maderas nobles de antaño, a iglesia, a flamenco y sacristía, sí, pero aún indómito y con hechuras, sin desparramarse al contacto con este mundo extraño del 2022. Se llamaba y se llama, porque ahí está, viendo pasar el tiempo, Decano Napoleón 1730, bota fundacional de la mítica bodega.

Juan Manuel del Rey y la familia de El Corral de la Morería, Scala del flamenco y Louvre del jerez al mismo tiempo, compartieron esta botella hace tres días con algunos amigos, en un acto de generosidad desmedida. Detrás de esa etiqueta mítica hay más que una esencia de suelo de albariza a la que el alcohol y el azúcar le dieron vida eterna. Por cierto, no sé por qué los médicos se empeñan en demonizar a ambos. Si consiguen que los vinos vivan 300 años, ¿por qué tienen que ser malos para los humanos?

Hay doce o quince generaciones de personas, que empiezan con los que vendimiaron y asolaron las uvas y siguen con los bodegueros que han mantenido la solera viva, durante años, décadas y siglos sabiendo que no lo conocerían en su plenitud. De esta botella pueden llenarse copas y libros, una serie de televisión, una historia de nobles y desposeídos de España en varios volúmenes vista a través de la quietud de una bodega de Jerez, donde en horas se borran las pisadas sobre el albero, pero queda la tiza del bodeguero pintada sobre la bota durante décadas.

El lagar de Rebecca Ward

Diego de Alvar y Ponce de León, afamado marino e impulsor de la Industria Vitivinícola de Montilla, regresaba de Argentina en una flotilla española con su primera esposa y sus diez hijos. Corría el año de 1804. A mitad de travesía tuvo que cambiar de barco para sustituir a uno de los capitanes que había enfermado. Un ataque de la armada inglesa terminó días después con la fragata Nuestra Señora de las Mercedes hundida y su mujer y nueve de sus hijos, muertos. Él y su primogénito, que viajaban en el otro barco, sobrevivieron, fueron hechos prisioneros y enviados a Inglaterra.

En su encierro se enamoró de una mujer llamada Rebecca Ward, se casó con ella y tras su liberación regresó y le construyó un palacio con bodega en la sierra de Montilla: la Inglesa. Nuestra Señora de las Mercedes, por cierto, es la misma fragata cuyo pecio fue encontrado en 2007 por Odyssey Marine y tras un largo pleito regresó a España. Algunos de los tesoros de La Inglesa, sin embargo, siguen intactos en la oscuridad de la bodega.

La bota fundacional de la ilustre bodega, con más de 150 años, de la que solo se ha extraído vino para el consumo familiar de los sucesivos dueños del palacio, es un amontillado sorprendente, con la nobleza y el porte intacto después de siglo y medio, sin turbidez alguna como solo la Pedro Ximénez consigue tras tantos años encerrada, como el Aladín de la lámpara mágica.

Botellas, contenedores de tiempo, historia viva.

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