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Humor en tiempos de plandemia: El tonto Simón y otros sucesos del montón

Por Pascual Uceda Piqueras.- Lo de “El tonto Simón” es un nostálgico recuerdo de juventud. Se trata de una canción de Radio Futura. Eran los años ochenta. Los años de “La Movida madrileña”. Algo pilló un servidor de ustedes de aquellos maravillosos años de explosión juvenil al socaire de buena música y de un ambiente en el que parecía que todo era posible. Incluso el propio nombre del grupo musical que interpretaba el tema hacía las veces de “Ábrete sésamo” para toda aquella legión de jóvenes que coreábamos sus estribillos en aquellos antros oscuros de minoicas reminiscencias. Todos protagonistas de grandes historia personales por realizar.

Porque una “radio” proyectada al “futuro” era un pasaporte a un universo de ilusiones. Imposible vaticinar lo que habría de ser del mundo a la vuelta de estos cuarenta años que han pasado. Imposible, siquiera, imaginar que el índice de tontos, soplagaitas, vagos, trepas, arribistas, chupópteros, delincuentes, comisionistas, corruptos, amorales, satánicos, crueles y otras especies menos mamíferas que reptilianas o insectívoras, hayan salido de esos mismos vapores de juventud que a todos nos hicieron soñar con mundos posibles a la altura de nuestros deseos y de nuestras ilusiones.

Pero no nos pongamos melancólicos. Hoy nos toca reírnos. Empezando por nosotros mismos y terminando por los peleles globalistas que, cual personajes de un teatro de “jiñol”, se han propuesto acallar nuestras sonrisas, vetar nuestros abrazos y sellar nuestros besos.

Porque el humor, por encima de jeringas, bozales y pasaportes, resulta ser el mejor antídoto contra el virus que corona las cabezas de pensamientos medrosos y faltos de auténtico espíritu humano; verdadera pandemia, esta, que nos convierte en una clase hibridizada de animales de granja, cuyos síntomas más remarcables, indicadores ya del destino cárnico al que están abocados los especímenes más afectados, serían la falta de embestida del bravo y la incontinencia intestinal del resto de la cabaña.

Y sobre esta última sintomatología, que viene cebándose con esa manada covidiana siempre a la búsqueda de una letrina cercana donde descargar sus miedos, debemos hablar; porque nuestro recordado protagonista de la canción con la que abríamos este artículo, el tonto Simón, podría haber encarnado, por arte de birlibirloque y después de casi cuarenta años de sonora presencia musical, en la persona de un renombrado científico a la altura de un Saturnino Bacterio, reputado científico al servicio de T.I.A. –y que nos disculpe el gran Ibáñez por el atrevimiento—.

El caso es que al afamado director de aquel doctísimo comité de expertos para la desesca(g/l)ada, referente de la excrecencia científica internacional y autoridad indiscutible en España en el manejo del tubo de ensayo –véase, el cubata en la mano—, se le “escapó” una excreción verbaloide coincidiendo, hace escasamente un mes, con el inicio de lo que se temía –y ya se ha confirmado— una nueva esca(g/l)ada de contagios por coronavirus. Pues bien, los hechos tuvieron lugar durante la comparecencia del ínclito surfista, metido a científico por exigencias del guion, donde sorprendió a propios (inoculados) y a extraños (no inoculados) con un comentario sobre el uso de la mascarilla que, viniendo de tan egregia figura científica, podría considerarse un nuevo hito en el progreso de la Ciencia desde el bosón de Higgs o la física cuántica.

Porque al “listo” de la canción, a la par que referente vinícola del papel cartón (el vino cogorcero don Simón se hizo muy popular a raíz de su aparición, de la mano de la cupletista transexual Carmen de Mairena, en una película de Santiago Segura), no se le ocurrió otra cosa que decir lo siguiente: “La mascarilla debe ser como el móvil y las llaves, siempre hay que salir de casa con ella; por el monte caminando solo no te hace falta pero ante un movimiento intestinal y sin papel, la mascarilla te puede sacar de un apuro, no crees?

Sí, eso fue tal cual les estamos contando. No se extrañen. A estas alturas ya tendríamos que estar acostumbrados a estas “cagadas” por parte de quienes nos gobiernan con la despótica y eficaz ley del: “haz lo que yo diga pero no lo que yo (h/c)aga”. ¡Ríanse, ríanse!, porque el comentario de marras no solo no tiene desperdicio, sino que estos, en su formidable aspecto post-intestinal, constituye, ad absurdum, la más acertada de sus teorías sobre la plandemia. ¡Ríanse, ríanse!, sin escatimar en jolgorio y algarabía. No en vano, él lo hace de todos nosotros y en nuestra propia cara. Porque hay que tenerla dura: frivolizar con la tortura a la que nos están sometiendo a través del uso obligatorio de la mascarilla podría considerarse como el colmo de la desvergüenza. No hay desmentido que valga. Ya debería estar en la cárcel cumpliendo condena. Claro que los tontos siempre se escapan y, como el Simón de la canción, este no se “Quita la gorra de obrero”, ni “Sortea la cuestión”, “Simón”.

Músicas ochenteras aparte, la actualidad de hoy todavía habrá de depararnos nuevos motivos para la risa. Porque en este mundo distópico que nos ha tocado vivir parece que todo ha sido trastocado a mayor gloria del sinsentido, la desvergüenza y del mal parido –con perdón—. Reírse, en tal caso, empezando por uno mismo, es una buena terapia. Quizá, porque las vibraciones del que se ríe son el mejor escudo para aquellas otras que, desde los medios de comunicación, ya se encargan de hacernos segregar para deleite nutricio de quienes nos ven como ganado presto a ser ordeñado –en el mejor de los casos—.

Ríanse también del pasaporte covid con el que nos vienen amenazando: “O te metes el cóctel transgénico o no pisas el restaurante Casa Pepe por Navidad”. ¿No les suena esto a amenaza paternal de domingo por la tarde y deberes sin hacer? ¿En verdad nos consideran tan imbéciles? ¿Tan infantiles? La cosa tiene guasa y, también, por qué no, su punto de misterio. Que alguien nos explique, si no, por qué este virus ataca al personal en restaurantes, discotecas y eventos multitudinarios, pero no en cines y teatros. Se me ocurre que, como las películas subvencionadas al calorcillo de las proclamas globalistas no las ve nadie, por zafias, desleales con su patria y con su gente, las salas estarán vacías. No hay peligro real de contagio. Lo de las presiones del gremio de titiriteros al gobierno plandémico es otra historia.

Pero el colmo del despropósito es la fecha de caducidad que le han otorgado al pasaporte de marras. Ríanse de aquel pinchazo soteriológico, único y universal, que nos vendieron como remedio definitivo del virus murcielaguero que nos aquejaba por aquel entonces. ¡Santo Pangolín! Primo hermano del oso Yogui, pariente de Bambi y compañero de correrías de Mickey Mouse. Todos ellos salidos de esa factoría de sueños de Walt Disney. ¡Perdón! ¿Hemos dicho sueños? Queríamos decir pesadillas.

¡Y esta ronda la pago yo! Esa será la consecuencia –si es que para entonces siguen los bares abiertos— de consumir el calimocho transgénico que nos sirven gratis. Al final, no solo pagaremos nosotros la cuenta, sino que alardearemos de ello en lo alto de la barra.

Como dice la ministra de Sanidad “a boca llena”: “vacunar, vacunar, vacunar”. Es decir, ir encadenando pinchazos hasta que el cuerpo aguante; que siempre saldrán variantes nuevas, como la sudafricana recientemente anunciada, que motivarán la exigencia de nuevos jeringuillazos ante la nula efectividad de los pasados. Sea como fuere, ahora resulta que esto, como los yogures, también tiene fecha de caducidad.

¡Pínchese usted el virus y así no le hará falta inocularse! En este punto, más que a reír, les invitamos a desternillarse; aunque más hubiera preferido emplear otro verbo reflexivo, que por no “des-conectar cojo ese”. Porque resulta que están vendiendo por la red un kit de contagios de coronavirus –¡La imaginación al poder!—, que en países como Holanda tiene los mismos efectos antirrestrictivos que el citado pasaporte. Habrá que estar preparados, por aquello de que “cuando las barbas de tu vecino veas cortar…”. Todo sea por tomarse los churros con chocolate la madrugada de Noche Vieja en San Ginés.

Y si no nos convence el trago de esencia de murciélago, Kit o Pis –que suena parecido— de pangolín que se está comercializando para autoenfermarnos, siempre podremos asistir, como hacen en Italia, a una “corona party”, donde, a fuerza borreguear, berrear, verraquear o barritar, dependiendo de la especie zoológica de que se trate, conseguiremos el trascendente objetivo al que siempre fue llamada la especie humana en el uso de sus atribuciones divinas: contagiarnos de coronavirus para poder salir a tomar unas cervezas –sin ánimo de herir sensibilidades— .

Y a mandíbula batiente les proponemos reírse del titular que encabezaba un telediario de Antena 3 el pasado jueves. Confieso que tuvimos nuestras dudas a la hora de incluir este suceso en el montón que venimos acumulando en el saco de las risas; pues el tono melodioso y sereno de la locutora, acentuado por un primer plano de su larga cabellera dorada, transmitía un efecto hipnótico en el televidente desprevenido, que no sabe si atiende a la sibila de Cumas o a una vulgar vende pinchazos a la puerta de un vacunódromo.

Porque su profecía sonaba como sigue: “Parece increíble, pero todavía hay gente que no se ha vacunado en esta sexta ola”. Esta señora no entiende que, en el mundo, como decía el gran torero “el Gallo” al referirse a Ortega y Gasset: “Tié q’haber gente pa’to!”. Y nos reímos, sí, aunque solo sea por fastidiar.

!Ríanse, ríanse!, porque la risa y el humor no solo les ayudará a soportar con entereza y equilibrio todo el conjunto de calamidades que se nos están echando por lo alto; sino que, además, les servirá para adoptar una perspectiva más lúcida desde la que observar el modo en que el trilero esconde el cacahuete en la nuez equivocada.

¡Ríanse, ríanse!

*Filólogo y escritor

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