Ifni, la mili en el infierno

21

Llegaba el sorteo del servicio militar y la sentencia fatídica, la peor de las posibles: a África. Si a mediados del siglo XIX aquel ‘A l’Àfrica, minyons’ aún despertaba el naciente ardor del nacionalismo español incluso con barretina, y en 1909, en cambio, desencadenaba huelgas y quema de iglesias, durante los últimos años del presidio, protectorado y finalmente provincia de Ifni significaba la rutina, la miseria, las vejaciones de los mandos y el absurdo de la mili en el Ejército español de los años 50 y 60 elevados a la enésima potencia. Vistos los testimonios recogidos en la exposición ‘Ifni. La mili africana dels catalans’, en el Museu de les Cultures del Món de la calle Montcada, uno tendría la tentación de acordarse de Gila o de las ‘Historias de la puta mili’ si no fuera porque quienes tuvieron ese destino en 1957 y 1958 se las vieron con la última guerra colonial (y la más olvidada), con 371 muertos y desaparecidos en combate españoles, y más de 800 en el lado marroquí.

La exposición forma parte del programa ‘Barcelona metròpoli colonial’ del Ayuntamiento de Barcelona, y de un tríptico de exposiciones sobre la relación de Catalunya con la aventura colonial española en África. “Hay un discurso hipócrita en Catalunya que oculta que determinados sectores empresariales participaron sistemáticamente en ella”, argumenta Pablo González Morandi, del Observatori de la Vida Quotidiana, el equipo a cargo del comisariado, con Andrés Antebi, Alberto López Bargados (UB) y Eloy Martín Corrales (UPF). Son los casos de Guinea (objeto ya de una exposición) y del Protectorado, en el Rif. No el de Ifni, “donde no había nada que expoliar”. Así que el objeto de la muestra, con la colaboración de numerosos testimonios orales de la asociación catalana de veteranos de Sidi Ifni y de las maltratadas tropas indígenas, fotografías e incluso el cómic de Jaime Martín ‘Las guerras silenciosas’, es la experiencia de los soldados catalanes (quizá unos 4.000) que sirvieron allí. Con la intención de hacer, cuenta López Bargados, “un juicio crítico del rol del Ejército y de la colonización”.

Una colonia absurda

Sidi Ifni (un retal de costa marroquí al norte del Sahara Occidental, ocupado de 1934 a 1969) era “una colonia modesta en un imperio colonial modesto”, explica Alberto López Bargados, sin valor estratégico, sin minerales, sin nada. Apenas una excusa para el Ejército español para mantener una guarnición militar más, con sus ascensos y sus sobresueldos, tras el “agravio tremendo”, recuerda Andrés Antebi,  que le supuso perder el protectorado. Aunque algún contrato para los amigos también caía. Como la colonia no tenía puerto y se tenía que desembarcar en barca en la playa, cuando el tiempo lo permitía, se construyó un teleférico que cargaba mercancías y pasajeros directamente de los barcos, mar adentro, cuando la colonia ya estaba condenada. Nunca llegó a funcionar bien y hoy es chatarra. Un absurdo, puro modelo ‘Castor’.

Para la mayoría de los reclutas, su mili fue una versión aumentada de la de sus colegas peninsulares. Como la de Enrique Escribano, destinado a la policía territorial en los años 1966 y 1967. “Aquello tenía los días contados, había una indisciplina que alucinas. Vi hostiar a un sargento, enviar a la mierda a un capitán, no había permisos, los soldados hacíamos de policía, de guardia civil, llevábamos la ambulancia, el camión de bomberos y el de la basura…”

“Aquello tenía los días contados y había una indisciplina que alucinas. Vi hostiar a un sargento, enviar a la mierda a un capitán…”

Enrique Escribano

Recluta en Ifni

La cosa fue mucho más seria para quienes les tocó matar, morir o ver morir en 1957, frente al ataque de las milicias marroquís del Istiqlal. Algunos recuerdan su papel en la guerra con orgullo. Otros de forma más crítica. Todos con crudeza. El paracaidista Miquel Bolart se comió toda la campaña y participó en el segundo salto en combate de la historia del Ejército español (“el primero es el que cuenta, nadie se acuerda de los segundos”, lamenta). Aunque fueron en mula más que en avión (“solo había cuatro camiones en Ifni, y éramos 600”). “Vale más un mulo que tres soldados”, le dijo un mando a otro veterano, Andrés Izquierdo.

“La verdad es que nos dieron por el saco: 150 elementos nos tenían a 600 en tierra mientras nos disparaban y veías caer a los compañeros”, explica Bolart. “Lo que más vergüenza me da como veterano es cómo chicos de 19 años perdieron su vida por nada; pero me siento orgulloso porque cumplimos nuestro deber, nuestro papel fue salvar la vida de las guarniciones que estaban sitiadas, aprendí a saber obedecer, qué significa un objetivo conjunto y que haya gente que depende de ti”, añade. Hoy preside la federación de asociaciones Cívico-militares de Catalunya.

Hasta aquí la épica. Otros veteranos prefieren recordar los sargentos analfabetos y cortos de talla que ordenaban agacharse a los reclutas para poderlos golpear, las duchas mensuales, afeitarse con naranjada canaria en lugar de agua, las 50 pesetas para que un veterano te diese ropa y calzado de tu talla. Y eso en tiempos de paz. ¿La guerra? “Era un infierno, se ha de vivir para explicarlo”, recuerda Jorge Bogunyà, que también combatió en 1957, y no con los relativamente bien equipados paracaidistas. Es las pantallas de vídeo de la exposición se suceden los lamentos: “Íbamos vestidos como el ejército de Pancho Villa, con alpargatas que se deshilachaban, mal vestidos, mal cuidados y maltratados (…) sufrimiento, hambre, sed, piedras…”, dice Bogunyà. “Allí no te disparaban del frente, te disparaban por todos los lados. En la guerra o matas o te matan, y cuando estás allí solo piensas en que no te maten, y la forma de conseguirlo es matar tú. La guerra habría que prohibirla”, concluye, con los ojos líqidos, Andrés Izquierdo.

“Íbamos vestidos como el ejército de Pancho Villa, con alpargatas que se deshilachaban”

Jorge Bogunyà

Veterano de la guerra de 1957

El cava y la sidra

Aunque los protagonistas sean los soldados, como recuerdo al empresariado catalán la exposición se abre con la reproducción de las cajas de cava que Codorniu envió a los soldados de Ifni en la Navidad de 1957, con un mensaje del señor Raventós. “Mi corazón, el de mi familia y el de mis obreros están con vosotros”. Una gran foto muestra a los paracaidistas brindando…  con sidra El Gaitero, famosa en el mundo entero, e incluso en Ifni. El cava Codorniu, aclara un veterano, se lo quedaron, claro, los oficiales.