Iglesias y Colau proponen no odiar España, sólo al PP

Pablo Iglesias(derecha), junto a Ada Colau, Xavier Domènech y Elisenda Alamany en Santa Coloma de Gramenet

Pablo Iglesias(derecha), junto a Ada Colau, Xavier Domènech y Elisenda Alamany en Santa Coloma de Gramenet

David Gistau*.- Mañana de festivo en el parque de Can Zam. Calor, ciclistas, familias, mascotas, algún balón y hasta el niño del Cacaolat que emerge, con su botella al hombro, estampado en una torre de la fábrica colindante. Poca trepidación relacionada con avistamientos de Ítaca. Entre el auditorio que aguarda a Ada Colau y Pablo Iglesias la sensación es parecida. Una media de edad bastante alta, pues hay veteranos del PSUC y de los activismos del famoso cinturón obrero de Barcelona. Bicornios de papel, colas ante el grifo de la cerveza, chavales que estaban más para hacerse tirar penaltis que para clavarse en un mitin. La espera se entretiene con jazz. Hay un ambiente como de asociación vecinal que en nada evoca las masas con antorchas de los destinos manifiestos.

Esto parece un «off-Diada» incluso en la modestia de las gentes convocadas, que no son las que van, con sus camisetas fosforescentes, a encuadrarse en las coreografías de masas. Hay, mezcladas, banderas catalanas, siglas rojas y moradas, y tricolores republicanas que a su manera, anacrónica, son españolas. Hasta en eso sugiere Can Zam que aspira a constituir un tercer personaje alternativo a la bipolaridad impuesta por la asonada parlamentaria. Es difícil, no parece haber ahora espacio para ello sin que una de las dos partes te exija claridad posicional: «Con nosotros o contra nosotros», como luego dirá Rufián emulando a las camisas negras.

Ada Colau se dirige al auditorio con ese mismo tono sereno, de cercanía vecinal, que sugiere la mañana. Pablo Iglesias resultará después más sobreactuado y horrísono, como si se soñara agitando octubres en cuanto se le juntan delante tres personas. Alguien del público dirá que parece más delgado que en la tele. Ada Colau se desliza por un terreno peligroso cuando sugiere que la masa que se manifestó en Barcelona después del atentado era un sujeto político, «empoderado», que, revelada como en una epifanía la conciencia de sí, seguirá luchando por sus valores. ¿Cómo sabe ella que todas las personas reunidas espontáneamente para expresar su dolor y su rabia contra un asesinato están ahormadas por un mismo paradigma político? ¿Cómo intenta parasitar, apropiarse de semejante concentración? Por supuesto, comparte la interpretación soberanista de que no existen otras incomprensiones ni violencias ni amenazas que las ejercidas por el Estado y por el PP, escondido «detrás de jueces y fiscales».

Por supuesto, no hace reproche alguno a la catalanidad empoderada, ni aunque ésta atropelle en su propio parlamento a los catalanes disonantes. Pero al menos ensaya una descripción, ajena al monolítico retrato-robot del independentismo, de la sociedad plural cuya mitad no puede ser desasistida por el zafarrancho de ruptura. Su situación política es ambigua, como lo revela la paradoja de decir que respetará las obligaciones del ayuntamiento y al mismo tiempo hará todo lo posible por ayudar a que el 1-0 los barceloneses puedan votar. Ada Colau está sembrando un liderazgo de porvenir que tendrá sentido, no ahora en plena colisión, pero sí en la escombrera y en la melancolía que dejará el golpe. Por ello se esfuerza por recordar el imperativo social sobre el nacionalista e incluso, pese a las fusiones contranatura del independentismo, envía bofetadas a los burgueses de la antigua Convergencia que siempre fueron adversarios naturales y sólo ahora habrían descubierto «la desobediencia» y habrían comenzado a «pisar calle». Con todo, se antoja grosera, por primaria, la insistencia de Colau en describir un panorama de buenos catalanes rusonianos «represaliados» todos por un ente malvado que conspira contra la felicidad en la Meseta. Estos clichés son los que permiten a Pablo Iglesias ser presentado como «el único amigo» que los catalanes tienen en Madrid.

Se equivocan quienes creen que a Pablo Iglesias le importa el referéndum o lo considera una de las batallas que él debe librar. Él es un oportunista que anhela atraerse todo aquello que ayude a lo que en verdad pretende: el colapso del régimen del 78 y el ingreso en un proceso constituyente controlado por él y por las tribus de izquierda. Le sirve el soberanismo catalán por lo que tiene de erosión del 78, nada más. Pero su discurso sigue alentando la lucha de clases, la reminiscencia revolucionaria, las confluencias de distinos vertebrados por una misma aversión casi patológica al PP. Hasta de 1714 hace una interpretación de clase, de obreros reprimidos. De eso habló con insistencia en Santa Coloma: de erradicar al PP, no de votar independencia. Aspira a refundar un país donde la derecha no tenga espacio sociológico ni político y donde los «pueblos» de España se dediquen a la producción a escala industrial de felicidad proletaria. Si para lograrlo tiene que pasarse por Barcelona a coquetear un poco con los separatistas no habrá remilgo que le impida hacerlo, como tampoco duda en moverle el abanico al PNV preparando ya la recolección de apoyos necesarios para una nueva moción de censura en San Jerónimo. Esa es su batalla.

*Articulista de ABC

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