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Jefes y asesinos, por Fernando Savater

Cioran escribió que en el mejor de los casos se puede gobernar sin crímenes, pero no sin injusticias. En efecto, en las atribuciones de casi todos los jefes de Estado está poder disponer en determinadas circunstancias de la vida de seres humanos, pertenezcan a su país o a otros. No siempre se trata de crímenes propiamente dichos: aún los que abominamos de la pena de muerte no consideramos una ejecución legalmente establecida tras un juicio con garantías equivalente a un asesinato. Aunque utilicemos esa expresión para denigrar la pena máxima, no hay «asesinatos legales».

Las guerras tampoco son delitos comunes, por criminales que sean en su propósito: sus matanzas están por encima de los asesinatos particulares. Y también existe una jurisprudencia que establece delitos dentro de la niebla sanguinaria de la guerra. Hay grados dentro de lo deplorable y no se establecen simplemente por el número de víctimas.

La respuesta bélica del Tzáhal israelí a la matanza de Hamás puede considerarse excesiva según razonables parámetros humanitarios pero nunca será absolutamente injustificable como fue la agresión terrorista: Israel se ha ganado su derecho a existir y por tanto a defenderse, mientras que Hamás es una banda criminal que cuanto antes desaparezca mejor.

«Entre los jefes de gobierno los hay capaces de enviar secretamente a un asesino contra un particular en otro país»

Pero entre los jefes de gobierno los hay capaces de enviar secretamente a un asesino contra un particular en otro país al que consideran una molestia o un peligro. Ya lo hacían los venecianos en el Renacimiento, liquidando con discreción a un competidor comercial en La Haya o donde fuera y creando misterios aparentemente insolubles. Hoy los ayatolás del despotismo iraní no vacilan en emplear tal procedimiento, que ha estado a punto de serle fatal a mi amigo Alejo Vidal-Quadras.

Sin embargo, el gran especialista en mandar verdugos a domicilio como quien remite ramos de flores (o más bien coronas fúnebres) es Vladímir Putin. Sea en Rusia, donde mata con más libertad, o en el extranjero, donde exhibe mayor inventiva letal, aquellos a quienes Putin considera perjudiciales no duran mucho vayan a donde vayan: se caen por una ventana demasiado alta, comen plutonio como si fuesen macarrones, reciben dosis indigeribles de plomo o se ponen unos calzoncillos emponzoñados y no simplemente sucios como hacemos los demás.

Putin tiene además un plus: todo indica que él mismo es un asesino, que no se limita a encargar crímenes sino que los ha cometido personalmente en sus buenos tiempos y podría hacerlo de nuevo si le diera por ahí. ¿Ven? No todos los mandatarios tienen tal capacidad. Y como no consigamos que sufra en Ucrania el merecido pero improbable revolcón, tendremos ocasión de disfrutar de sus habilidades más de cerca y con mayor frecuencia…