Jorge y Dragón; Rosa y libro

No siempre, pero le llega a salir fuego y su piel verde se cubre de escamas de intolerancia rancia; vuela por encima de la estulticia generalizada y va espetando los libros que ha leído con sus alas de monstruo. A menudo se siente santo canonizado por la imbatible propensión a cortejar a la princesa inalcanzable y sintiéndose dragón no es más que un Jorge, inofensivo y bonachón. El otro, celebra su día en la madrugada de las cuevas donde se encierra a devorar libros por los ojos, salivando verbos humeantes y dibujando personajes diminutos con sus garras afiladas; se cree escritor e incluso, a veces alza el vuelo sintiéndose poeta y no es más que una bestia de diminutas alas puntiagudas que ya consta que no existe entre la fauna verídica de este mundo. Ambos se dibujan en el espejo de las páginas de un libro donde así son descritos, ¿o es al revés?

La rosa, leída lentamente, va deshojándose en delicados pétalos que abren la imaginación desde su propia encuadernación. Las hay de todo tamaño, color y aroma, e incluso el nuevo siglo ha inventado la flor en pantalla, portátil para que las yemas de los dedos vayan pasando los párrafos como hojas verdes sobre el delicado tallo de sus espinas. El caballero lleva la armadura para aumentar la confusión de sus pasiones: es capaz de combatir contra su propia sombra para que la mejor historia jamás contada libere de su tedio a la Dama de sus sueños, enredada su cabellera en el misterioso enigma de un capítulo donde un hombre que parecía dragón se planta ante ella sin más yelmo que su nombre y en el paisaje de cada abril se confunden las rosas con los libros, las flores recién amanecidas de un inverno incierto con los libros recién editados que huelen al perfume de lo inédito.

En torno a ellos, el telón infinito de los lectores que son miles aunque no lo llegan a calcularlo debidamente las estadísticas insípidas. Los lectores en fila, ávidos de viajar en historias increíbles o narraciones verificables de hechos inverosímiles que se parecen tanto a los juegos con espejos que todos inventamos cuando la infancia nos regaló la magia de convertirnos en dragones o abatirlos con armaduras de cartón para luego seguir el juego con los años y enfundar en la delicada presencia de una rosa la esperanza intacta de una buena novela, un ramo de versos, el cuento breve que se prende a la solapa o el mínimo aforismo que lleva ensortijado en el pelo la reina de todos los días que sonríe ligeramente al reconocerse en la página de un libro, allí donde alguien guardó una rosa como recuerdo.

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