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Kamala Harris, el símbolo del nuevo mundo que quiere acabar con el viejo

Cuando al general de Gaulle le preguntaban por qué no había previsto en las instituciones de la V República el cargo de vicepresidente, según el modelo estadounidense, respondía: «No tengo ganas de ver a mi viuda todas las mañanas». Imagínese esta frase viendo a la pareja formada por Joe Biden y Kamala Harris. Un hombre anciano con preocupantes pérdidas de memoria y una mujer joven, enérgica y ambiciosa. Un político chapado a la antigua y una activista moderna. Un demócrata centrista à la Clinton y una millonaria del ala izquierda del partido. Y, sobre todo, un hombre blanco y una mujer negra (bueno, de hecho mestiza, como Obama).

Esta puesta en escena sexual y racial ha sido cuidada en el más mínimo detalle por las élites demócratas. Los medios de comunicación no han hablado sobre las ideas de Kamala Harris, pero han repetido una y otra vez que ella era, primero, una mujer (no nos habíamos dado cuenta), que su padre es jamaicano y su madre india (evitando mencionar la pertenencia de sus padres a la clase acomodada).

Se ha presentado a Kamala Harris como un holograma tanto de estos nuevos Estados Unidos obsesionados por el género y la raza, como de la ideología dominante en los campus y las salas de redacción. Kamala Harris se ha prestado con complacencia a representar el papel que se esperaba de ella, multiplicando las declaraciones sobre «el techo de cristal» con el que todas las mujeres se topan en sus carreras, y poniendo su recorrido como ejemplo para todas las niñas de Estados Unidos y del mundo

El relato ha calado. A pesar de que Trump, ante la sorpresa general, ha mejorado su porcentaje entre los electorados negros y latino, las grandes líneas de la confrontación han seguido siendo las mismas que en 2016: si los hombres blancos hubieran sido los únicos votantes, Donald Trump habría ganado de calle.

Algunos, para asustarse o para alegrarse, ya construyen castillos en el aire: un Biden que envejece, que demuestra estar debilitado -incluso tener alguna enfermedad mental- que no acabará su mandato y que dejará su lugar a su espabilada vicepresidenta que, así, podrá presentarse en 2024 a la presidencia. Durante la campaña, Donald Trump ya había apuntado a esta posibilidad. No sin razón. Kamala Harris representa el ala izquierda del Partido Demócrata que quiere convertir a los Estados Unidos multirraciales en un arma de guerra contra el hombre blanco heterosexual de las clases populares, los famosos deplorables de los que hablaba Hillary Clinton. La alianza de las minorías sexuales y de los Black Lives Matter está decidida a acabar con ese viejo mundo representado, hasta la caricatura, por Donald Trump. El nuevo equipo demócrata ya ha anunciado que eliminará los límites a la emigración -especialmente la que procede de los países musulmanes-, impuestos por el presidente saliente.

El arma principal que tiene entre las manos este movimiento se llama demografía. Si hay un principio estadounidense que han aferrado bien es este: «La demografía, es el destino».

Publicado por Éric Zemmour en Le Figaro.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta de la Iberosfera.