Kraftwerk: para qué seguir

Catorce años de silencio creativo acumula ya Kraftwerk, banda que vuelve a desafiar al mundo del pop con la enésima revisión de un viejo catálogo cuya relectura y remezcla en directo o en estudio se ha convertido en su última palabra

Conservador de la obra de Kraftwerk y también comisario de las muestras audiovisuales que la mantienen con vida en escenarios y museos, Ralf Hütter lleva más de una década anunciando con la boca chica la edición de un nuevo disco de la banda alemana, un noveno álbum que catorce años después del estreno de Tour de France no haría sino echar por tierra, vuelta a empezar, el trabajo realizado para armar y atornillar un Catalogue ya cerrado -todo que supera la simple suma de sus partes- y, más aún, acabar con la excepcionalidad de un conjunto musical cuyo capataz se ha encargado de hacer de la permanencia una obra de arte.

No se trata de sobrevivir del recuerdo, actividad profesional que emplea a la práctica totalidad de las bandas musicales del siglo pasado e incluso posteriores, sino de estar y de ser, de quedarse con la copla y de no salirse de la baldosa de su chotis, que es un baile muy centrado y alemán.

Rebobinado

A diferencia de los grupos que de forma cansina, para ellos y para quienes los escuchan, incorporan a su repertorio una colección de novedades con la que dar señales de vitalidad y vigencia -modelo Rolling Stones; juventud, divino tesoro-, Kraftwerk, o la compañía estable que ahora se dedica a interpretar en escena el papel que escribe Hütter, se limita a programar y reproducir la secuencia musical de su Catalogue, machacón rebobinado de un megamix cuya reposición desafía a un público que asiste en directo a la transformación de lo que pasa por ser un concierto en una exposición de arte más o menos sonoro, o de sonidos más o menos artísticos, tanto monta e igual suena. Se puede bailar, pero se invita a mirar. El clasicismo, hecho un cuadro, era esto.

Kraftwerk solo existe ya en la imaginación de quienes asisten a unos conciertos que no lo son

Además de hacer ambient, como casi todo el mundo, en la música electrónica aún se puede ir hacia adelante, como acaba de demostrar Konrad Sprenger a través de una Stack Music en la que utiliza patrones rítmicos basados en el algoritmo euclidiano, utilizando únicamente una guitarra eléctrica multicanal controlada por ordenador, algo digno de oír, o se puede retroceder en el tiempo para plantear ucronías musicales, como pretende Aphex Twin en su reciente Field Day LP. Kraftwerk, ni fu ni fa, se queda quieto y somete al oyente a la repetición de una partitura sacralizada por sus fieles y considerada por los expertos como cumbre del género y línea divisoria de la vanguardia del pop. ¿Para qué seguir entonces? Como dijo Michael Jackson justo antes de morir, «this is it». Fuese y no hubo nada: cuando registraron sus cosas, en Neverland ni siquiera encontraron maquetas medianamente decentes. Para qué seguir.

La edición en varios formatos (del integral al simplificado, del vinilo al blue-ray) de 3-D (The Catalogue) presenta la enésima versión del repertorio de un grupo, ya inexistente de facto, producto en semiconserva, cuya discografía, desarrollada a lo largo del último cuarto del siglo pasado, solo se reabrió para añadir dos volúmenes de carácter conmemorativo y que dan cuenta de las genuinas motivaciones artísticas del grupo de Düsseldorf: los dedicados a la Expo de Hannover (2000) y al centenario del Tour de Francia (2003). Aquel verano ganó Armstrong, hasta las trancas de todo y beneficiado por lo que la Usada luego calificó como «el programa de dopaje más sofisticado, profesionalizado y exitoso que el deporte haya conocido en su historia». Mientras el ciclista texano pedaleaba, Kraftwerk recitaba con ironía la letra de su Vitamin: «Kalium kalzium/ Eisen magnesium/ Mineral biotin/ Zink selen L-carnitin/ Adrenalin endorphin/ Elektrolyt co-enzym/ Carbo-hydrat protein/ A-B-C-D vitamin».

Imperfección

En 3-D (The Catalogue) no hay más que versiones basadas en el modelo reconstructivo de The Mix (1991) o Minimum-Maximum (2005), adaptaciones acortadas de sus piezas de mayor metraje, traducciones coyunturales, como la que desde 2012 incorpora Fukushima al paisaje del apocalipsis radiactivo, y transustanciación de sus clásicos, cuyas más reconocibles bases sintéticas se mueven de una pieza a otra para hilvanar una narración sin saltos temporales. Como novedad destaca la narración que, como el guía de una excursión documental, y a través del fraseo más humano que jamás haya realizado Kraftwerk, acomete Hütter para añadir una inédita dosis de imperfección a la mezcla final. El álbum está grabado en directo, pero no se oyen aplausos, ni gritos. No es un disco de estudio, pero está procesado como tal para insistir, voluntariamente o no, en la inutilidad de añadir pistas falsas y nuevas a un relato musical que, como un viejo lienzo, se sostiene en la pared con una simple alcayata.

Kraftwerk solo existe ya en la imaginación de quienes asisten a unos conciertos que no lo son y que representan uno de los más logrados ejercicios de eternización del mundo del rock. La tridimensionalidad audiovisual a la que se refiere el título de su última producción discográfica, basada en la película que proyecta en su gira, da buena cuenta de su empeño en desligarse de un mercadillo en el que los carteles de oferta y novedad, base del negocio, son los árboles que impiden ver el bosque.

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