La aventura como forma de vida: hablamos con gente que elige su propio camino

Si el concepto algo esponjoso de “tener personalidad” es lo que define un carisma auténtico, el hacer las cosas regidos por un estilo propio, viviendo a eso que podríamos llamar como “nuestro aire”, es la receta ganadora para dormir en paz con nuestros anhelos e incluso nuestras esperanzas. Hoy en TENTACIONES hablamos con gente que se fabricó un destino; gente dispuesta a cambiar, a desafiarse a sí misma, a abrirse paso a machetazos firmes por la manigua de la vida y de la crisis y de todo.

Atila Madrona, apodado Chino, es un fotógrafo alicantino que cumplió el sueño de todo espíritu libre con temor a necrosarse entre las paredes con gotelé de una oficina. Tras dos años trabajando para una empresa multinacional informática, decidió que aquello no era lo suyo y se fue a recorrer Nueva Zelanda en bicicleta. “Mis pasiones son la bici, el surf y la fotografía, así que le propuse a la empresa dejar el trabajo y que me financiaran la experiencia, dándome la tecnología y el dinero para cubrir todo el viaje por redes sociales. Así que busqué el sitio más recóndito del mundo, con buenas olas y posibilidad de recorrerlo en bici. Diseñé un buen plan de marketing y aceptaron.”

Imponiéndose a la lógica más conservadora, a la seguridad del trabajo fijo, a la opinión de sus compañeros de trabajo y de su madre, que le decían que estaba loco, materializó una fantasía con la que muchos coquetean, pero que muy pocos se atreven a cumplir. Sí, ese ideal romántico de dejarlo todo, de pirarse, de vivir un sueño. Los seguidores en sus redes sociales iban aumentando. La gente quería conocer su historia, y al fin y al cabo él es un comunicador nato.

Durante su aventura, Chino no se limitó a recorrer los lugares paradisíacos convirtiendo su vida en una suerte de docu-reality, sino que se mezcló con la gente, con los vecinos, con los nativos, con los maorís, explotando una sociabilidad que le viene de natural. “Agradezco un montón a los kiwis [topónimo no oficial de los neozelandeses] la manera en que me trataron. El viaje se hizo fácil gracias a ellos. Te ven con la bici y la tabla de surf empujada por un carrito y aprecian el esfuerzo que estás haciendo, ¿sabes? Me convertí en una especie de imán: la gente se acercaba, me preguntaba qué estaba haciendo y hasta me ofrecían sus casas para dormir. Fue alucinante.”

Diego Leirós trabajaba como becario Icex en Senegal. A diferencia de Atila, su trabajo no era rutinario (más bien al contrario); sin embargo, él sintió que había quemado una etapa y decidió recorrerse Asia. “Siempre había tenido esa ilusión, así que, como sabía que iba a dejar el trabajo, cogí un mapa y, un poco inocentemente, dije: ‘Bueno, voy a empezar en Irán y a terminar en Vietnam’. Lo hice sin calcular nada, cogiendo billete solo de ida”. La experiencia, que luego detalló en un blog, duró ocho meses y medio.

Imagen de Diego LeirósImagen de Diego Leirós

Como Atila, Diego tuvo la oportunidad de compadrear con los nativos de los lugares que visitaba. Dormía en sus casas gracias al couchsurfing (llegando a sobreponerse la hospitalidad de la gente a las leyes de algunos países, restrictivas en este aspecto), y hasta acabó como invitado no en una, ni en dos, sino en tres bodas. “Una de las familias que me acogió durante un fin de semana en Turkmenistán me trató como un rey, hasta el punto de que me llevaron allí. Uno de la familia se casaba y yo encantado. La segunda fue en Uzbekistán. Estaba en un pueblo perdido, cerca de la frontera con Kirguistán. y daba bastante el cante por la mochila y la pinta que llevaba, con todo el equipaje. La gente me miraba en plan: ¿y este tío…?, hasta que se me acercaron tres chicas. Empezamos a hablar en inglés y a los cinco minutos me invitaron a otra boda, que era por la tarde. Fue tremendo: me vinieron a recoger al hostal las tres chicas y un chófer, que era el novio de una de ellas, y cuando llegamos al sitio donde era el banquete, el chófer, se fue porque no estaba invitado. Yo flipaba: él, que era pareja de una de ellas, no estaba invitado, y sin embargo a mí, que me acababan de conocer, me sentaron entre su familia.” Le pregunto cómo fue la tercera, esperando una nueva anécdota de acogida espontánea, pero me confiesa que en ésa se coló. “Fue en Nepal. En cuanto me pillaron me preguntaron si era español y… la verdad, me trataron como un invitado de honor.”

Pero no todas las aventuras incluyen sudor, autostop, travesías kilométricas o wedding crashing. A veces, la aventura más sencilla de todas es la de aceptar que tu país no te da lo que necesitas y tienes que emigrar. La fotógrafa Inma Varandela lleva viviendo en Nueva York desde hace tres años y medio. Antes de eso había estado de viaje por Sudamérica durante casi cinco meses y un año en Toronto, trabajando. Se define como viajera, aunque admite que fueron las circunstancias (en concreto, las de la crisis) las que le dieron el empujón definitivo. “Aquí, en Estados Unidos, noto que la manera de trabajar es distinta. Suena a mito, pero te valoran más. En España siempre se piensa que el cliente tiene la libertad de hacer contigo lo que quiera, y se crea una situación de dependencia. En Nueva York todo es más negociable y colaborativo.” Otro tópico que da por confirmado es el de la meritocracia. “No se funciona por amiguismos. El que vale, entra.”

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Inma adora la fotografía analógica, cuya estética considera inigualable, pese a que muchas veces tiene que trabajar en digital para sus clientes. Le pregunto si ya se ha americanizado completamente. Admite que ha introducido como parte de su vida el comer con café (“de ese americano que no se acaba nunca”), dejar siempre propina o picar algo por la calle mientras camina y se va dando codazos con la multitud apresurada. “Mucha gente hace las paces con su situación personal y pone en una balanza lo que le compensa y lo que no le compensa de estar en un sitio. A mí eso me cuesta, no lo tengo tan claro, siempre estoy dudando. Estoy bien en Nueva York, sé que el día de mañana puedo estar mejor en otro sitio.”

Atila, Diego e Inma son ejemplos muy diversos de la aventura como modo de vida. Uno puede renunciar a muchas cosas. Se puede renunciar a una herencia, a un hogar, a las costumbres, al pueblo y también, claro, a eso que llamamos zona de confort. Este mundo nuestro está lleno de senderos bifurcados tanto físicos como metafóricos, de esos que te obligan a elegir un camino cuyas sorpresas deberás abrazar a sabiendas de que estás renunciando a otras: las que podría contener la ruta alternativa. Madurar es ser consecuente con eso y aprender cuándo mirar atrás es una opción o no.

Se puede renunciar a muchas cosas. Pero nunca a lo que te llena, nunca a lo que eres.

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