La azotea de La Pedrera, ideal para una pedida de mano

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Jordi Rabat duda a la hora de escoger algún elemento de Barcelona para conservar en nuestro museo imaginario. Tras darle unas vueltas, se decide por la azotea de La Pedrera, un escenario que, además de bonito, encantador y único, resulta ideal como marco para una pedida de mano. Sus razones tiene. Vende muchísimos anillos de compromiso y ha escuchado mil y una historias sobre cómo y dónde ha sido el ‘sí, quiero’. “De hecho, es lo que me hace más ilusion de mi trabajo: participar con algo que hacemos nosotros mismos, una joya, en los más momentos especiales y mágicos de nuestros clientes, los que no se repiten y que son para toda la vida. Y este lo es”.

No recuerda el joyero haber escuchado a nadie hablar de ese terrado como lugar donde jurarse amor eterno. Así que tomen nota los enamorados, que él sabe de qué va la cosa. Aquí arriba, entre las 30 chimeneas y 2 torres de ventilación convertidas en obras de arte que diseñó Gaudí, parece imposible recibir un no como respuesta. “Lo importante es el factor sorpresa, y en esta azotea nadie espera que le propongan matrimonio, ¿no?”.

“UNA JOYA”

Pero a Rabat le gusta este edificio porque “simboliza Barcelona”. “Es bonito y representa la historia de la ciudad. Es una joya, en definitiva”, recuerda el empresario, que en el 2015 instaló su negocio en la antigua Casa Codina, seis plantas que comparten pared medianera con el edificio modernista. Fue levantada en 1898, así que es 14 años más antigua que La Pedrera. Y en la primera planta conserva el único mural de Ramon Casas que hay en el mundo.

Así que conoce bien la Casa Milà, nombre oficial de esta obra declarada Patrimonio Mundial de la Unesco. “Me hace ilusión estar justo al lado, y he ido varias veces. Y me fascina su luz, y sobre todo cuando me explican el por qué de las formas que tiene, o cuando me enseñan cómo juega con las temperaturas. Hay mucho ingenio ahí dentro; no solo son cuatro paredes bonitas, te sorprende. Me parece espectacular en todos lo sentidos”, resume.

Y recuerda cómo al principio, los barceloneses se reían del aspecto de la fachada. “Era motivo de mofa, pero también sucedió con la torre Eiffel”. De hecho, La Pedrera era un mote despectivo, pues recordaba a las canteras. Cómo ha cambiado la situación: ahora, a nadie le parecería mal que le pidieran la mano allí arriba.