La bomba que envió una escuela del mar a la montaña

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Para una ciudad con tanta y tan extraña tradición en ser bombardeada (tan extraña que hasta le ha dedicado dos calles a esos prohombres que la pusieron bajo las bombas, Espartero y Prim, ahí es nada), este mes de enero es una fecha muy señalada del calendario. Se cumplen 80 años de un mes de 1938 en que Barcelona fue bombardeada, de media, cada cuatro días. El ataque más recordado, más que nada porque aún son palpables los impactos de la metralla en las paredes, fue el de la plaza de Sant Felip Neri, el último de la serie, día 31, 42 muertos, pero el que ahora viene al caso es el del 7 de enero, porque el capitán Rampaldi, jefe del escuadrón de dos Savoia S-81, soltó 20 bombas de 50 kilos sobre la Barceloneta y, con esa bárbara acción, destruyó una joya de la ciudad, la Escola del Mar, sí, una escuela, pero distinta a todas las demás, tanto que cuando visitaban la ciudad personalidades de la época, Albert Einstein o Jacinto Benavente, por ejemplo, les llevaban a verla y salían encantados.

En enero de 1938, la ciudad era bombardeada cada cuatro días por la aviación italiana, y así una mañana ardió aquella escuela que causaba admiración internacional

La Escola del Mar ardió ese 7 de enero, pero solo el edificio, una exquisitez de Josep Goday, por situarle, arquitecto del insuficientemente bien ponderado edificio de Correos y de otras ocho escuelas de la ciudad aún en pie. Ardió el edificio, pero no el proyecto, porque la Escola del Mar se fue a la montaña, primero a Montjuïc y luego al Guinardó, donde aún sigue, y fiel además a algunas de sus señas de identidad originales, con los alumnos repartidos bajo banderas de colores, como si el Sombrero Seleccionador de Hogwarts les hubiera seleccionado para que descubrieran el placer de aprender en equipo. El caso es que, como 80 años parece una cifra redonda, se ha celebrado junto a la playa, allí donde se alzaba la escuela, una ceremonia en recuerdo de aquella triste jornada de bombas y, de paso, se ha descubierto una placa que relata sucinta y fielmente lo que allí ocurrió, lo malo, el capitán Rampaldi, y lo bueno, la audacia de Pere Vergés, pedagogo fundador de aquella modernísima escuela. Antes de esta había otra placa, cierto, pero, cosas que solo pasan en esta disparatada metrópoli, quedó tapada por una estación de ‘bicing’.

La placa, efectivamente, ahora luce. Incorpora incluso un par de fotografías viradas en sepia. De la Escola del Mar se conservan decenas de imágenes que irradian todas una enorme alegría. Pero como homenaje, nada supera el documental que hace ocho años rodaron Mireia CorberaAnna Morejón y Sandra Alsina, pues lograron entrevistar aún a media docena de exalumnos de aquella primera sede del colegio que en primera persona retrataban estupendamente el ambiente que se respiraba en ese centro educativo junto al mar, una suerte de república infantil en la que se elegían cargos como el de cronista general, encargado de levantar acta de los acontecimientos del día, ni que fuera el canto de las alondras, no había segregación por sexos, jamás se daba un cachete o un pescozón y en clase había una gramola para escuchar a Mozart o a Tchaikovsky. Merece mucho la pena dedicarle la media hora que dura ‘Han bombardeado una escuela!’, tal y como lo titularon las directoras, porque así se encabezó en la prensa una de las noticias que aquel enero de 1938 dio fe, sin dedicarle mucho espacio, al suceso.

Como el trabajo de CorberaMorejón y Alsina cuenta tanto y tan bien y ahí está, en Youtube, no está de más, aquí, aprovechar el espacio disponible para apostillar tres cuestiones colaterales y de paso ser fiel al ‘esprit de chicane’ de esta sección.

Barcelona es extraña, dedica calles a quienes la bombardean y hasta obsequió a los siniestros Hermanos Badia con una plaza

Primero. La Escola del Mar, según confirman historiadores de la educación como Joan Soler, fue la repera, un modo de enseñar que merecería haberse propagado, algo imposible, claro, durante el oscurísimo franquismo escolar, pero viable con la recuperación de la democracia. Ya se sabe cuál fue entonces la apuesta oficial del pujolismo, más o menos lo de Hong Kong tras la reunificación con China, un país, dos sistemas, pero en enseñanza, una escuela pública y otra concertada.

Segundo. Un aniversario como este es siempre una oportunidad para revisitar la prensa de la época y, claro, quedarse a cuadros. El actual decano de los periódicos locales apenas dijo nada sobre aquella tremenda pérdida. La portada y la mayor parte de las páginas interiores estaban dedicadas a las hazañas de las tropas republicanas. ‘Teruel, limpio de facciosos’. Ese era el título de portada. A la Escola del Mar le dedicaron ocho líneas. Se supone que era para no dar pistas al enemigo. Eso cuentan. Pse… Esquilo, que por algo luchó en la Batalla de Maratón, concluyó hace 2.500 años que la verdad siempre es la primera víctima de una guerra, y la civil del 36 al 39 no fue una excepción. En aquel enero de bombas, el relato en Barcelona era de camino a la victoria. Visto con perspectiva, era todo muy raro. Por enlazar con el principio de esta crónica, igual que aún hay una Rambla Prim y quedan los restos de una calle del Duque de la Victoria, alias de Espartero, ahora solo Duc, entonces había una plaza dedicada a los siniestros Hermanos Badia. ¿Cuál? La actual Francesc Macià.

Tercero. Del capitán Rampaldi apenas nada se sabe. Despegó en Baleares, sobrevoló Barcelona a 3.000 metros, soltó las bombas y luego hizo un picado para burlar las defensas republicanas y perderse de nuevo hacia el este, como ese personaje de Julian Barnes que, a bordo de un caza y sobre el Canal de la Mancha, realizó idéntica maniobra y vio así dos veces en un día salir el sol. Pero lo de Rampaldi no tuvo nada de poético. Fue pura indecencia. El alto mando italiano tenía dudas sobre si era viable emplear los Savoia en vuelo nocturno. Barcelona  fue su conejillo de indias igual que en 1911 lo fueron las tropas otomanas en Libia cuando otro italiano, Giulio Gavotti, tuvo el sucio honor de protagonizar por primera vez en la historia bélica un bombardeo desde un avión.