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La contracifra, por Jorge Freire

Peor que la persona sin cultura, escribió Jünger, es la persona deformada por la cultura. Dicha paradoja viene prefigurada por los dos protagonistas, que son dos polos opuestos, de un maravilloso libro español del siglo XVII. Me refiero a la que es, para muchos -entre los que me cuento-, la mejor novela de la historia. ¿Hace falta dar más pistas?

No estoy pensando en el Quijote, querido lector -me juego al cuello y las criadillas a que esa ha sido tu respuesta- sino a otro libro, algo posterior, cuya publicación condenó a su autor al ostracismo, cesando en su cátedra y siendo desterrado pocos meses antes de morir. Me refiero a El Criticón. 

No hay, a mi juicio, libro que se le compare. El pensamiento de Baltasar Gracián, que había destilado en El oráculo, llega refinado y acrisolado en esta obra total. A lo largo de varias decenas de crisis -esto es, críticas, juicios-, sus dos protagonistas viajan de la primavera de la niñez al invierno de la senectud. La dicotomía que representan está a la altura de la de Quijote y Sancho. Andrenio es el hombre natural, el buen salvaje amamantado por una bestia y criado en una cueva, que cae en todas las trampas que le salen al paso; Critilo, el hombre reflexivo y juicioso que busca obstinadamente las claves de un mundo engañoso, o, en expresión de Gracián, «encifrado».

La gran intuición barroca suena a trabalenguas: el mundo está encifrado, ¿quién hallará la contracifra que lo descifrará? De ahí que, por decirlo con una frase bimembre típica del jesuita aragonés, nuestros yerros se deban a nuestros hierros: ya sea porque nos han fajado con ellos, ya porque nosotros nos aherrojamos voluntariamente.

Lógico es que El Criticón sea menos leído que el Quijote. Por un lado, su lenguaje es realmente oscuro. Claro que es una oscuridad justificada, no un ocultamiento esteticista: a la amplificación semántica típicamente conceptista va unida una concisión extrema -imposible es decir más con menos-, dando la espalda al floreo vacío y a toda palabra no significativa; pero no al juego. 

«Gracián era incapaz de abandonarse a la murria y el encogimiento de hombros» 

Por otro, no tiene la ligereza del Quijote y sí, en ocasiones, el carácter plúmbeo de algunas de sus novelas cortas. Tampoco contiene peripecias, aunque sí trama, y la frialdad de Gracián hace que sus personajes carezcan de emoción alguna. Añádase que esta inclasificable novela bizantina, si es que novela es, prescinde por completo del detalle y las descripciones en favor de la simbología. Puestos a comparar, tiene más que ver con el Persiles que con El Quijote.

Gracián es, para más inri, un personaje escasamente seductor. Ajeno a las peripecias bélicas y a las cuitas carcelarias del Manco -y también, sobra decirlo, a las pendencias de Quevedo o de Lope-, su vida morigerada y abacial nos resulta sumamente aburrida. ¿Era un tristón? Aquí pinchan en hueso algunos de sus seguidores. ¿Un pesimista radical que habría tratado de espolear a sus líderes (El héroe) o a sus compatriotas (El discreto) por medio de conminaciones tan vehementes, aunque amablemente disfrazadas de aforismo? Gracián era, a diferencia de sus autoproclamados discípulos, incapaz de abandonarse a la murria y el encogimiento de hombros. 

Pero volvamos al inicio. Si apareciese hoy Critilo, ¿dónde habría de buscar la contracifra con que interpretar el mundo? Sospecho que imitaría al montaraz Andrenio y se guarecería en el vientre de la cueva, donde no hay propaganda, fake news ni argumentario. ¿No es la Semana Santa tiempo de recogimiento? Pues olvídense de la rabiosa actualidad y recójanse en su interior. Vano es buscar respuestas en una cultura basada en la consigna y el contagio memético. Manden a paseo la rabiosa actualidad, hagan la higa a la opinión sincronizada y, si pueden, dense un homenaje y lean El Criticón.