“La desobediencia cortocircuita la representación del catalanismo burgués”

El desprecio de la Constitución que los concejales de 350 municipios catalanes simbolizaron ayer yendo a trabajar sitúa la desobediencia, distintivo de la CUP, en el centro estratégico del independentismo. La desobediencia cupera ha encontrado estos días un amplio apoyo argumental en el entorno mediático del soberanismo. “Nada que celebrar”, tuitearon políticos conservadores de la antigua convergència, filósofos perfectamente incardinados en el sistema cultural catalán, periodistas de renombre, herederos de Jordi Pujol y altos representantes de la socialdemocracia independentista. Todos ellos coincidían ayer con la CUP sin matiz diferenciador. Describían la Constitución de 1978 como un compendio legal execrable que sólo merece rechazo y que, siendo completamente extraño a los intereses catalanes, hay que condenar sin matices como una intolerable imposición. Tal unanimidad es difícilmente reversible. Por un lado, cierra ruidosamente la puerta a la formulación de un hipotético plan B. Por otro, impone una lógica interna que hace muy difícil, por no decir imposible, la disidencia o el matiz diferenciador.

Al obtener la cabeza de Artur Mas, la CUP se convirtió en algo más que un aliado inevitable: era el precursor. El que marca el camino. Discutibles o no (algo en lo que ahora no entramos), los valores y actitudes de la CUP han ido coloreando el bloque independentista en general. Como es sabido, esto produce un cortocircuito en la representación del catalanismo burgués.

Mientras tanto, el PP, después de pasar largos meses de dificultad, vuelve a controlar el terreno de juego con superioridad indiscutible. He ahí la diferencia entre la fuerza del partido de Rajoy y la de los que apoyan a Puigdemont: Rajoy podía amenazar al PSOE con nuevas elecciones, porque sabía que ganaba la apuesta; pero Junts pel Sí (y especialmente la antigua CDC) no podía amenazar a nadie: una repetición de las elecciones le debilitaba todavía más. De ahí el sorprendente cambio de juego del PP: tensó la cuerda al máximo, y ahora la afloja ofreciendo una imprecisa propuesta de diálogo. Atrapada entre Escila (juicios de Mas, Homs, Forcadell) y Caribdis (la CUP), la coalición Junts pel Sí avanza hacia la desobediencia poniendo en riesgo la conexión con partes sustanciales de su electorado.

Sería el momento, quizás, de promover el tiempo muerto del baloncesto. Reflexionar, recuperar el aliento, medir fuerzas. Pero la lógica cupera no lo permite; ni tampoco la vieja estrategia judicial del PP, que tiene vida propia, al margen de las señales de distensión.

La telaraña catalana, por consiguiente, sólo puede desenmarañarse mediante un movimiento traumático: bien de ruptura muy clara con el Estado; bien de renuncia repentina a la desobediencia. En ambos casos, la reacción de los catalanes es una incógnita. Veremos si defienden en la calle la ruptura de sus políticos con el Estado. O veremos cómo reaccionan el día que alguien les diga que los gestos de ruptura como los de ayer no eran sino teatro.




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