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La disociación del carácter de las razas y su decadencia

Por Gustave Le Bon.- Al igual que las especies anatómicas, las especies sicológicas tampoco son eternas. Las condiciones de los ambientes que mantienen la fijeza de sus caracteres no siempre permanecen. Si estos ambientes vienen a modificarse profundamente, los elementos de constitución mental, mantenidos por su influencia, acaban por sufrir transformaciones regresivas que los conducen a la desaparición. Siguiendo leyes fisiológicas, tan aplicables a las células cerebrales como a las otras células del cuerpo, y que son comunes a todos los seres, los órganos tardan infinitamente menos tiempo en desaparecer que el que necesitaron para formarse. Todo organismo que no funciona deja pronto de poder funcionar. El ojo de los peces que viven en los lagos subterráneos acaba por atrofiarse, y esa atrofia termina por volverse hereditaria.

Incluso no considerando más que la corta duración de una vida individual, un órgano que ha necesitado quizás miles de años para formarse a través de lentas adaptaciones y acumulaciones hereditarias, termina por atrofiarse muy rapidamente cuando deja de ser puesto en acción.

La constitución mental de los seres no sabría escapar a estas leyes fisiológicas. La célula cerebral que deja de ser ejercitada deja ella también de funcionar y las disposiciones mentales que habían requerido siglos para formarse pueden ser prontamente perdidas. El valor, la iniciativa, la energía, el espíritu de empresa y diversas cualidades de carácter muy lentas de adquirir pueden borrarse muy rápidamente cuando ya no tienen la ocasión de ejercitarse. Así se explica que a un pueblo siempre le hace falta un tiempo muy largo para elevarse a un alto grado de cultura, y a veces un tiempo muy corto para caer en el abismo de la decadencia.

Cuando se examinan las causas que han conducido sucesivamente a la ruina a los pueblos diversos que nos ofrece la historia, ya se trate de los persas, de los romanos o de cualquier otro, vemos que el factor fundamental de su caída fue siempre un cambio de su constitución mental resultante de un decaimiento de su carácter. No veo siquiera uno que haya desaparecido a consecuencia del decaimento de su inteligencia.

Para todas las civilizaciones pasadas, el mecanismo de la disolución ha sido idéntico, e idéntico al punto que nos podemos preguntar, como lo ha hecho un poeta, si la historia, que tiene tantos libros, no tendría más que una sóla página. Llegados a ese grado de civilización y de poder en el cual, estando seguro de no ser ya atacado por sus vecinos, un pueblo comienza a gozar de los beneficios de la paz y del bienestar que proporcionan las riquezas, las virtudes militares se pierden, el exceso de civilización crea nuevas necesidades, el egoísmo se desarrolla. Al no tener más ideal que el disfrute inmediato de bienes rápidamente adquiridos, los ciudadanos abandonan la administración de los asuntos públicos al Estado y pierden pronto todas las cualidades que habían hecho su grandeza. Entonces, unos vecinos bárbaros o semi bárbaros, con necesidades muy débiles pero con un ideal muy fuerte, inundan el pueblo demasiado civilizado, y después lo destruyen. Es así que a pesar de la organización formidable de los romanos y de los persas, los bárbaros destrozaron el imperio de los primeros y los árabes el de los segundos. No eran, sin duda, las cualidades de la inteligencia que faltaban a los pueblos invadidos. En esta cuestión ninguna comparación era posible entre los conquistadores y los conquistados. Fue cuando ya llevaba en ella los gérmenes de su próxima decadencia, es decir bajo los primeros emperadores, que Roma contó con más elevados espíritus, literatos y sabios.

Casi todas las obras que han hecho su grandeza datan de esa época de su historia. Pero había perdido ese elemento fundamental que ningún desarrollo de la inteligencia sería capaz de reemplazar: el carácter. Las costumbres estaban corrompidas, la familia se disolvía, los caracteres estaban reblandecidos. Bajo la mano del poder absoluto, el hombre se achataba. Hubo opresiones igual de crueles, pero nunca hubo tan poca resistencia. Los romanos de las primeras edades tenían necesidades muy débiles y un ideal muy fuerte. Este ideal, la gandeza de Roma, dominaba totalmente sus almas, y cada ciudadano estaba dispuesto a sacrificar su familia, su fortuna y su vida por él. Cuando Roma se convirtió en el polo del universo y la ciudad más rica del mundo, fue invadida por extranjeros llegados de todas partes y a los cuales se les acabó por dar los derechos de ciudadanía. La gran ciudad se convirtió entonces en un inmenso campamento, pero ya no fue más Roma. Parecía bien viva aún cuando los bárbaros llamaron a sus puertas, pero su alma estaba muerta desde hacia mucho tiempo.

La misma causa de decadencia, es decir el mismo debilitamiento del carácter, parece amenazar la vitalidad de la mayoría de las grandes naciones europeas, particularmente aquellas llamadas latinas, y que lo son en realidad, si no por la sangre, por lo menos por sus tradiciones y su educación. Estas pierden, día tras día, su iniciativa, su energía y su voluntad. La satisfacción de necesidades materiales siempre crecientes tiende a volverse su único ideal. La familia se disuelve, los resortes sociales se aflojan. El desconcierto y el malestar se extienden a todas la clases, desde las más ricas a las más pobres.

Al igual que el navío que ha perdido su brújula y erra a la aventura a merced de los vientos, el hombre moderno vaga a merced del azar en los espacios que los dioses poblaban antaño y que la ciencia ha dejado desiertos. Vueltas impresionables y móviles en exceso, las muchedumbres, que ninguna barrera detiene ya, parecen condenadas a oscilar sin cesar de la más furiosa anarquía al más pesado despotismo. Se las levanta con palabras, pero sus divinidades de un día son pronto sus víctimas. En apariencia esas multitudes parecen desear la libertad con ardor. En realidad la rechazan y piden sin cesar al Estado que les forge cadenas. Estas obedecen ciegamente a los más oscuros sectarios, a los déspotas más obtusos. Los oradores que quieren guiar a las masas y que la mayoría de las veces las siguen en realidad, confunden la impaciencia y el nerviosismo que llevan a cambiar constantemente de amo con el verdadero espíritu de independencia, que impide soportar a ningún amo. El Estado, sea cual sea el régimen nominal, es la divinidad hacia la cual se vuelven todos los partidos. Es a él que se le pide una reglamentación y una protección cada día más pesada, que envuelve los más mínimos actos de la vida, y unas formalidades de lo más bizantinas y de lo más tiránicas.

La juventud renuncia cada vez más a las carreras que exigen juicio, iniciativa, energía, esfuerzos personales y voluntad. Las más insignificantes responsabilidades la espantan. El mediocre horizonte de las funciones asalariadas por el Estado le basta. Los comerciantes ignoran el camino de las colonias, y estas se pueblan de funcionarios. La energía y la acción han sido reemplazadas en los hombres de Estado por discusiones políticas espantosamente vacías, en las muchedumbres por unos entusiamos o unas cóleras de un día, en los letrados por una suerte de sentimentalismo lagrimeante, impotente y vago, y por pálidas disertaciones sobre las miserias de la existencia. Un egoísmo sin límites se desarrolla por doquier. El individuo acaba por no tener otras preocupaciones que él mismo. Las conciencias capitulan, la moralidad general se rebaja y gradualmente se apaga. El hombre pierde todo imperio sobre si mismo, y aquél que no sabe dominarse está condenado a ser pronto dominado por otros.

Traducción BD

*Gustave Le Bon, médico y sociólogo francés (1842-1931) es autor de trabajos considerados clásicos como “La civilisation des Arabes” (1884), “Les civilisations de l´Inde” (1887), “Les premières civilisations” (1889), y de numerosas obras sobre sociología colectiva como ” Les lois psychologiques de l´évolution des peuples” (1894), “Psychologie des foules” (1895)… Algunos de estos títulos han sido traducidos al español.

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