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La ejecución de Edu Colmena en el Baró de Viver

Eduardo Colmena murió en el Baró de Viver de Barcelona a las 22.00 horas del 22 de diciembre tras recibir tres disparos por arma de fuego. El hombre que empuñó la pistola se llama Pedro Santiago y había jurado a gritos que iba a matarlo. Fue arrestado un mes más tarde, el 22 de enero, en el sur de España, adonde había huido tras cometer el crimen junto al resto de su familia. 

Los ‘Santiago’ 

Pedro Santiago es uno de los cuatro hijos que tuvo Jesús, el patriarca de los ‘Santiago’. La familia desembarcó en el barrio del Baró de Viver hace seis o siete años, tras un periplo que había comenzado al ser expulsada de Can Tunis por las excavadoras preolímpicas, y quiso presentarse en el barrio sacando brillo al sobrenombre con el que aspiraba a ser temida, ‘Los pistolas’. Jesús se situó en el centro de la plaza, sacó un arma y disparó varias veces contra el cielo. Las detonaciones, que resonaron amplificadas por los edificios que custodian el parque, iban acompañadas de un mensaje: aquel espacio comunitario sería a partir de entonces un coto privado para sus nietos.

El aspecto enfermizo de aquel hombre, sumado a una mochila criminal (por tráfico de drogas y tenencia de armas de fuego) que compartían todos los miembros de la familia, confería a los ‘Santiago’ la inquietante aureola de las personas que tienen poco que perder. Una combinación que provocó que el Baró, un barrio en su inmensa mayoría de gente trabajadora y difícil de asustar, eligiera no cruzarse en su camino. Eduardo hizo todo lo contrario. 

Edu el ‘Cuellopato’ 

Eduardo fue el tercero de cuatro hermanos. Hijo de un padre del Baró y de una madre nacida en Gràcia, escogió quedarse a vivir junto a su progenitor al cumplir los 14 años. Diagnosticado de un síndrome de hiperactividad TDAH, que le acabaría provocando una invalidez reconocida del 65%, no pudo con los estudios pero sí con el deporte. Eduardo fue subcampeón de España y campeón de Catalunya en lucha grecorromana. La disciplina le legó un cuerpo musculado, de brazos hipertrofiados y cuello tan ancho que le valió un apodo cariñoso: Edu el ‘Cuellopato’. La faena que más tiempo le duró fue la del puerto de Barcelona, levantando andamios flotantes para los barcos. Trabajó también en una empresa de demolición y en el gimnasio del Baró, de monitor.

“De crío las maestras llamaban a casa asustadas porque trepaba por cualquier pared y se lanzaba al suelo. Parecía haber nacido sin miedo a nada, como si creyera que era de goma”, cuentan sus hermana, Xènia y Ágatha. Pero no lo era. Se acabó lesionando de gravedad ambas rodillas, arruinadas por años de competición, y se quedó en el paro. No cobraba la invalidez y últimamente sobrevivía con la dependencia que recibía su padre, unos 300 euros. Sin conciencia del peligro, sensible, incapaz de contenerse ante situaciones injustas y provisto de una fuerza física arrolladora. Así le recuerdan sus hermanas, que añaden una quinta cosa: Edu estaba enamorado de su barrio.

El Baró de Viver 

El Baró de Viver es un barrio de 2.500 personas al que resulta casi imposible llegar sin ser detectado como un forastero a los cinco minutos. Pertenece al distrito de Sant Andreu y fue levantado hace un siglo, construido como un conjunto de casas baratas junto al río Besòs. Un conglomerado de bloques que, en forma de herradura, rodea el parque central, principio y final del Baró.

Tal vez sea el núcleo de Barcelona que registra un índice de delincuencia más bajo. En una ciudad asediada por los ladrones de casas, coches y establecimientos comerciales, en el Baró no se denuncian robos con fuerza. Sus vecinos, en cuanto detectan a un extraño que viene con malas intenciones, lo expulsan, aclaran fuentes policiales. Lo cual no significa que no exista delincuencia. Existe, pero es endogámica y para los Mossos d’Esquadra extirparla no es tarea sencilla. “Intentamos venir siempre con dos o tres coches patrullas y, a ser posible, reforzados con antidisturbios porque ya nos han recibido a perdigonazos o con piedras algunas veces”, explica un agente. 

El conflicto 

Edu y Jesús Santiago se toparon por primera vez en el 2014, cuando sorprendió al patriarca levantando su bastón contra una vecina a quien le prohibía que su hija jugara en el parque “de sus nietos”. Edu le arrebató el cayado y lo rompió contra su muslo. El gesto enloqueció a Jesús. Esa noche decenas de familiares de los ‘Santiago’, que interpretaron la rotura de la vara como una humillación, convirtieron el Baró de Viver en una olla de presión para dar caza al ‘Cuellopato’. Los Mossos desplegaron en el barrio a los antidisturbios y lograron rescatarle sacándolo a escondidas de casa. 

Los enfrentamientos entre ambos, con intermitencias largas, serían frecuentes a partir de entonces. El asesinato de un gitano del clan de los Baltasares a finales de enero del 2016 trajo un periodo de calma. Tras aquel crimen, unas quinientas personas emparentadas con los autores huyeron para no sufrir la venganza de los Baltasares. Los ‘Santiago’ no eran ‘Pelúos’ como las familias desplazadas, su clan es el de los ‘Andaluces’, pero un miembro de su familia se había casado hacía décadas con uno de los ‘Pelúos’ y, por las dudas, optaron por sumarse a la fuga. Cuando regresaron, los roces con Edu se reanudaron. 

Las cosas se complicaron del todo cuando salieron de la cárcel Pedro, hijo de Jesús, y su esposa Olga. A los Mossos les tocó intervenir en diversas ocasiones, incluso a través de procesos de mediación. “No era ningún tema de drogas o de bandas, los ‘Santiago’ eran delincuentes pero Eduardo no tenía ningún antecedente. Era un conflicto vecinal que no cesaba”, subrayan fuentes policiales.

Los últimos tres días

El episodio final arrancó el jueves 20 de diciembre, cuando Edu supo que Pedro le había dado una bofetada a una amiga y respondió devolviéndole el golpe. Dio pie a una espiral de amenazas de los ‘Santiago’, que incluyeron gestos con la mano en forma de pistola y juramentos a gritos de que esta vez sí iban a matarlo. Edu denunció las amenazas el viernes 21 de diciembre. 

Los Mossos, el sábado 22 al mediodía, horas antes de su muerte, hablaron con Edu y le aconsejaron marcharse una temporada. Pero él se negó, “era su barrio”. Xènia y Ágatha creen que había indicios de sobras que presagiaban lo que estaba a punto de ocurrir y lamentan que no se mandaran patrullas a la zona para evitarlo. Algunos vecinos habían grabado a los ‘Santiago’, en compañía de familiares desconocidos en el barrio, en formación de guardia por el parque 24 horas antes del crimen. Corrió el rumor, además, de que para preparar la venganza, se habían llevado a los nietos y en el Baró se habían quedado solo los adultos.

Los Mossos, por su parte, recuerdan que aquel no era un episodio tan distinto a los anteriores, sino uno más de una secuencia larga cargadísima de amenazas graves que, por fortuna, no llegaban a cumplirse. Aquel sábado, tras escuchar resignados que Edu no quería irse, los agentes se retiraron tras remarcarle que debía llamarlos enseguida si ocurría cualquier cosa. 

Sobre las nueve de la noche, a Edu le dio la impresión de que la normalidad volvía a las calles del Baró y supuso que los ‘Santiago’, tras horas merodeando y acongojando al barrio, se habrían marchado. Salió de casa, solo, a pasear el perro. Entró en la plaza y creyó confirmar que ya no estaban. Pero por su espalda, sin que él lo percibiera, se acercó Pedro con una pistola en la mano. Le disparó cuatro veces y acertó no menos de tres. El último tiro fue en la cabeza. Una ejecución.  

Tras el asesinato, Pedro y los ‘Santiago’ se dieron a la fuga. Los vecinos, enfurecidos, quemaron su piso. Hasta entonces a Edu le habían faltado aliados que testificaran en su favor en las denuncias que había puesto contra el clan de Jesús. Pesaba demasiado el pavor que despertaban los ‘Santiago’. Su muerte cambió las cosas. Los Mossos arrestaron a Pedro un mes más tarde. A sus hermanas, Xènia y Ágatha, les duele que nadie actuara antes contra los ‘Santiago’. Dayra, la hija de Edu, ha cumplido 3 años este domingo.