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La España nacionalcatólica de Franco (y 2): Los fascistas del mañana se llamarán a sí mismos antifascistas

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Tras la victoria en la Guerra Civil, la España de Franco ―la única que había, porque el otro bando era una franquicia soviética― se vio obligada a acometer dos empresas de gigantesco calado, en un desafío histórico sin precedentes: por un lado, la reconstrucción material de un país en ruinas, devastado por la contienda bélica, sin tener medios para ello, ya que los rojos habían robado todo el oro de la nación, y el mundo estaba envuelto en las llamas de la Segunda Guerra Mundial; por otro lado, también se tuvo que acometer la enorme tarea de crear un Estado nuevo, que no podía ser la vuelta a una monarquía que había llevado a nuestra Patria a un régimen anquilosado, a una parálisis generalizada en las instituciones, y que tampoco podía ser la vuelta a la República, destrozada por la insurgencia revolucionaria del Frente Popular, que había subvertido de tal modo el régimen republicano, que la seguridad, la propiedad y la libertad de los españoles estaban seriamente amenazadas.

A esto hay que añadir las trágicas consecuencias de la Guerra Civil en el alma de los españoles, separados por graves divisiones ideológicas, productoras de cicatrices que había que sanar, diferencias que había que reconciliar para superar los odios cainitas. Esta ruina moral y económica de España iba acompañada de unas graves amenazas a su integridad nacional, provocadas por el maquis, el aislamiento internacional, y las conspiraciones monárquicas, dirigidas por Juan de Borbón, que no dudaba en pactar con los enemigos de la Patria para intentar recuperar su trono.

El resultado final de este conjunto de circunstancias hacía que era del todo punto inviable que el vencedor de la guerra convocara elecciones democráticas, pues lo que se precisaba era una autoridad fuerte que emprendiera la colosal tarea de sacar a España del marasmo económico, ideológico y sociológico que lo había llevado al enfrentamiento. ¿Es posible imaginar la vuelta a España de los comunistas, socialistas, anarquistas, terroristas y separatistas que nos habían llevado a la conflagración, para volverse a presentar a unas elecciones? ¿Se debería haber retirado Franco a sus cuarteles para que los vencidos volvieran a las andadas revolucionarias? ¿Qué demócratas había en la España de la posguerra, asolada por una jauría de totalitarios marxistas y separatistas?

Para crear ese «Estado nuevo», Franco no se inspiró ni en el nazismo ni en el fascismo, sino en el pensamiento político del carlista Víctor Pradera Larumbe, la más clara referencia intelectual de Franco. Larumbe, junto a Ramiro de Maeztu, fue una de las grandes figuras doctrinales del Alzamiento Nacional ―los dos fueron fusilados por los rojos―, autor de la obra «El Estado Nuevo», en la que «defiende un Estado inspirado en la historia española, en la tradición monárquica, en el que el hombre renuncia a la razón para depender, en una adoración perpetua, de los designios de Dios, pero dentro de una “unión social” gobernada por una monarquía social favorecida por la Iglesia católica, fuente del necesario sentimiento nacional que crea la obligación de acatar a un Estado orgánico, como la nación».

El nacionalcatolicismo de la España de Franco no fue solo el soporte espiritual e ideológico del régimen, ya que también se encarnó en su forma de gobernar, inspirando su praxis política y económica, ámbitos que se rigieron por la aplicación de los principios de la doctrina social de la Iglesia ―emanados del Centro de estudios Sociales ubicado en el mismo Valle de los Caídos―. Esta doctrina dio al franquismo un marcado componente de paternalismo social y económico.

El fuerte sustrato católico del franquismo está íntimamente emparentado con la cosmovisión tradicionalista de España, hasta el punto de que incluso puede afirmarse que el nacionalcatolicismo que lo nutrió derivaba de su veta tradicional, pues la España católica es la tradicional. Este tradicionalismo informó todas las «familias» que constituyeron el soporte del franquismo, aunque el de la Falange fuera más «liberal», más «de izquierda» que el de los requetés, más «de derecha»; en medio quedarían los monárquicos… Y, si Franco optó por la monarquía como régimen político español tras su fallecimiento, fue también ―entre otras cosas― porque la España tradicional había sido monárquica a lo largo de muchos siglos.

«En España, esta rectificación tradicionalista de la modernidad vendría legitimada por un pasado católico del máximo esplendor histórico. El resultado de estas transformaciones culturales proporciona a los católicos unos rasgos mentales ordenancistas, clericales, autoritarios, de desafección al pluralismo y a la democracia. […] El Movimiento Nacional se sustentaría en un profundo tradicionalismo de fondo y compartido por todas sus familias políticas». (Zaratiegui y García Velasco)

Al ser el catolicismo el común denominador de todas las familias franquistas, la desafección de la Iglesia tras el aperturismo progresista del Concilio Vaticano II, combinada con el alejamiento del régimen que buscaba la Iglesia para guardarse las espaldas ante la inevitable finalización del franquismo, provocó el desmoronamiento del hontanar ideológico del régimen, un vaciamiento trágico del que nunca se recuperó.

En cuanto al fuerte nacionalismo que caracteriza al fascismo, que, sumado a su predisposición por la acción incluso violenta, desemboca en el imperialismo, donde una raza pretendidamente superior busca su espacio vital —Lebensraum— donde plasmar su hegemonía, nada de esto se puede atribuir al franquismo, que careció por completo de componentes raciales e imperialistas, ya que sus características raciales eran más bien una llamada a recuperar las tradiciones patrias, los valores de la hispanidad, y tiene más que ver con el casticismo que con los afanes de conquistar territorios, hasta el punto de que descolonizó Marruecos y Guinea sin problema. Esto fue así hasta el punto de que el régimen siempre promocionó la consecución y mantenimiento de la paz como uno de los eslóganes más recurrentes de su propaganda.

La idea de Patria, consustancial al franquismo, suplanta a la de raza, pues el Alzamiento Nacional tuvo como principal objetivo salvar la unidad de España y su cultura cristiana, por lo cual, además de ser una Cruzada, también se consideró la Guerra Civil como una auténtica Reconquista, ya que se trataba de expulsar de la Patria la amenaza soviética, y a los «infieles» rojos, ateos, anticatólicos, blasfemos, homicidas, torturadores… Hay autores que califican al nacionalismo franquista como «reaccionario modernizado».

La retórica belicista, los movimientos de masas, las paradas militares que tanta importancia tuvieron en el fascismo y el nazismo, no pasaron de ser en el franquismo espectáculos revestidos de folclorismo, más que de militarismo o apoteosis guerreras que buscaban adoctrinar y movilizar a la población para futuras empresas patrióticas contra enemigos externos, y solo tuvieron cierta importancia en la más inmediata posguerra. Hubo «Frente de Juventudes», y «Sección Femenina», desfiles militares e himnos, pero en absoluto nada parecido siquiera remotamente a las SS o las SA, a no ser que las mentes lobotomizadas por el progrerío pretendan ver signos paranazis en los «Coros y Danzas».

Naturalmente, cuando intentan equiparar franquismo y fascismo, la propaganda marxista le asocia más a Hitler que a Mussolini, con lo cual pretenden nada menos que denunciar a Franco como nazi, haciéndole émulo y corresponsable de la política del nazismo, como una adaptación costumbrista del Führer.

Aparte de que en los años de la Guerra Civil el nazismo no había cometido ni de lejos los bárbaros genocidios de la Rusia de Stalin, los dos personajes no podían ser más diferentes. En su libro «Franco y el III Reich», Luis Suárez Fernández subraya estas enormes diferencias: «Franco nunca fue fascista ni nazi, ni lo fue su régimen, aunque en él sí hubiese personas dispuestos a aceptar ese giro. Franco no tuvo una relación de amistad personal con Hitler, ni política con su partido, aunque de ambos recibió ayudas notables e indispensables en la Guerra Civil, cuando las democracias occidentales preferían al Frente Popular. Franco, aunque hoy no guste leerlo, no ayudó al Eje en la Segunda Guerra Mundial, Franco fue, a su modo tradicional, un gobernante cristiano, autoritario, para nada demócrata ni tampoco totalitario; un “fiel hijo de la Iglesia Romana”, se atuvo siempre a las indicaciones de los Papas, y en particular a las de Pío XI y Pío XII respecto a la Alemania del III Reich».

Por supuesto, tampoco se puede buscar en el franquismo ni el menor asomo de persecución a minorías discriminadas, siendo un hecho ya muy conocido que Franco auxilió a muchos judíos, con frecuencia haciéndolos pasar por sefarditas para acogerlos a la protección de España. La historia de Ángel Briz —«el ángel de Budapest»—, es sumamente reveladora.
Se calcula que entre 1939 y 1941, 30.000 judíos cruzaron los Pirineos huyendo de Alemania. Tal fue la protección que brindó Franco a los judíos perseguidos, que Golda Meir y el presidente del Congreso Mundial Judío —Israel Singer— le agradecieron su ayuda durante el Holocausto. «España fue, probablemente, el único país de Europa que no devolvió a los judíos», llegó a asegurar el premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel.

Frente a los modelos corporativistas, organicistas y nacionalsocialistas italiano y alemán, con economías estatalizadas, aunque la autarquía propugnada por la Falange mediante el nacionalsindicalismo y forzada por el aislamiento internacional tuvo alguna relevancia en la España de Franco hasta los años 50, cuando se aplicaron las medidas liberalizadoras los restos de estatalismo desaparecieron de la economía, que pasó a estar dirigida por el pragmatismo, el cual es precisamente el rasgo más definidor del franquismo: su enorme capacidad para adaptarse a las circunstancias, el ser enormemente flexible y maleable, lejos de la rigidez totalitaria del fascismo y el nazismo.

Donde sí coinciden franquismo y fascismo es en marcar como enemigos al comunismo y al liberalismo, pero con la diferencia sustancial de que el antiliberalismo franquista emanaba del catolicismo —conservador y tradicional en su auténtica naturaleza—, más que de una filosofía fascista de la que carecía. Aunque fue un régimen autoritario, no cayó nunca en el totalitarismo fascista, y, guiado de su pragmatismo y de la evolución de las mentalidades que se operó en España con la prosperidad económica, desembocó en un Estado con claras medidas liberalizadoras, donde despareció incluso la censura con una ley que garantizaba la libertad de prensa.

Solo así se comprende que el régimen de Franco generara suave y pacíficamente un sistema democrático ―si es que a esto que tenemos en España se le puede llamar democracia―, sin estridencias, casi sin resistencia, en un fenómeno de autoinmolación sin parangón en la historia, lo cual quiere decir que, lejos de ser fascista, el franquismo llevaba en sí los gérmenes de las libertades.

Libertades amenazadas hoy por los nuevos milicianos, los escracheadores de la derecha, los acosadores de quien disienta de la ideología progre/roja; los que amenazan, insultan y agreden a quienes no compartan sus ideas; los que revientan los mítines de los partidos identitarios; los que llaman «fachas» a quienes defienden la unidad de España, nuestros valores tradicionales.

Y se llaman a sí mismos «demócratas», «antifascistas».

Ya lo dijo Churchill: «Los fascistas del mañana se llamarán a sí mismos antifascistas».