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La fiesta de la democracia: la muñeca chochona y el perrito piloto

Laureano Benítez Grande-Caballero.- España está de fiesta otra vez, engalanada con los faralaes de la democracia, fasto pinturero que llena de regocijo y felicidad a los españolitos, que descorchan champán en estas calendas festivas donde las libertades sobrevuelan los aires con sus mágicas estampidas de colorines y estruendos.

Así que la democracia era esto: una fiesta, un guateke, un botellon cum laude, un akelarre donde hierofantes con cucuruchos de colorines nos venden crecepelos, bálsamos de fierabras, pasaportes a Jaujas irredentas, sobre un fondo verbenero de farolillos y guirnaldas, amenizado por los mariachis de turno.

Y, como votamos todos los años, pues ya se podría institucionalizar este fieston, de modo que figurara con derecho propio en el calendario festivo, al igual que el día de la Constituta, el día de la Hispanidad, o el mismísimo Viernes Santo.

A mí esta fiesta me recuerda mucho a la de jalouin, solo que con urnas en vez de tumbas, y con papeletas en lugar de lápidas sepulcrales. Si le añadimos que muchos políticos parecen zombies, que la práctica totalidad de los mismos son sepulcros blanqueados, y no pocos calaveras vivientes, pues la pesadilla en San Jerónimo street está servida.

Con todo, la festividad más parecida a la del ejercicio democrático de las libertades se me antoja que es el famoso día de la marmota, por aquello de que tanta elección seguida que no lleva sino al bloqueo político me recuerda la película «Atrapado en el tiempo», aquella en la que un periodista es condenado a repetir el mismo día una y otra vez, hasta que aprende a ser solidario y fraterno con sus semejantes.

Ese día interminable sería una excelente tortura para el Profanador, pues, incapaz como sería de sentir un mínimo de empatía por los españoles, acabaría atrapado en ese bucle por toda la eternidad, no vueltas al mismo día como un hámster en una jaula.

Pues aquí la tenemos, españolitos, a esta democracia que hace una fiesta de la profanacion de un cadaver, de un referéndum secesionista ilegal, del asalto de perturbadas tetonas a un templo, de la eliminación carnicera de niños en el vientre de sus madres… Que celebrará con matasuegras y trompetitas el asesinato eutanasiado de ancianos, la cacería de franquistas, el cierre de webs disidentes, los homenajes a etarras, las golpizas a guardias civiles que quedan impunes…

Y es que la democracia es una fiesta, la fiesta de Blas, donde todo la izquierda salía con unos cuantos votos de más… Una fiesta de disfraces, donde los lobos van de ovejitas, los draculas de santo tos, los demonios de angelitos a la mar… Oh, qué party más maravillosa esta de la democracia, magia potagia donde basta introducir un papelillo en una urna para que todos nuestros sueños se hagan realidad.

Dicen los mantras progres que la democracia ha sido el periodo de mayor libertad y prosperidad de nuestra Patria… Si no fuera por la horrenda dictadura del pensamiento globalista, y porque España, de tener una deuda inexistente en 1975, ha pasado a tener un billón y medio casi de deuda, y eso que pagamos impuestos muy elevados, cosa que no sucedió nunca en lo que ellos, los que hacen las fiestas, califican como dictadura franquista. No les quiero amargar la fiesta, pero en el año 75 el paro era d un tres por ciento, o sea pleno empleo, y durante la democracia jamás ha bajado del 7 por ciento, estando ahora en el 14 por ciento… ¿Para qué seguir? No quiero hacer de aguafiestas, mientras los españolitos votan y terracean entre cañas y bravas.

Democracia fiestorrera, donde un profanador se alía con un golpista que quería tomar un parlamento, donde el bable es el idioma del futuro, donde un tal Errejon Potter es candidato al gobierno, y un monumento al golpista Largo Caballero deja constancia de que España si paga a traidores. Donde las fiesteras democráticas de las autonomías son pagadas a escote por los españolitos, con cuyos impuestos se cocinan las tarjetas black de fango guateke.

Yo, la verdad, cuando oigo hablar d fiestas democráticas, cuando escucho l palabra democracia en boca de golpistas, de profanadores, de bolivarianos cheguevarizados, de tiorras perturbadas, de globalista a luciferinos, le digo con una mueca de desdén: «¿Democracia? No, cracias».

Pero, más que una fiesta, la democracia meid-in-espein es una especie de tómbola, de luz y de color, que podría definirse con aquella genial propaganda que voceaba un tombolero de mi infancia, altavoz en mano: «¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! ¡La muñeca chochona y el perrito piloto!»