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La guerra en las penumbras

Por Antonio Sánchez García.- Vengo sosteniendo reiteradamente mi honda preocupación por el clima prebélico que afecta al orden mundial desde la aparición del COVID-19 y la profunda crisis de gobernabilidad que ha desatado en los Estados Unidos y en algunas otras potencia europeas y latinoamericanas, como España, Italia, Alemania, Brasil y Chile, en donde sus efectos sobre la parálisis de sus economías ya se traduce en una grave caída de la productividad, solo comparable a los vectores de la Gran Depresión. Nada que sorprendiera inactivos a los factores desestabilizadores del ante trumpismo, víctima propiciatoria del comunismo mundial, puestos en pie de guerra por los demócratas para impedir la reelección del actual presidente en las elecciones presidenciales de noviembre.

Un cálculo de probabilidades perfectamente calculable por los principales adversarios de la gran potencia, y en primer lugar a su principal enemigo, la China comunista, productora y difusora de la COVID-19 o virus chino, como lo bautizara el presidente Trump. Y que en una jugada maestra y sin disparar un solo tiro han logrado poner de rodillas a la primera potencia mundial. La inmensa gravedad de la pandemia, cuya naturaleza hasta ahora incontrolable y cuyas cifras de víctimas potenciales ya permiten imaginar un escenario global apocalíptico, han dado lugar a las mayores aprehensiones. Toda vez que los organismos internacionales, desde la ONU, a la FAO, la OEA y sobre todo la OMS se han demostrado absolutamente incapaces de enfrentarla exitosamente. El mundo se ha visto huérfano de instrumentos de defensa. El miedo se ha apoderado de la humanidad.

De allí el profundo impacto que me ha producido la lectura de la extraordinaria misiva de monseñor Carlo María Viganó a Donald Trump, y en la cual el exrepresentante del Vaticano ante el Departamento de Estado pone el dedo en la llaga: el mundo sigue, más de un siglo después, bajo el horror del ataque del marxismo sino soviético a la libertad, imperante desde 1917. Momento desde el cual, la conciencia se debate entre los servidores de la luz – el bien – y los servidores de la oscuridad – el mal. Las izquierdas antidemocráticas y las derechas institucionalistas. La crispación se ha apoderado de la opinión pública norteamericana, cebada aviesa y malvadamente por aquellos factores políticos y mediáticos – las fuerzas de la oscuridad, el mal – decididos a llevar su oposición al Gobierno Trump hasta sus últimas y más extremas consecuencias: el derrocamiento y la mortal fractura del sistema de libertades que lo sustenta. Y nos sustentan, a todo el Occidente judeocristiano. Sin consideración al hecho de que, en las circunstancias presentes, dichas consecuencias podrían resultar en el grave quebrantamiento de la estabilidad social y política de los Estados Unidos. Con inimaginables consecuencias en el ordenamiento global.

Una malvada y terrorífica estrategia en absoluto azarosa o circunstancial, como lo demuestran los hechos suscitados en octubre pasado en Santiago y otras ciudades chilenas, en las que la insurrección motivada y financiada por Cuba, Venezuela, el Grupo de Puebla y la izquierda local y regional pusieran en jaque al Gobierno democrático de Sebastián Piñera. Un régimen liberal al que todos considerábamos inexpugnables, hasta convertirse en blanco de las acciones bélicas del castrocomunismo global. No faltaron entonces las voces de la pusilanimidad e ignorancia políticas, incluso de grandes personalidades del arte y la cultura, como el Nobel peruano Vargas Llosa, que corrieron a minimizar, incluso a desconocer la injerencia del castrocomunismo en las labores de desestabilización puestas en acción desde Sao Paulo, La Habana, Caracas y Puebla. “Estamos en guerra” – recuerdo haberle escrito a Ricardo Lagos. En absoluta concordancia con Monseñor Viganó.

De allí la inmensa sorpresa que me produce recibir por las redes una foto en la que se ve al dictador venezolano Nicolás Maduro, departiendo con una de las afroamericanas cofundadoras de uno de los principales movimientos de la insurrección que llegara hasta las puertas de la Casa Blanca. Imposible no pensar en que tal intimidad se traduzca en soporte financiero, estratégico y táctico, incluso en la intromisión de efectivos del chavismo en los actos insurreccionales en Washington, tal como sucediera en Santiago de Chile. El periódico ABC de España lo reseña en una nota firmada por su corresponsal David Alandete titulada La Casa Blanca atribuye algunos episodios de violencia con protestas a un boicot del chavismo:

«Un alto funcionario de EEUU dice a ABC que el régimen de Maduro quiere reventar las manifestaciones raciales pacíficas ‘para incitar a la violencia’. La Casa Blanca está convencida de que, como hizo el año pasado en Chile, Ecuador y Colombia, el régimen de Venezuela y grupos afines en toda Iberoamérica intentan aprovechar las protestas en contra del racismo para provocar estallidos de disturbios y violencia, tratando de crear caos en las protestas que se han propagado en todo el país y que son hasta la fecha en su gran mayoría pacíficas».

Un funcionario estadounidense declaró a ABC: «Estamos al corriente de intentos de individuos con lazos con los adversarios de Estados Unidos, incluido el régimen ilegítimo de Nicolás Maduro en Venezuela, de instigar conflictos, ayudar a incitar la violencia».

Coincide la publicación de la extraordinaria misiva de monseñor Viganó con un importante artículo de la líder venezolana María Corina Machado en el periódico El Mundo, de Madrid, en el que alerta sobre el papel jugado por la dictadura venezolana en la desestabilización hemisférica, que ya afecta directamente a los Estados Unidos, y la urgente necesidad de que las democracias occidentales y sobre todo la primera potencia mundial asuman tal amenaza interviniendo con todos sus medios en la resolución de nuestra crisis. Que comienza a ser la de ellos. Llegó la hora de enfrentar las fuerzas del mal. Es nuestro imperativo categórico.