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La guerra por el alma de América: «Donald Trump, el asalto de la izquierda a los Estados Unidos y cómo recuperar nuestro país»

Adelanto del último libro de Sebastian Gorka, ex asesor del presidente Donald Trump y analista de seguridad nacional para diferentes medios de comunicación. Su más reciente ensayo, publicado por la Editorial Regnery, lleva por título The War for America’s Soul: Donald Trump, the Left’s Assault on America, and How We Take Back Our Country («La guerra por el alma de los EEUU: Donald Trump, el asalto de la izquierda a los EEUU y como recuperar nuestro país») e incluye capítulos tan reveladores como el que publicamos a continuación:

Los EEUU y sus aliados pueden haber derrotado a los totalitarios, sanguinarios regímenes del socialismo y el fascismo en la Segunda Guerra Mundial y al comunismo en la Guerra Fría, pero su ideología no está muerta. De hecho, el comunismo esta muy muy vivo actualmente. Y no me refiero a China, Corea del Norte o Cuba. Sí, esos son regímenes comunistas que han sobrevivido a la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética. De lo que estoy hablando es de las amenazas del comunismo y socialismo dentro de EEUU, una amenaza que ha internalizado elementos claves del fascismo. Podremos haber ganado la Guerra Fría con la Unión Soviética y sus esclavos satélites, pero treinta años después, la amenaza interna de aquellos que desean desmantelar nuestra nación desde dentro es mayor que ninguna otra desde la Guerra Civil.

Considere esto: hoy, en EEUU, uno de los dos partidos que se dividen el poder es generalmente representado por un grupo de novatas diputadas, las llamadas «squad», si bien yo prefiero «Las Cuatro Amazonas del Apocalipsis Demócrata» (constituido por Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley).

Dos de ellas son en realidad miembros de la agrupación Socialistas Democráticos de EEUU (Democratic Socialists of America) y fueron electas en su cargo siendo esta pertenencia de público conocimiento. Estas cuatro en conjunto – quienes en menos de seis meses acorralaron a todo el establishment demócrata, incluyendo a la presidente del bloque, Nancy Pelosie – abiertamente, en forma individual o conjunta, mantienen públicamente las siguientes posiciones:

– Demandaron la disolución de la Agencia de las Fuerzas de Seguridad de Aduanas e Inmigración (ICE: Immigration and Customs Enforcement) y la disolución del departamento de seguridad interna (DHS: Department of Homeland Security).

– Pidieron abiertamente fronteras no seguras con México.

– Apoyaron servicios de salud gratuitos para inmigrantes ilegales.

– Denunciaron a Israel como una nación maligna que ha hipnotizado a Occidente.

– Acusaron a los congresistas judío-americanos de tener lealtades divididas.

– Proclamaron que las «caras marrones y negras» deben ser «voces marrones y negras» y que ninguna de esas voces puede disentir de su agenda socialista.

– Describieron los horrendos ataques del 11 de septiembre del 2001 como «alguna gente hizo algo».

– Se negaron a denunciar los violentos actos de ‘antifa’, ‘Al Qaeda’ e ISIS.

– Propusieron un gigantesca modificación de la economía de EEUU bajo el cartel de «Green New Deal» (Nuevo Acuerdo Verde) que costaría 90 billones de dólares [90.000 millones de euros] implementar y que llevaría a prohibir los motores a nafta, los viajes privados en avión y demoler y reconstruir todo edificio que no sea «verde».

Y esto es sólo una fracción de las delirantes cosas que Ocasio-Cortex, Omar, Tlaib y Pressley han dicho desde las elecciones de 2018.

¿Cómo llegamos a este punto? ¿Cómo estas mujeres – con sus opiniones antisionistas, antiamericanas, socialistas, y con una política identitaria extremista – han llegado a ser la cara visible del Partido Demócrata?

Bueno, no fue un accidente.

Seré tan suscinto y operativo como lo pueda ser, teniendo en cuenta que todo lo que usted necesita ahora son los hechos pertinentes que le pueden proveer elementos para su pelea política para apoyar la agenda del «Make America Great Again» y ayudar a asegurar el futuro de nuestra nación [EEUU].

Pero antes tengo una deuda de gratitud con el fallecido Andrew Breitbart y su autobiografía «Righteous Indignation» («Justa Indignación»). En el capítulo seis de esta obra presenta la más coherente descripción de cómo los dementes izquierdistas tejieron un complot – y tuvieron éxito – para capturar la política y la cultura norteamericana. Por favor, lean la historia de Andrew ustedes mismos luego de que hayan terminado este libro. Mientras tanto acá hay un resumen de cómo la ‘Nueva Izquierda’ diseñó un complot para capturar el alma americana y prácticamente logró el éxito antes de que un ‘outsider’ de Queens se hiciera candidato para la presidencia y les ganó a todos ellos – al menos temporalmente -.

Los fundamentos están claros. La ‘Nueva Izquierda’ de EEUU puede ser rastreada hasta Jean-Jacques Rousseau, quien, a mano limpia y por sí solo, prácticamente, finiquitó siglos de la filosofía occidental y la sabiduría teológica.

En lugar de creer que el hombre es un caído de la gracia divina, que es fatalmente defectuoso, y posee egoísmo y maldad, Rousseau negó la realidad de miles de años de historia de la humanidad, y estipuló que el hombre es inherentemente bueno y que su «bondad» puede ser maximizada si nos apartamos de la idea de los derechos individuales, libertades y obligaciones, y en su lugar, nos focalizamos en la comunitaria «voluntad del pueblo», donde los intereses de la mayoría pesarán más que los de cada individuo, y podemos realizar energía social para mejorar la sociedad. La visión de Rousseau fue clave para el consiguiente desarrollo de Karl Marx y de su colectivista ideología del comunismo.

Como otros ideólogos psicópatas, Marx tomó ideas de otros para construir su filosofía. Tomó ideas sobre la perfectibilidad del hombre y el comunalismo de Rousseau. Marx robó la idea del «materialismo histórico» de Friedrich Engels. Hurtó la idea del progreso inevitable (en la visión de Marx, el comunismo) de Hegel y su epónima «dialéctica». Hegel, un hombre profundamente religioso, a diferencia del militante ateo Marx, vio la historia del hombre como una perpetua progresión, una serie de mejoras cualitativas en nuestra vida colectiva cuando una nueva idea (antítesis) reaccionaba contra una idea existente (tesis) y resultaba en una conceptualización (síntesis) que superaba a ambas ideas combinadas. Esta progresión, o al menos esos creía Hegel, incrementaría nuestro conocimiento (iluminista), hasta que percibíamos la última síntesis, la más pura versión de la verdad, que era Dios Mismo.

Marx tomó la clave dinámica de Hegel y removió a Dios y a la Verdad. Para Marx lo intangible es irrelevante. Todo lo que importa es lo material, y así nació el «materialismo dialéctico», en el cual la tesis y la antítesis eran expresiones del inherente conflicto dentro de la sociedad, el encontronazo entre los que tienen y los que no, entre el opresor y el oprimido, el capitalista y los trabajadores explotados, lo que iba a finalizar en una revolución después de la cual no habría clases sociales, y donde los «medios de producción», las factorías que producen la riqueza, pertenecerían a todos, y todos nosotros viviríamos en un mundo justo sin explotación.

No, en serio. Esta basura es la que Karl Marx vendió en su libro Das Kapital (El Capital) y The Communist Manifesto (El Manifiesto Comunista). E, increíblemente, algunas personas creyeron esta porquería. Tanto es así que la usaron como patrón para sabotear y subvertir múltiples naciones alrededor del mundo, empezando por la Rusia zarista y alcanzando a Cuba y China. Pero ahí surgen los problemas, ya que los seguidores de Marx fallaron en todos sus intentos de efectuar una revolución comunista en Europa occidental y en los EEUU. Y, como remarca Andrew Breitbart en su libro, los EEUU fueron una nuez especialmente difícil de romper para los seguidores de Marx debido a la forma en que los EEUU nacieron. Nuestros Padres Fundadores sabían bien que el hombre es falible y tiende al egoísmo y a la maldad. Entienden la necesidad de tener un Gobierno con controles y contrapesos y separación de poderes. Y nos dejaron una Constitución escrita fundada no en una absurda utopía colectivista, sino construída en el reconocimiento de los inalienables derechos dados por Dios, incluyendo los derechos garantizados por the Bill of Rights. Los EEUU han tenido presidentes progresistas y presidentes liberales, pero han mantenido al país firmemente antisocialista. Los discípulos de Marx, sin embargo, no están listos para rendirse. Acá es donde la influencia de un italiano lisiado y jorobado empieza a tomar cuerpo.

Antonio Francesco Gramsci es el abuelo ideológico de todos los que amenazan a los EEUU modernos y a nuestras libertades, desde el Nuevo Acuerdo Verde de Alexandria Ocasio-Cortez a la violencia de ‘antifa’. Sus textos, manuscritos en una prisión italiana, fueron potenciados por un político y escritor húngaro, Gyorgy Lukacs, ambos compartiendo la convicción de que el comunismo había fallado en establecerse en las democracias de Occidente – en oposición a la atrasada sociedad de la Rusia zarista – porque esas sociedades eran demasiado resilentes y desarrolladas. Para que el marxismo prosperara en el resto de Europa y los EEUU, esas sociedades «burguesas» debían ser desmanteladas pieza por pieza. Desde adentro. La ‘Nueva Izquierda’ tomó esa máxima y la convirtió en el credo del ahora Partido Demócrata: desde el ‘Obamacare’, una intrusión sin precedentes en las elecciones privadas del cuidado de salud, a la anticientífica insanía del transgenerismo y más allá. No es una acusación ligera, sin contexto, una acusación que flota en el espacio. El camino desde Gramsci y Lukacs a Alexandria Ocasio-Cortez e Ilhan Omar puede ser demarcado histórica, geográfica e institucionalmente.

Institucionalmente, la historia se muda a Alemania y al filósofo playboy y millonario Felix Weil, quien usó la riqueza de su familia para cobijar a las ideas radicales bajo un nombre, el Instituto de Estudios Sociales. (Es gracioso como siembre encuentran etiquetas anodinas e inocuas para sus nefastas actividades). Ustedes pueden haber escuchado hablar de ese instituto bajo otro nombre: la Escuela de Frankfurt. Acá Weil le dio lugar a Lukacs, así como a un filósofo llamado Max Horkheimer, un hombre del cual los norteamericanos jamás oyeron hablar pero cuyas ideas letales domina la mayoría de los colegios de EEUU.

Horkheimer, como Gramsci y Lukacs, reconocieron que el marxismo no iba a prevalecer contra las sociedades desarrolladas, establecidas y robustas. El status quo en Occidente era simplemente inmune a las radicales ideas de «justicia social» y a la igualdad impuesta por el estado. Así que diseñó un arma que suena inofensiva para destrozar el status quo: la Teoría Crítica. De acuerdo a esta «teoría» que ahora domina las ciencias sociales de EEUU y de la mayoría del mundo judeocristiano, el actual estado de cosas debe ser incansablemente disputado en todos los frentes. Porque el poder está en las manos de aquellos que no lo merecen, todas las relaciones existentes y todos los conceptos dominantes deben ser criticados y desmantelados, incluido el idioma, hasta que la sociedad moderna quede totalmente deconstruída, en piezas, e incapaz de defenderse a sí misma para luego ser reconstruida según las líneas del marxismo.

Horkheimer reclutó a sus filósofos viajeros que odiaban las tradiciones de Occidente, incluido Herbert Marcuse, Theodor Adorno y Erich Fromm. Sus nombres son reverenciados hoy por los izquierdistas radicales quienes han puesto en marcha su prescripción de que el Occidente judeocristiano, democrático y las instituciones capitalistas deben ser atacadas permanentemente hasta que colapsen, empezando por la familia y terminando por el estado-nación.

De todas formas, mientras Horkheimer construía su equipo de revolucionarios académicos, la historia intervino. Con el surgimiento de Hitler, el futuro de esos comprometidos marxistas, muchos de los cuales eran judíos, se volvía complicado si permanecían en Alemania. ¿Qué hicieron entonces? Lo adivinaron. Con el habitual corazón abierto y brazos abiertos, los norteamericanos dieron la bienvenida a esos hombres perseguidos en sus propias naciones. Trajimos a los subversivos de la Escuela de Frankfurt a nuestras costas, específicamente a Princenton, Columbia, Brandeis, y a la Universidad de Chicago.

En los años posteriores a la gran guerra, los defensores de la Teoría Crítica trabajarían su magia marxista sobre cada uno de los pilares de la sociedad norteamericana, y encontraron a nuevos adherentes, como el periodista Edward R. Murrow, y luego a influyentes agentes culturales como el Dr. Benjamin Spock. Spock adoptó muchas de sus ideas radicales, propuso e hizo propaganda de una nueva manera de criar a los niños de EEUU, y escribió un libro revolucionario intitulado The Common Sense Book of Baby and Child Care (El Libro del Sentido Común sobre el Cuidado de Niños y Bebés) que vendió más de cincuenta millones de ejemplares. Marcuse tomó sus ideas de «deconstruccionismo» de su mentor Martin Heidegger y las promulgó por toda la Academia hasta que fue reconocido como el padre de la ‘Nueva Izquierda’. (Las ideas de Heidegger también fueron centrales a la ideología de Adolfo Hitler y el Tercer Reich, demostrando que el marxismo, el fascismo y el nacionalsocialismo tienen mucho en común).

La genialidad de Marcuse consistió en ver que la expectativa marxista de una revolución en los EEUU era una fantasía. Marx predijo que la lucha entre los burgueses y la clase trabajadora era inevitable porque se cansarían de ser «explotados». Pero Marcuse se dio cuenta de que EEUU era una nación única desprovista de una estructura de clases, al menos en el sentido de las naciones europeas, que soportan increíbles estratificaciones y distinciones de clases, al punto que la pertenencia de clase puede ser establecidad por el acento de una persona.

En los EEUU, la ilimitada movilidad social permitió que la república basada en los derechos de los individuos opuesta a los privilegios de las clases, es donde un abogado autodidacta, Abraham Lincoln, podía convertirse en presidente, y donde Barack Obama, hijo mestizo de una madre soltera, podía hacer exactamente lo mismo. Fomentar la lucha de clases claramente no iba a prosperar en una país donde la idea de distinciones de clase era rechazada por la mayoría. Los conflictos sociales debían ser exacerbados para establecer que las estructuras sociales debían ser desmateladas. Marcuse encontró otra línea divisoria que podía se expltoada: los «grupos de víctimas». ¿Quién necesita al proletariado para construir una revolución, cuando puede decir que las mujeres son victimizadas por los hombres, cuando puede perpetuar un sentido de explotación entre hombres blancos y no blancos, o entre homosexuales y heterosexuales? Andrew Breitbart, como es de suyo, elocuentemente lo expresa cuando describe la misión de Marcuse de «desmantelar la sociedad norteamericana usando la diversivdad y el ‘multiculturalismo’ como taladros con las cuales romper la estructura pieza a pieza».

¿Y qué mejor arma para cometer el asalto de las estructuras de la sociedad, maximizar la tensión entre víctima y opresor? Bueno, simplemente, el totalitarismo. ¿Pero cómo puede uno vender el totalitarismo a unos EEUU que salen de una guerra mundial contra Hitler y se involucran en al Guerra Fría contra Stalin y van a entrar en una era de amor y «flower power»? Fácil. En una giro que hubiera sorprendido al mismo George Orwell, Marcuse instruyó a sus acólitos a vender su totalitarismo como tolerancia, «tolerancia partisana», que fue incorporado en un ensayo escrito en 1965 como guía para cerrar un debate y silenciar a los críticos de la Teoría Crítica. Ahora quédense conmigo porque viene una verdadera maravilla.

De acuerdo a Marcuse, la tolerancia clásica ha fallado en nuestras sociedades. ¿Por qué? Bueno, porque tolera todas las ideas, aún aquellas que están «mal». Como resultado, la tolerancia como ha sido practicada desde que el mundo existe es, de hecho, una «tolerancia represiva», desde el momento que permite expresiones de lo «injusto», miradas que perpetúan la explotación y la opresión. Como resultado, debemos redifinir la tolerancia de tal manera que la opresión sea removida. Lo que significa que a partir de ahora, uno necesita tolerar únicamente aquello que no mantienen las normas establecidas de «opresión». La tolerancia, para ser «real» tolerancia a partir de ahora debe ser «tolerancia partisana». ¿Me siguieron hasta aquí? Este recorrido lunático se emparenta hermosamente con la novela 1984 de Orwell, mientras el Gran Hermano sostiene una y otra vez que la «guerra es paz» y la «libertad es esclavitud».

Antes de que usted diga «¡es suficiente! ¡Pare de hablar de estos profesores dementes!», considere esto: Marcuse le vendió la idea de «tolerancia partisana» a sus amigos radicalizados en 1965, y hoy es lo políticamente correcto. Marcuse es la razón por la cual hoy un judío practicante como Dennis Prager es etiquetado como intolerante y nazi, mientras a los oradores conservadores les cancelan las intervenciones en los campus de los colegios, y donde se celebran iniciativas antisemitas como boicots, y sanciones contra Israel y la razón por la cual si un hombre llama hombre a un hombre en Twitter puede ser suspendido sumariamente por «insultar», si ese hombre se ha declarado mujer el día anterior.

¿Ahora usted puede ver cómo Alexandria Ocasio-Cortez o Ilhan Omar no son accidentes bizarros sino la consecuencia directa de una larga degeneración que comienza con los intelectuales marxistas que se dan cuenta de que no hay forma de tomar por asalto a los países del Occidente excepto desde dentro? Aún así, no se puede pasar de Antonio Gramsci a Alexandria Ocasio-Cortez sin mencionar a una otra persona – y esa persona es, y permanece como musa y héroe de muchos izquierdistas radicalizados, y que de hecho fue el centro de la disertación de Hilaria Clinton en Wellesley: Saul Alinsky. Para citar nuevamente a Breitbart:

Si Marcuse fue el Jesús de la Nueva Izquierda, entonces Alinsky fue su San Pablo, haciendo proselitismo y volviendo comprensible y practicable el mensaje de Marcuse, haciéndolo operativo, y convenciendo a los líderes de que debía ser la religión oficial de los EEUU, aún si significaba descartar la vieja religión secular de los Estados Unidos: la Constitución.

[Y ese libro] Rules for Radicals (Reglas para Radicales) podría perfectamente ser intitulado How to Take Over America from the Inside (Como tomar por asalto los EEUU desde Adentro). Es la teoría hecha carne. Alinksy la desplegó paso a paso, pero nosotros estábamos demasiados ocupados peleando los resultados para leer el plan de lucha.

Caramba, Andrew era bueno. Por favor, lean su libro Justa Indignación (Righteous Indignation) luego de que hayan finalizado el mío.

Alinsky es el primer moderno «organizador comunitario». Y comunista también, pero uno pragmático, y realista que sabía por experiencia qué funcionaría y qué no cuando uno enfrenta un enemigo más fuerte. Sabía como co-optar gente que necesitaba co-optar. Y sabía cómo empezar la revolución desde adentro de las estructuras que deseaba controlar, lo opuesto a destruirlas desde afuera.

Andrew proveyó un resumen sobresaliente en el capítulo seis de su libro donde Alinsky toma las ides abstrusas y pretenciosas de la Escuela de Frankfurt y las convierte en reglas de guerra claras y operativas, una guerra contra la civilización judeocristiana. En particular deja en claro que el fin justifica los medios. Da un pormenorizado manual, golpe a golpe, paso a paso, de lo que Alinsky creía y lo que no creía, lean el capítulo de Justa Indignación, aún mejor, lean Rules for Radicals que es un pequeño ejemplar en rústica.

Pero para nuestros objetivos, para entender en lo que la izquierda se ha convertido y cómo Donald Trump es nuestra única esperanza de parar lo que de otra manera sería el avance de las aterradoras crías de Gramsci, acá hay elementos claves de la estrategia de Alinsky para destruir a los EEUU y reemplazarlo por el horror marxista.

A medida de que los lea, piense dónde ve desplegados estos axiomas en la política norteamericana de hoy y cómo hará para enfrentarlos y derrotarlos.

– Viva según la Regla de la Destrucción Personal. Trate a su adversario como inhumano, sin respeto o compasión. Ya sea Sarah Palin, el Juez Brett Kavanaugh, o el Presidente Donald Trump, identifique objetivos, inmovilícelos, haga que su ataque sea personal, polarice la opinión pública, demonícelos hasta que sean considerados diabólicos.

– El establishment aborrece ser ridiculizado. Use el ridículo para incomodar al establishment y subvierta su legitimidad.

– Ponga presión en su enemigo y nunca aliviane la carga. Siempre esté en la ofensiva de tal forma que su enemigo nunca pueda descansar, recuperarse o reagruparse.

– Etiquete a sus oponentes de hipócritas y golpéelos sin piedad, en el caso de que no alcancen sus ‘standards’.

– Nunca se extienda más allá de la seguridad de sus expertos, pero fuerce a su enemigo fuera de ella.

– Nunca descanse tras una victoria. Golpee cuando su enemigo todavía está en ‘shock’. Sin piedad.

– Sus acciones sólo son importantes mientras fuercen a su enemigo a equivocarse o a sobrerreaccionar. Considérese a sí mismo como un provocador cuya misión es llevar a su enemigo a cometer errores una y otra vez hasta que su posición sea insostenible.

– El poder es medido por cuán fuerte su enemigo cree que usted es. Nunca permita que su enemigo tenga completa dimensión de su fuerza. La desinformación y el engaño son sus amigos.

Estas son las reglas que han sido usadas contra nuestra nación y nuestros valores desde los años sesenta. Porque los izquierdistas se inspiraron en Alinsky tenemos «políticas identitarias» que presentan a todo norteamericano según el color de su piel, su sexo, y sus preferencias sexuales.

El más importante pilar de la civilización, la familia nuclear, ha sido gravemente debilitada, especialmente en las comunidades negras donde las familias sin padres se han convertido en la norma. Gracias a las ideas de Marcuse, y las tácticas de Alinsky, a muchos norteamericanos le han lavado el cerebro en creer que matar un niño en el útero de una madre es equivalente a control de la natalidad. Han convecido a las mujeres de que deben ser iguales a los hombres, de que perseguir carreras exigentes debe ser su prioridad – aún a expensas del matrimonio y la maternidad.

Hemos sido arrullados en creer que las drogas recreativas no son tan malas para la sociedad y que algunas de ellas deben ser legalizadas. Y en cuanto a nuestro lugar en el mundo, muchos norteamericanos ahora creen que los EEUU – nuestro poder, posición, y ejemplo- son un problema. La pobreza global, la guerra, la injusticia, y el fin de los tiempos ambientalista son todo por nuestra culpa, nos dicen, o sugieren, y que lo menos que podemos hacer es abrir nuestras fronteras y permitir que el resto del planeta tome lo que quiera de lo que quede, mientras nosotros nos deslizamos a un inevitable y necesaria decadencia.

Este fue el poder de la Escuela de Frankfurt y ese fue nuestro destino, hasta que un hombre llamado Donald J. Trump dijo: «Make America Great Again».

Ahora la pregunta es: ¿podrá él lograrlo?