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La histórica victoria de la España de Franco sobre Inglaterra en la ONU

Con las salas del Centro Riojano repletas, la primera sesión del seminario sobre Gibraltar ha correspondido a José María Carrascal, que no necesita presentación. Entre sus trabajos de periodista ha escrito un imprescindible libro de historia, La batalla de Gibraltar, confrontación diplomática librada en la ONU entre los años 1964 y 1969. Algo que debería ser vastamente conocido por la opinión pública, pero que por desgracia ha permanecido semioculto durante decenios.

El planteamiento general era este: aprovechando la marea descolonizadora, Londres declaró colonia a Gibraltar, lo cual anulaba unilateralmente el tratado de Utrecht, por lo demás anulado sobradamente por las usurpaciones y abusos de los ingleses en los siglos pasados y en el XX. El truco consistía en que, al “autodeterminarse” los gibraltareños, elegirían sin duda mantenerse de hecho bajo poder inglés con la base militar, de la que vivían, junto con el contrabando y otras agresiones a España. De modo que, con este disfraz, Gibraltar pasaría “por propia voluntad” a depender para siempre de Londres.

Ya de antemano la batalla parecía ganada por Inglaterra, porque no dejaba de ser una gran potencia y tener el apoyo de los países de Europa occidental (casualmente también apoyarían a la ETA en su momento), incluso el más disimulado de Usa — que no podía ser abierto debido a sus bases en España– así como un puesto privilegiado en el Consejo de Seguridad como uno de sus cinco miembros permanentes. Además utilizaba a fondo el argumento del franquismo como régimen no democrático. No debe olvidarse que al terminar la guerra mundial, los anglosajones y los soviéticos y otros países, de consuno, intentaron hambrear a España por medio del aislamiento. Este plan criminal no les salió bien, teniendo que tragar finalmente con un régimen español que, al revés que el resto de Europa occidental, no debía nada al ejército useño ni a las finanzas useñas ni a Stalin: España se había reconstruido con sus propias fuerzas pese a las asechanzas y hostilidad exteriores.

En España, la estupidez interesada de muchos antifranquistas les llevaba a argumentar que era lógico que no devolvieran el peñón mientras estuviese Franco, pero que con una democracia sí lo devolverían. Eran como aquellos que colaboraban o justificaban a la ETA pensando que les hacía el trabajo sucio pero que, cuando muriese Franco, dejaría de asesinar y les dejaría a ellos los jugosos puestos políticos en una democracia sui generis.

La descolonización venía impulsada especialmente por Usa y la URSS, y dio lugar a un movimiento de No Alineados. Y enseguida se percataron muchos de que las potencias coloniales podían mantener su dominio disgregando países, sobornando a poderes, etc. Por eso se pusieron trabas: la descolonización no debía romper la unidad territorial de los países, lo cual debilitaba la posición inglesa.

La experta diplomacia franquista maniobró sobre este punto, recordando, además, que los auténticos gibraltareños eran los descendientes de los habitantes del peñón que habían tenido que huir ante la invasión inglesa. Los contactos con los países hispanoamericanos rindieron enseguida sus frutos, y también fueron tratados los países árabes, que acababan de sufrir los abusos coloniales de Inglaterra (los primeros bombardeos indiscriminados sobre población indefensa los realizaron los ingleses en Irak).

El embajador sirio preguntó al representante inglés por el nombre del gobernador de Gibraltar. Este lo dijo, y apostilló el sirio: “En mi país se le conoce como “el carnicero de Damasco”. Finalmente también los soviéticos, que tanto habían hostigado España junto con los anglosajones y países eurooccidentales, se opusieron a las pretensiones de Londres, por ganarse simpatías.

Los ingleses sufrieron una derrota diplomática aplastante. Un último intento fue el de poner en primer plano los “deseos” (wishes) de los llanitos. España replicó que se respetarían sus derechos (no serían expulsados o perseguidos) pero no sus deseos, que todos sabían cuáles eran. La ONU decidió que en el plazo de un año debían concluirse las negociaciones entre Madrid y Londres (los llanitos no tenían ningún papel, como era lógico) para descolonizar Gibraltar y devolverlo a España. Puede decirse que Londres había caído en su propia trampa al declarar colonia al peñón.

Dado que Londres se empeñaba en incumplir los acuerdos (vulnerar por la fuerza todos los acuerdos o pactos cuando no le convienen es una larga tradición inglesa) España cerró la verja. El resultado muy rápido fue que el peñón se convirtió en una ruina muy costosa para Londres, al paso que disminuyó el contrabando, otra fuente tradicional de riqueza para los llanitos. De paso, el régimen industrializó la zona, para evitar la dependencia laboral de Gibraltar: quedan, como resultado de ello, el puerto de Algeciras, convertido en uno de los más importantes de Europa, la factoría de Acerinox, y otras empresas. Hoy, el panorama es, a pesar de esa herencia, desolador: es la zona de mayor desempleo de España.

Carrascal se extendió luego con cierta amplitud sobre cómo los políticos españoles empezaron, ya con López Bravo y luego con Marcelino Oreja, a cobardear y chanchullear, pese a que la propia ONU presionaba en el sentido justo. El espejismo del Mercado Común fue a su vez utilizado por Londres para mantener el statu quo, frente a una diplomacia española que ya no era la del franquismo, sino la de unos gobiernos indecentes, ansiosos de ganarse la aprobación de Londres y otros como “demócratas”.

El conferenciante se extendió también sobre cómo los politicastros españoles anularon después la histórica victoria de su país, que prefieren dejar en el olvido, y convirtieron la ruina para Londres en un emporio capaz, hoy, de corromper y sobornar a media Andalucía y actuar también en el mismo Madrid. Tema que explicará más ampliamente el próximo conferenciante, Guillermo Rocafort, el viernes que viene.