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La imposible tarea de tener un partido identitario fuerte en España en medio de una derecha social acomplejada, cobarde y sin orgullo racial

AR.- Como Machado, a distinguir me paro las voces de los ecos. Por eso AD no cayó en el atolondramiento de apostar por formaciones tan poco fiables, desde la base de lo que aquí defendemos, como Vox. Y el tiempo, una vez más, nos ha dado la razón.

Contemplo como empresa quimérica que un partido verdaderamente identitario pueda consolidarse en un país que mayoritariamente carece de orgullo racial. Sin la defensa del racialismo, el identitarismo sería como una flor sin fragancia. La pecualiaridad de la población española la agrava la singularidad de la derecha social: cainita, folclórica, cobarde, buenista, incoherente, superficial, ñoña, inculta, moralmente ubicua… Poco o nada grande cabe esperar de una derecha social con tal insolvencia ideológica que incluso ha adoptado la neolengua de la izquierda; es decir, términos construidos con fines políticos, con el objetivo de dirigir y controlar el pensamiento del hablante. Como por ejemplo Rocío Monasterio refiriéndose desvergonzadamente a las feministas como «feminazis». Entendemos su lacayuno propósito de servir a sus amos, pero no que se manipulen los hechos hasta el punto de vincular el régimen nazi con la entronización del feminismo radical en las democracias liberales.

Lo más reprobable de la derecha social española es su renuncia a plantar batalla ideológica a la izquierda. La izquierda ha establecido numerosas líneas rojas que no pueden ser sobrepasadas salvo que uno se exponga al linchamiento mediático y aún a cosas peores. Un dirigente de izquierda tiene legitimidad moral para ensalzar a Santiago Carrillo. Ningún dirigente de la triple derecha se atrevería nunca a elogiar la figura de Blas Piñar. Y ello pese a los cientos de crímenes que adornan la biografía política del que fuera dirigente comunista. Los argumentos de la izquierda cuentan con la vitola de ser los únicos moralmente aceptables por una mayoría de la opinión pública, incluida ese amplio sector de la derecha social que acata dócilmente los mantras oficiales.

La situación es aún peor en el campo de la libertad expresiva. Cualquier periodista patriota puede ser encarcelado por defender ciertas causas consideradas como heréticas por el nuevo tribunal del santo oficio. Si hablas por ejemplo de que una europea nativa ha sido víctima de un delito sexual perpetrado por un inmigrante del medio oriente, te expones a que un fiscal interprete la información como una inducción al odio. Las ideas que son establecidas como oficiales, algunas como las que defienden el derecho el Estado acabar con la vida de un anciano, no pueden ser refutadas bajo ningún punto de vista. Y si lo son, te arriesgas a que te quiten puntos del carné de pedigrí democrático. Se trata de un carné tan inútil como sus expendedores, pero conozco a muy pocos que se atrevan a transitar por la crónica española sin llevarlo encima y cargadito de puntos.

Quien pensaba que Vox representaría en punto a combatir tales cosas lo que Donald Trump en Estados Unidos, se equivocaba torpemente. Vox ni siquiera habla ya de inmigración. Y si lo hace es con los consabidos remilgos de quien hace virtud de la templanza. Respaldado por los mismos medios que auparon a los barandas de Podemos, un privilegio del que no gozaremos otros, Vox ha aceptado la infranqueabilidad de las líneas rojas. Por eso Vox apunta al títere, como si el títere tuviese capacidad decisoria, y no a los que mueven los hilos del títere, verdadero poder en la sombra, lo que no deja de ser una forma bastante simple de pretender algunos cambios para que todo siga igual.

Es sorprendente, y ello demuestra el erratismo de muchos patriotas, que a estas alturas del cuento muchos se sigan planteando la opción de Vox como las más juiciosa y fiable. Vox nos parecería fiable el día que denunciase claro y en alto la influencia de la élite mundialista en esta gigantesca obra demoledora del humanismo y de los pueblos europeos. O que la reversión demográfica europea y las perversiones morales en forma de leyes están siendo orquestadas por los mismos que se oponen a cualquier cosa que tenga una raíz espiritual y una razón trascendente. Izar la bandera del cambio para que todo siga igual, acercarse a la verdad para terminar abominando de ella, apostrofar contra el caballo de Troya y lisonjear a Epeo, su capintero, me parece la forma más repugnante de estar en política. A las pruebas me remito: ni una sola mención de Vox a la “liquidación étnica” que está sufriendo Europa ni tampoco a la élite sionista que está destruyendo los valores de la civilización occidental, al eliminar el heroísmo de la ecuación, el amor por la mujer, por la tierra natal, por la razón antropológica de ser y de existir, por los hijos, por la divinidad y por cualquier cosa que nos represente.

El discurso de Vox, apenas caricaturizado, en lo sustancial es el mismo discurso del PP y de esa izquierda convertida al “liberalismo”, es decir para ser más precisos, al librecambismo globalizado. Los fundamentos ideológicos vienen a ser los mismos, aunque con distinta música.

Conocemos la estúpida fijación de Vox por no ser identificado como extrema derecha, para lo cual, como ha sido apuntado, incomparecerá, o comparecerá de puntillas, en la batalla de la memoria histórica. Vox tampoco se moja en la batalla contra la memoria de Franco que libran los medios al servicio de la izquierda española. Sus dirigentes tienen un terror acervo a sufrir los mismos mantras que lanza la izquierda contra la verdadera disidencia. Es decir, pretenden competir electoralmente, disfrazados de derecha identitaria, pero aceptando las condiciones del totalitarismo ideológico de la izquierda, siendo la renuncia a la herencia política de Franco una de ellas. Mientras la izquierda defiende sin complejos a sus titiriteros, sus blasfemos, sus asaltacapillas, sus manteros ilegales y sus navajeros, como el que segó la vida de un hombre en Zaragoza por llevar tirantes con la bandera española, Vox deja tirados a Fernando Paz y a Francisco Serrano. En el fondo acreditan esos complejos ideológicos que están en el ADN de la derecha liberal, de la que procede la mayoría.

Vox ha representado para nosotros un fraude ideológico porque no hay peor astilla que la de la misma madera. Vox solo ha sido la expresión política de ese amplio sector de la derecha social española que esquiva la defensa de sus posiciones morales y humanísticas por un enfermizo y obsesivo sentimiento de culpa frente a la izquierda.