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¿La integración de Turquía en la UE? Una Europa que integrara al país neootomano de Erdogan dejaría de ser Europa

Uno puede disculpar fácilmente la perplejidad del televidente europeo cuando, en la edición de 2015, el Festival de la Canción de Eurovisión presentó a un nuevo participantes: Australia. Más de uno correría a Google Maps para comprobar que la ex colonia seguía fija donde siempre, en el Hemisferio Sur, solo superada por Nueva Zelanda en lejanía a nuestras costas.

Pero que Australia forme parte de un concurso musical europeo no es tan disparatado como la repetida propuesta de integrar a Turquía en la Unión Europea, una cuestión recurrente que ahora ha tenido en el presidente español, Pedro Sánchez, su más reciente y explícito valedor. En su visita oficial a Ankara, Sánchez ha reiterado su apoyo a la incorporación de Turquía -vecino, socio y “aliado imprescindible”- de la Unión Europea, añadiendo que «nos une una histórica apuesta porque Turquía forme parte de la Unión Europea».

Un político más avisado que nuestro Sánchez quizá hubiera evitado el adjetivo «histórica»; cualquiera con dos dedos de frente hubiera entendido que recordar la Historia es comprender por qué Turquía -y, sobre todo, la Turquía neootomana de Recep Tayyip Erdogan– no puede integrarse en un proyecto que tiende a una integración cada vez mayor del Viejo Continente.

Históricamente, Europa se formó, se hizo consciente de sí misma, contra el Islam. No es una opinión; es un hecho histórico. Europa no es, geológicamente, un continente, y todo lo que le ha hecho peculiar, lo que le ha dado un sentido y ha generado valores propios, es su oposición a la combativa cosmovisión de los musulmanes.

En estas páginas ya hemos glosado en diversas ocasiones cómo la inmigración masiva de musulmanes a Europa está provocando tensiones a menudo insoportables, como en una Francia en la que altos cargos del ejército y la policía han advertido al presidente Macron de un inminente riesgo de guerra civil y la situación explosiva ha aupado a un autor y periodista sin experiencia política, Éric Zemmour, a pocos puntos del actual presidente en unas hipotéticas elecciones presidenciales. En Gran Bretaña, el propio David Cameron, entonces primer ministro, advirtió que la llegada de grandes contingentes musulmanes era uno de los factores clave que podrían decantar el voto sobre el Brexit del lado de quienes querían abandonar la Unión, como así fue. Y de un barrio ‘prohibido’ de la propia capital de esta orgullosa Unión, Bruselas, han salido los perpetradores del peor atentado terrorista que ha sufrido el continente. Ahora, sumen a eso los 84 millones de turcos (sería el país más populoso de la Unión) pudiendo moverse con absoluta libertad por toda Europa.

Podrá alegarse que la UE, así como sus países integrantes, son escrupulosamente laicos, por lo que no debería importar qué religión profesen sus habitantes, y que la propia Turquía, desde la lejana revolución de los Jóvenes Turcos, es un estado aconfesional. Pero todas nuestras instituciones, todo nuestro credo político compartido, es una derivación de nuestra herencia cristiana, incluso si la fe en sí está en vías de desaparición, y la Turquía de Erdogan ha tomado una dirección clara hacia la revitalización del Islam. Y recordemos que en la mentalidad islámica no existe separación entre religión y política, y en este caso no se trata de integrar en la UE a un país musulmán; es introducir en ella al país que aspira a liderar el islam suní en todo el mundo.

En un sentido, Turquía está ya en la UE. Su Ministerio de Asuntos Religiosos usa la diáspora turca en Europa, especialmente en Alemania, como una palanca para influir políticamente en el continente. La organización religiosa Diyanet, dependiente del citado ministerio, tiene 2.000 sucursales en Europa. No hay otra organización política o religiosa en Europa con responsables extranjeros que tenga una red tan extensa por toda la Unión Europea y cuya ideología sea tan ajena a la de los europeos nativos. Su responsable, Professor Dr Ali Erbaş, llegó a declarar que “el principal propósito de nuestra existencia es dominar el mundo”.

Es difícil pensar que los países del Grupo de Visegrado, rutinariamente censurados y sancionados por negarse a aceptar refugiados musulmanes, fueran a mantenerse en una Unión demográficamente dominada por Turquía. O que Grecia, enemigo secular de Ankara, aunque ambos sean (incómodos) aliados en la Alianza Atlántica, consintiera que el sueño del sultán Mehmet de conquistar toda Europa pudiera realizarlo Erdogan sin gastar munición.

Una Europa que integrara a Turquía dejaría de ser Europa en ningún sentido reconocible, solo un trampolín para seguir avanzando hacia un globalismo de pueblos sin raíces. Un colaborador de estas páginas, Enrique García-Máiquez, ha comparado el caso con la historia del Caballo de Troya, pero sería algo más parecido a dejar entrar el enemigo en la fortaleza sin disfraz ninguno.

El único y amargo consuelo que se me ocurre en una UE de la que Turquía fuera miembro es el de las risas que nos podríamos echar cuando Von der Leyen vuelva a sermonear a Polonia o Hungría en nombre de los «valores europeos».


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