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La justicia española está ciega… o al menos da palos de ciego

La justicia española está ciega, o al menos da palos de ciego con sentencias contrarias entre tribunales que desconciertan a los ciudadanos y aun a los mismos jueces. Hace años, Pedro Pacheco, a la sazón alcalde de Jerez, fue llevado a los tribunales por afirmar que la justicia era un cachondeo. El procedimiento no prosperó porque bastaba buscar la palabra cachondeo en un diccionario para caer del burro. Hace unos meses Juan José Millás nos decía: «Aunque sospechábamos que el poder judicial era un chiringuito del poder político, tampoco era preciso que nos lo confirmaran de un modo tan grosero. Se queda uno con la sensación de que es todo una basura. Pero la magistratura, que tan torticeramente ha utilizado en otras ocasiones la figura llamada ‘alarma social’, podría habérsela aplicado por una vez a sí misma».

En efecto, la justicia española es ciega porque utiliza la hermenéutica como único método de trabajo. Según el diccionario de la Academia se entiende por hermenéutica el arte de interpretar textos para fijar su verdadero sentido. Pero en esta España politizada, este arte de interpretar los textos sólo lo pueden manejar la Fiscalía del Gobierno, las Cortes Generales y, sobre todo, los jueces. Y con un agravante cuando se constata que el grupo mayoritario de estos intérpretes actúa predeterminadamente, aplicando su subjetivismo, y entendiendo restrictivamente los textos en un sentido contrario al desarrollo de los derechos civiles de los ciudadanos. Los que controlan el poder aplican siempre el método dogmático de buscar sentidos cerrados y mancos a los textos tradicionales, rechazando el método ad legislandum que posibilita los sentidos abiertos a la pregunta de quien pregunta.

Y la pregunta brota no de la reflexión filosófica analítica, sino de la comprensión de la compleja realidad humana y social. Y las respuestas que no quieran ser sólo parto de laboratorio nacen de la praxis del cambio, de la transformación de la realidad y no de la coherencia lógica con teorías ajenas y distantes de todo compromiso político y social. Los dueños de la hermenéutica interpretan los textos desde su bufete.

La verdadera hermenéutica fusiona los horizontes del entonces con los de ahora. Y la pregunta debe ser ¿qué significa aquel entonces hoy? En las instancias de interpretación, las realidades decisivas deben ser pueblo, comunidad, experiencia e historia y no sólo el texto en sí mismo. Porque también el pueblo aplica su hermenéutica, interpreta con su experiencia y encuentra así su praxis. Y el pueblo soberano es el que posee la última palabra.

Porque la última pregunta se funda en el sujeto de la democracia. ¿Es el pueblo y sus representantes electos en cada momento histórico o es la clase judicial encerrada en su laboratorio?

No se puede imponer por la hermenéutica de los jueces ni por la fuerza de la policía, respuestas memorizadas, sin preguntas desde el ser social que ha cambiado fundamentalmente desde la transición. La respuesta a las exigencias sociales de hoy debe ser el punto de partida de toda reflexión legal, judicial y por lo tanto política.

No podemos seguir viviendo de una política iusnaturalista ni de una jurisprudencia de lugares y citas comunes. Hay que darle prelación a la pregunta que pide sentido del ser histórico en situación. Hay que superar el peligro permanente de la jurisprudencia cerrada en un textualismo al servicio del mismo texto. Hay que romper ese círculo cerrado del poder y de la policía responsables de la ley, de la ley promulgada al servicio de un poder, de la judicatura que interpreta y aplica esa ley y de que estos tres referentes se olviden y aún rechacen la práctica social que no sea conforme con los intereses de los ámbitos del poder. Por el contrario el procedimiento correcto debe ser: de la praxis al texto normativo y desde éste, de nuevo, a la práctica social.

Por otra parte, el intérprete de las normas no debe ser el erudito en su laboratorio (juez o fiscal), sino el grupo social que vive en la historia y para el cual las normas no son escritos que se estudian, sino crudas realidades que se practican.