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La libertad de expresión, en estado crítico

Pintada en el barrio de Montmartre de París

Raúl González Zorrilla*.- Tratar de poner fin a la publicación de “ofensas” o de “mentiras” ha sido la excusa preferida de los incontables censores políticos, culturales o religiosos que el mundo ha conocido a lo largo de los siglos. Hoy, en el siglo XXI, son las principales potencias de Occidente, sumisas a una falsaria corrección política impuesta por la alianza atroz existente entre el marxismo cultural (brazo ideológico ejecutor de la socialdemocracia, tanto de derechas como de izquierdas) y el islamismo político, las que no dudan en silenciar a sus ciudadanos más libres, aquellos que se niegan a acatar el discurso ideológico dominante.

Durante los últimos años, y especialmente desde que las grandes empresas periodísticas entraron en una crisis económica dramática a consecuencia de la implosión producida en el sector por la llegada de las TIC’s (nuevas tecnologías de la comunicación y la información), han sido los canales televisivos de más audiencia y las principales cabeceras periodísticas del continente (tanto unos como otros generosamente financiados por las instituciones) los medios que más insultos, ofensas, patrañas, inventivas y contenidos manipulados han lanzado al público en general. Estas empresas, subvencionadas directa o indirectamente por gobiernos propios o por regímenes dictatoriales extranjeros, son las que durante años han mantenido el monopolio de la desinformación en solitario y son las que hoy más que nunca presionan para que los dirigentes europeos actuales legislen a su favor, censurando, acallando y enmudeciendo a los nuevos protagonistas informativos que, básicamente a través de Internet, se suman incesantemente al ámbito de la comunicación global.

Esta alarma interesada ha tenido una rápida traducción legislativa. Países como Suecia, Gran Bretaña, Francia (en elaboración) o Alemania, entre los principales, tienen ya severas leyes de prensa que, llamativamente, solamente sirven para condenar, censurar, bloquear y encarcelar siempre el mismo tipo de discursos, de informaciones y de opiniones: las que se atreven a denunciar la amenaza que la inmigración ilegal supone para las democracias europeas, las que definen al Islam como un marco político-religioso retrógrado y totalitario o las que señalan a la corrección política y a la ideología de género como las herramientas principales de la izquierda política para acabar con las libertades individuales potenciando los falsos derechos de determinados grupos de la población (mujeres, homosexuales, musulmanes, inmigrantes, etc.).

Las nuevas leyes de prensa manadas del totalitarismo socialdemócrata que gangrena Occidente, especialmente Europa, pero también Estados Unidos, están diseñadas milimétricamente para acallar las voces críticas que cuestionan el discurso dominante que las élites políticas, sociales, culturales y comunicacionales (siempre las mismas) han asumido fanática e ignorantemente hasta el tuétano. Se trata de una línea de “pensamiento”, por llamarlo de alguna manera, que utiliza las calificaciones de “facha”, “ultraderechista”, “discurso de odio”, “islamofobia” u “homofobia”, por ejemplo, para poner una estrella amarilla, una sentencia judicial o un vozal en los pocos que se atreven a decir en alto que el Rey está desnudo y que hay un puñado de principios esenciales, básicos y elementales, que nunca pueden ser negociables: que Occidente no puede seguir lincuándose en un mundialismo irresponsable, fatuo y grotesco; que solamente los seres humanos (y no los grupos que éstos forman entre sí) tienen derechos inalienables; que el bagaje y la elaboración ética-política de nuestras sociedades occidentales es muy superior, y mejor y más justo, que el de otras tradiciones de otros lugares del mundo; que los niños tienen pene y las niñas, vagina; que cuando hablamos de familia, siempre hablamos de familia natural; que la inmigración ilegal es un peligro para la democracia; que nuestra tradición, nuestras leyes y nuestros valores manan únicamente de nuestro pasado judeocristiano y grecolatino; que el comunismo es el peor totalitarismo que ha sufrido y sufre la humanidad, o que las mujeres, por ser mujeres, o los hombres, por ser hombres, no tienen unos derechos específicos que sí corresponden, por el contrario, a todos y cada uno de los seres humanos, individual e independientemente del sexo que éstos tengan.

En el caso concreto de España, la situación se está haciendo ya insostenible. El Gobierno de extrema-izquierda formado por el PSOE, Podemos y la morralla nacionalista, independentista y radical periférica, no solamente quiere acabar con nuestras tradiciones, nuestras costumbres, nuestros valores y nuestro sistema de convivencia sino que, sobre todo, quiere arrastrarnos hacia el “paraíso comunista” desde un pasado reinventado a golpe de sanciones y amenazas de cárcel y un presente orweliano en el que el disidente es inmediatamente señalado, acusado, maltratado, insultado, ahogado y reprimido por una sistema partitocrático que controlan a la perfección manteniéndolo con los impuestos que abrasan a las clases bajas y medias.

Políticos adocenados, jueces cobardes, propietarios de medios de comunicación siempre preparados para enriquecerse un poco más y directivos de medios de comunicación convertidos en alfombras del poder políticamente correcto utilizan a hordas de periodistas-activistas, tan legos como adoctrinados en la más absolutas necedades izquierdistas, para mantener viva la Matrix socialdemócrata, multicultural, buenista, burocratizada y demagógicamente integradora que nos rodea y, sobre todo, para ocultar a la opinión pública los problemas de verdad, las amenazas de verdad, los enemigos de verdad y el nombre de los sinvergüenzas de verdad. Que son muchos y generalmente ocupan los más altos puestos del poder.

Hace unos días, Armando Robles, un periodista de raza, brillante y valiente como pocos, era detenido y trasladado policialmente a sede judicial para ser interrogado por una juez que, de una forma dudosamente legal, le interrogó sobre sus convicciones ideológicas y sus opiniones políticas. Su culpa: haber cometido un presunto “delito de odio” por opinar libremente, junto a varios colaboradores católicos, sobre el Islam, los musulmanes o el terrorismo yihadista.

Políticos, asociaciones de derechos humanos, agrupaciones profesionales y tantas oenegés como pululan por el territorio español defendiendo la “libertad” con nuestro dinero, han callado como muertos ante esta afrenta ignominiosa. Si el periodista detenido fuera un terrorista o fuera miembro de un medio independentista catalán, de una web islámica, de un digital de izquierdas o de cualquiera de las cadenas televisivas basura que existen en España, las calles de este país habrían ardido, con el aval y el aplauso de la oclocracia gobernante.

Todo vale, insultos, amenazas, agresiones, denuncias, querellas, multas o detenciones para acabar con las pocas palabras libres que aún quedan en España. Todo vale para conseguir el paraíso pútrido soñado por las élites socialdemócratas, marxistas, nacionalistas e islamistas: un cielo relativista, líquido e intelectualmente inane en el que nuestra forma de vida, nuestra cultura, nuestro pasado, nuestras conquistas históricas y nuestras libertades tan duramente trabajadas a lo largo de los siglos nada valen frente al mundialismo vacuo y amoral que, como en los periodos más oscuros de nuestro pasado, aumenta la censura, prohíbe exposiciones, acalla libros, altera clásicos literarios, tapa desnudos renacentistas, y aclama el velo islámico como un símbolo de la liberación de la mujer mientras veta anuncios publicitarios de jóvenes blancas en bañador.

Que nadie se llame a engaño. La libertad de expresión está en el punto de mira de tantos miserables con mando en plaza como abundan en España. Pero, aun sabiendo esto, siempre nos van a tener enfrente: diciendo alto y claro que las víctimas no pueden confundirse con sus verdugos; hablando de sexo, y no de género; informando sobre la correlación estadística existente en Europa entre el incremento de la inmigración musulmana ilegal y el aumento del terrorismo islamista; escribiendo siempre en español; denunciando el golpismo institucional que lidera Pedro Sánchez; desmontando la gran estafa autonómica; repitiendo que queremos una Europa formada por sus Estados y no una UE tiránica liderada y arrasada por los burócratas; pronunciando una y otra vez la palabra España; insistiendo en que el cristianismo, y no el marxismo, es el gran sello cultural europeo; recordando que el multiculturalismo es un fracaso; insistiendo en que hay que renovar la unidad nacional; gritando que la educación se ha convertido en adoctrinamiento; afirmando que la familia natural es esencial y, sobre todo, clamando a los cuatro vientos que es urgente la asunción de responsabilidades, obligaciones y deberes tal y como lo hicieron nuestros antecesores, que llevaron nuestro modelo civilizador a los más altos niveles del desarrollo, el progreso y el bienestar.

*Director de La Tribuna del País Vasco