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La locura hecha cómic

En 1946, la OMS reconocía 26 enfermedades mentales. Hoy las cifra en más de 400. De ahí que se hable de ociofobia (el temor a no tener nada que hacer)coprolalia (tendencia a proferir obscenidades y palabrotas) y tantos otros trastornos, filias y fobias que no implican, pese a las apariencias, que la sociedad se haya vuelto loca sino que cosas que “antes podían pasar por rasgos de la personalidad -porque cada uno tiene y puede tener sus miedos, angustias, rarezas, pulsiones y obsesiones- ahora sirven para crear perfiles y delimitar comportamientos que se sitúan en el terreno de la patología”, alerta Antonio Altarriba (Zaragoza, 1952), quien denuncia en ‘Yo, loco’ (Norma) “las malas praxis de la industria farmacéutica, que se enriquece vendiendo medicamentos” para esos ‘nuevos’ trastornos. 

Catedrático de Literatura Francesa en la Universidad del País Vasco y uno de los guionistas más celebrados de cómic, ganador del Premio Nacional en el 2010 con ‘El arte de volar’ (inicio del díptico de memoria histórica sobre sus padres que junto al dibujante Kim cerró con ‘El ala rota’), Altarriba presenta con ‘Yo, loco’ la segunda entrega de la perturbadora trilogía “egoísta”, sobre las sombras del alma humana, “mucho más oscura y terrorífica, con más pesadillas y desesperanza” que ‘Yo, asesino’. En ella vuelve a formar tándem con el dibujante Keko (Madrid, 1963) para, con elementos de ‘thriller’, hacer “crítica social y moral”. 
 

El físico del protagonista, un doctor que crea perfiles psicológicos e imagina enfermedades para que una empresa diseñe tratamientos para ellas, es el de “Antonin Artaud, gran loco de la literatura francesa del siglo XX, que revolucionó la dramaturgia con el teatro de la crueldad”, revela el guionista desde Vitoria, donde vive y ambienta la serie. “Era guapísimo, pero en los 40 acabó su vida ingresado en un psiquiátrico y se deterioró hasta el punto de que parecía un fantasma de sí mismo”. 

“A las farmacéuticas no les interesa invertir en enfermedades raras porque eso no les da suficientes clientes”, señala el guionista

También el cínico y falto de escrúpulos jefe del protagonista se inspira en alguien real: Martin Shkreli. “Siendo muy joven llegó a la presidencia de una gran farmacéutica y se le conoce como ‘uno de los hombres más odiados de Estados Unidos’ por aumentar en un 5.000% el precio de un medicamento básico para la hepatitis tras hacerse con la patente. Eso causó muchas muertes porque muchos pacientes no podían pagarlo”. Y, como en el libro, alardeaba de fortuna, poseía la tarjeta de crédito de Kurt Cobain y un codiciadísimo disco del grupo de rap Wu-Tang Clan. “Pero a sus 34 años le han condenado a prisión por fraude”.       

“A las farmacéuticas no les interesa invertir en enfermedades raras porque eso no les da suficientes clientes. No ocultan que en su balanza priman los beneficios. Porque si curan a la humanidad su industria se viene abajo. Y muchos de los expertos que deciden los nuevos trastornos cobran de laboratorios por encargos diversos”, asegura antes de contar el agradecimiento de un lector, con el libro apenas llegado a librerías. “Me decía que lleva 10 años tomando 10 pastillas diarias de distintos medicamentos para un ‘trastorno inespecífico de la personalidad’. No saben lo que le pasa pero le medican”.    
  

“Me preocupa el poder y la opacidad de las grandes corporaciones. Además de las farmacéuticas, vemos la industria automovilística, que truca motores para disimular la contaminación, a bancos en los tribunales por prácticas abusivas, a Facebook vendiendo tus datos no sabes para qué fines, el monopolio de las eléctricas… Las decisiones de los directivos de altas empresas cada vez tienen más incidencia en nuestras vidas”, lamenta. 

En el siglo XIX un psiquiatra catalogó como enfermedad mental la drapetomanía, que los esclavos negros sintieran la necesidad de huir de la esclavitud 

Altarriba enfrenta a la banalización de ciertos trastornos a “enfermedades crueles y muy reales, cercanas”, como el alzhéimer, o la depresión que llevó a la muerte a su propio padre (y que vertió en ‘El arte de volar’). Y constata la absurdidad de datos contrastados del libro como que hasta 1990 la OMS consideraba la homosexualidad un trastorno, o que en 1850 el obcecado psiquiatra “Samuel A. Cartwright catalogó como enfermedad mental la drapetomanía, que decía que sufrían los esclavos negros ¡que tenían una continua necesidad de escapar y huir de la esclavitud!”.    

Marca de la casa de la trilogía regresan a “la impostura del arte contemporáneo” con la aparición de Jeff Koons, cual ‘showman’,“que como otros artistas tan cotizados se mueven en el terreno del espectáculo, el escándalo y la publicidad”. La serie mantiene el fuerte contraste de blancos y negros característico de Keko (‘La protectora’) y, si en ‘Yo, asesino’ creaba puntos de atención en rojo sangre, aquí eligieron el “amarillo chillón y estridente que perturba”, ligándolo al mundo de la locura.

Posiblemente el verde lima lo reservarán para ‘Yo, mentiroso’, el cierre de la trilogía, que prevén para el 2020 y donde hablarán “de la política y su relación con los medios, las ‘fake news’ y los bulos que cualquiera suelta en las redes, con personajes como un álter ego de Villarejo”. Pura verdad.