La magia de los Reyes para descifrar cartas

Una propuesta de análisis del trabajo de los Reyes Magos: su vertiente de descifradores. Quizá no se ha glosado lo suficiente su destreza en el arte de penetrar los entresijos de una carta infantil, que es algo que forzosamente han acabado por cultivar. Es así: entre los mensajes que cada año reciben por millares hay prolijas y literarias elaboraciones que no dejan espacio para la duda, hay cartas que con pragmática determinación van al grano sin mayores florituras y hay manuscritos que son un género en sí mismos, el jeroglífico de reyes, por decirlo así: escritos que el niño de turno ha elaborado bajo el influjo de una emoción feroz, haciendo esfuerzos inútiles por controlar el pulso trémulo porque estaba escribiendo la –así lo sentía– carta de su vida. Es normal: esperó un año para hacerla.

Son mensajes con entresijos. En el ajetreo de los desfiles una saca llena de cartas cayó de la carroza real, por una notable casualidad a los pies de un periodista de EL PERIÓDICO. Sabemos que no debíamos leerlas. No pudimos evitarlo.

Corazones para los magos

Cuando una carta está encabezada con un: “Reis mags” en el que ‘reis’ está escrito en rosado, ‘mags’ en naranja y el punto sobre la i de ‘reis’ es un pequeño corazón con fondo amarillo, el rey de turno sabe que está ante un ejemplar prolijo. “Hola, Reyes Magos. Como este año me he portado tan bien y no he hecho ninguna trastada, me agradaría que me trajerais unos cuantos regalos. Un ordenador portátil de la marca Dell. Una culera para cuando vaya a hacer snow. Una funda para que no se me raye el ordenador. Una película para ver en el coche. Reyes, espero que me traigáis todo eso. Firmado, Maria”. El estilo, en literatura, es el estilo: corona la i de ‘Maria’ el consabido corazón. Quién sabe si la niña será un día la Alice Munro de la literatura catalana, pero no parece improbable que cada carta que escriba en su vida exhiba el don de la impecabilidad.

Los prácticos no se detienen en corazones ni en estilo ni en detalles: “Queridos Reyes Magos: me gustaría que me traigan dos regalos. Un lingo. Una pizarra. Muchas gracias. Julián”. O: “Estimados Reyes Magos: este año me he portado muy bien y me gustaría pediros”, después de lo cual Guillem, el abajo firmante, desgrana una lista de 11 regalos. O: “Estimados Reyes Magos: soy el Joan. Me he portado bastante bien. Me gustaría que me trajerais los siguientes regalos”, y su propia lista de cuatro regalos. Hay prácticos que no desdeñan los detalles de gentileza, como Ceci, que va al grano pero antes de firmar les desea “un buen año” a los Reyes, y hay prácticos que son un monumento a la categoría y ni saludan ni se despiden y se limitan a informar escuetamente de sus deseos, de modo que sus cartas tienen el aire de la lista de la compra que las parejas pegan informativamente en la puerta de la nevera.

La magia real

Y finalmente está el caos, la exuberancia, las cartas que probablemente hacen sudar a sus majestades; las que tienen que descifrar. ¿Y para qué son magos? El apartado incluye los mensajes legibles con poco esfuerzo pero un poco enigmáticos (“Tren, coche y mando”, reza uno), los legibles con mucho esfuerzo (una carta en la que se adivinan las palabras, y no todas, “mascota”, “sirenas”, “hospital”) y los directamente ilegibles. Pero la verdadera magia real la ponen a prueba los artistas, los que pintan, y además en abstracto: triángulos, círculos, una “A” enmarcada, algo que parece un pie. Quién sabe en qué pensaba el niño cuando la escribió. Y quién sabe qué le trajeron los Reyes. 

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