La mansión Playboy de Barcelona

Cada uno de los 69 huevos que los zares Alejandro II y Nicolás II (padre e hijo) encargaron al joyeron Peter Carl Fabergé entre 1885 y 1917 era no solo una filigrana de laboriosa fabricación, sino, también y sobre todo, una sorpresa. No bastaba con contemplarlos. Había que abrirlos, porque dentro atesoraban una segunda filigrana, como un kinder de varios millones de rublos. Un poco así es la extensa oferta del Open House Barcelona, que en esta octava edición oferta ya 220 espacios que merece la pena visitar. Toca elegir, porque cada edificio o instalación no es solo su arquitectura, sino también, he aquí el kinder, los tiempos que evoca, todo aquello cuanto ahí sucedió. Vamos, que toca elegir, y, ante esta tesitura, la elección es (redoble de tambor) lo que tal vez fue la mansión Playboy de la Barcelona de 1914. En el programa de mano no la anuncian así. De hecho, nadie la llama así. Apetece defender, pues, tan rarita tesis.

La Casa Muley Afid es una superviviente de la piqueta, una joya equiparable a otro Puig i Cadafalch de fiesta de aúpa en Viladecans

La cita es a las 11 de la mañana en la oficialmente llamada Casa Muley Afid, en el número 55 del paseo de la Bonanova. Es la sede del consulado de México en Barcelona. Antes de que la jornada cultural eche a andar, ya hay cola. No, no ha comenzado el exilio. Es que el Open House es la repera. Muchos son repetidores de otras ediciones. Tal vez el año pasado hicieron cola para entrar en las Torres Venecianas de la plaza de España o en un Jujol, experiencia lisérgica que todo aficionado a la arquitectura debería tener al menos una vez en la vida. Este 2017, los de esa cola han elegido este Puig i Cadafalch que se salvó de la demolición en cadena de mansioncillas que años ha se llevó a cabo en el paseo de la Bonanova en nombre de las plusvalías inmobiliarias. La Casa Muley Afid, aleluya, se salvó.

Un exceso con chilaba

No es una obra cumbre de Puig i Cadafalch. No es, vamos, una Casa de les Punxes 2. Era uno de esos encargos particulares que el de Mataró aceptaba como Marlon Brando cuando decía sí a hacer de papá de Superman con el carrerón que acumulaba ya a sus espaldas. En Viladecans, por ejemplo, sobrevive olvidada una finca junto al mar que Puig i Cadafalch construyó para una riquísima joven viuda, Pilar Moragues, que montaba unas fiestas de aúpa y a la que le gustaba cabalgar junto a las olas. La Casa Muley Afid, a lo que íbamos, corresponde a esa misma época y a ese mismo tipo de encargo. Fue la casa de un sultán, técnicamente más bien un exsultán, pero que vivió en Barcelona entre 1914 y 1916, poco tiempo, sí, pero suficiente para dejar mucha huella en la ciudad y alguna que otra leyenda urbana sobre el tamaño de su miembro viril.

El sultán Abd-al-Hafidh, también conocido como Muley Afid, tuvo que huir por piernas de Marruecos en 1912, pero, eso sí, con indecentes cantidades de oro en las alforjas. Era un exceso con chilaba. Antes de recalar en Barcelona, pasó por Marsella. Cuenta la prensa de la época que no fue fácil hacerle comprender que sus compras (varias vacas, pianos, muñecas, fonógrafos, decenas de kilos de azúcar y otros caprichos) no podía meterlas sin más en el hotel. Lo comprendió a regañadientes. El enfado se le pasó cuando descrubrió un nuevo juguete, el teléfono. Le maravillaba hablar con París desde su terraza con vistas al Mediterráneo. Todo un personaje.

El sultán obsequió a Barcelona con una elefanta y, según la leyenda, a la cupletista Carmen Flores con una bochornosa visita al hospital

Su estancia en Barcelona, claro, no pasó inadvertida. “Alto, gallardo, moreno, relucientes sus grandes ojos negros, en los que se posara la ansiedad amorosa de las cautivas, y encerrado su rostro atezado en el medallón de su barba prieta”. Josep Escofet, que luego llegaría a ser director de La Vanguardia, le dedicó largas crónicas a aquel personaje, que por ser “un sultán destronado sería siempre un personaje poético”, decía. A Barcelona, Hafid le regaló una elefanta, Júlia, la segunda de la historia del zoo, años despiés una víctima más de la guerra civil, pero para regalos los que le hizo a la cupletista Carmen Flores, que se supone que conoció todos los rincones de la mansión de la Bonanova como Muley Afid los suyos, no en vano, la leyenda de su, ¡ejem!, elefantiásica entrepierna surgió raíz de que la artista fue ingresada en un hospital durante unos días. A lo mejor fue solo una neumonía lo que padeció la cantante, pero ya se sabe, a ver quién iba a cerrar las puertas de la imaginación en aquella Barcelona que va de 1914 a 1918, la de la Gran Guerra en Europa, refugio de ricos y su excesos. En aquella Barcelona podían coincidir en una misma fiesta Muley Afid, Mata Hari y el conde Yusupov, el hombre que mató a Rasputín. Toma ya.

Lo dicho, que cada propuesta del Open House es un huevo Fabergé. Qué caray. Mucho más que eso. Este casoplón de Puig i Cadafalch cayó en la indigencia inmobiliaria durante años hasta que el cuerpo consular mexicano se fijó en él y lo eligió como sede de su delegación diplomática, lo cual dice mucho y bueno de México y poco y malo de Barcelona, que durante décadas maltrató su pasado arquitectónico. El Open House, con su legión se seguidores es, a su manera, un antídoto contra futuros errores.

Con Europa en guerra, Barcelona fue refugio de ricos y de sus excesos, con el modernismo como telón de fondo destacado

La visita a la Casa Muley Afid, todo hay que decirlo, es breve. Conmueve la historia de su reloj y sonsacan una sonrisa los frescos del despacho del cónsul, alguno un tanto atrevido. Pero la visita es breve. Así que aún hay tiempo de ir al trote en busca de otra visita, a la Casa Sayrach, por ejemplo, más que nada porque es contemporánea de la Muley Afid. La Barcelona de aquella década fue arquitectónicamente apasionante, embriagadora casi una borrachera de champán.

La Sayrach está en la esquina de la Diagonal con Enric Granados. Por fuera, sí, luce, pero no quita el hipo. Pero el modernismo extremo de su vestíbul es un H. R. Giger ‘avant la lettre’, tanto que si sale un Alien del ascensor seguro que a uno se le corta la respiración, pero no le extraña. La visita merece la pena. Y más cuando, ¡oh!, el actual señor Sayrach de la finca baja de su piso y se ofrece a realizar la visita guiada. Open House es así. Un pedazo de festival.

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